21.1.11

TRES HIPÓTESIS SOBRE LA GEOMETRÍA MORAL DE LUIS CARLOS MUSSÓ


Por César Eduardo Carrión

Luis Carlos Mussó (Guayaquil, 1970) es un poeta constructivista. Así lo demuestran su más recientes publicaciones y, de manera especial, el libro que nos convoca esta noche: Geometría moral (Arequipa, Cascahuesos Editores, 2010). Esta afirmación se alimenta de tres principios que sostienen la estructura del libro y, en gran medida, atraviesan toda la obra de Mussó: 1) La poesía lírica, en tanto forma del conocimiento, habita en la mente del poeta (y el lector) quien, como sujeto cognoscente, construye lo que él o ella conoce o entiende por poético a partir de su propia experiencia; 2) la poesía lírica, en tanto institución social, tiene la capacidad de reproducirse a sí misma como entidad suscitadora de significados estéticos; 3) este tipo de poesía pretende eliminar la presunción de realidad dada, anterior al proceso de escritura y lectura, en el entendimiento de lo que es lo lírico y lo estético. (Se ve que uso aquí el concepto de constructivismo muy libremente, con el fin exclusivo de describir la poética de este escritor.) Estas características ubican a Mussó como un autor reaccionario para algunos y rupturista para otros. Para mí, en cambio, se trata de una voz de transición entre una generación y otra, se trata de un autor que inaugura muchas de las búsquedas y preferencias de los más recientes poetas ecuatorianos. Aunque a muchos les parezca incómoda o excesiva esta conclusión, la tengo que decir en voz alta: Muchas de sus preocupaciones escriturales son en gran medida fundacionales y relievan la figura de Mussó por sobre sus contemporáneos y antecesores.

Primera hipótesis

He dicho que en este libro, Geometría moral, se entiende que la poesía, en tanto forma de conocimiento, habita sólo en la mente del escritor (y del lector) quien, como sujeto cognoscente, construye lo que él o ella conoce o entiende por poético a partir de su propia experiencia. Con esto quiero decir que Mussó ha construido su obra desde el convencimiento de que no existe forma de saber si la experiencia propia es la misma que la experiencia de los otros, aunque se descubran pruebas que nos hagan sospechar lo contrario. Dice Mussó en su libro: “En un poema ancho como el océano nos perdemos, lejos. Y en alta mar, bajo la superficie, late un aroma de retorcimiento. Así como bajo la piel de unas manos, las correctas, vive el deseo de leer en Braille el próximo rostro. Y quisiéramos tener cien ojos, como el viejo Argos, para ver ese rostro, aunque sea con la mirada”. La voz poética de este autor afirma que no se puede, por tanto, conocer la realidad por fuera del fenómeno que ejecuta la propia facultad de mirar. Es la mirada en sí misma todo lo que poseemos los individuos de nosotros mismos y de los demás. Todos en el fondo somos ciegos que tanteamos el rostro del mundo y nos imaginamos su auténtico color, que será en realidad, para siempre, inaccesible. Dice el poeta más adelante: “El mundo es un espejo y una página en blanco. El mundo es una superficie pulida como escudo de hoplita. Y en él busco a mi padre muerto ayer. A veces, creo encontrarlo.” La verdad se nos aparece apenas como una sospecha, la del poeta, la del lector, la del poema. La obra de Mussó está repleta de estas aserciones y sentencias, decepciones y desencantos. La poesía es un asunto de verdades absolutas, de mundos imaginados en la intimidad, que se revelan al mundo mientras a la voz parlante del poema le sucede el lenguaje, como en la fundación de un mundo inédito. Se trata de una afirmación rabiosa de la individualidad. Cada libro de Luis Carlos es un nuevo topos lírico o, al menos, añade cuerpo a la geografía vasta y enigmática de su obra. Cada nuevo libro de Mussó es un pequeño mundo autónomo, interdependiente de los otros y de su entorno, sí, pero más autárquico que dependiente. Esta valiente, despreocupada y honesta actitud, entre neo-simbolista y neo-culterana ha resultado especialmente molesta para algunos seudo-críticos y seudo-poetas, envidiosos del prolífico talento de Mussó y de su éxito entre los nuevos lectores. Aquellos rabiosos defensores de una estética de orden realista no entienden que sus elecciones artísticas suponen e implican también una ética. Quizás por eso hablan de universalismos y localismos, de costumbrismos versus cosmopolitismos, cuando aquellos conceptos novecentistas ya no sirven para designar una realidad cultural enormemente rica y en permanente movilidad. Su ética caduca responde a un mundo que ya no existe. Sean humildes, abran los ojos, lean a poetas como Luis Carlos Mussó. Aprenderían lo que es para muchos de nosotros la verdadera y nueva poesía hispanoamericana.

Segunda hipótesis

He dicho también que en este libro se entiende que la poesía lírica, en tato institución social, tiene la capacidad de reproducirse a sí misma como entidad suscitadora de significados estéticos. Mussó evoca continuamente en su Geometría moral los procesos de la autopoiesis que caracterizan a los organismos vivos, mediante complejos juegos de referencias a la tradición lírica ecuatoriana e hispanoamericana. Este poeta nos recuerda continuamente la capacidad de los sistemas sociales (la poesía lírica es uno de ellos) de reproducirse a sí mismos. Esto se ve con mucha claridad en la división por capítulos, cuyos títulos evocan explícitamente su visión personal sobre la tradición lírica ecuatoriana y su tránsito por la modernidad. La tradición literaria de nuestro entorno cultural, más que como un árbol en crecimiento, se entiende como una red de acumulaciones inevitables, caóticas y diversas. Lejos de Mussó cualquier pretensión pedagógica de ordenar el mundo, porque sabe que él se inocula a sí mismo y de su propio vientre vuelve a nacer cada vez que en sí mismo se ahoga.

El primer capítulo, intitulado El árbol del bien y del mall, nos remite de inmediato a quien fuera quizá el fundador de la modernidad lírica en el Ecuador: Medardo Ángel Silva. Al mismo tiempo, ironiza con liviandad la forma en que la noción del origen de la maldad, tan cara para los poetas simbolistas ecuatorianos de principios del siglo XX, se ha convertido en nuestra sociedad capitalista en un asunto frívolo y estúpido. La sustitución del vocablo mal por el horrendo anglicismo Mall designa con pertinencia el paso de la visión mística y trascendentalista del pensamiento del siglo XIX a la visión materialista e imanentista del siglo XXI: el mal, lo sabemos ahora, ya no se origina en el seno de una entidad supra o infra humana, diabólica o divina. Habita en el interior y compone parte de la esencia misma de la condición humana. Y por esa razón el cataclismo final se anuncia cotidianamente, sin necesidad de que un sentimiento desgarradamente trágico invada la voz de quien lo atestigua. Dice nuestro poeta, con calma, aunque hastiado de la vida moderna: “He llegado a la hora de segar mi rosa inalcanzable. De capturarla, de convertirla en sombras y arrastrarla hacia esas sombras más oscuras que son la posesión del vacío. Me hago cargo del cursor / presiono una tecla / ahora la ciudad cae acribillada, y es una, y es Bonie & Clyde, una y doble. Mis yemas toman venganza. Ya no está más la ciudad. Solo una pantalla plana de monitor”.

Similar actitud anima la denominación de los otros capítulos del libro, así como el diálogo que establece Mussó con su personal panteón de precursores, aludidos en epígrafes, versos, citas, imágenes y otros guiños a los lectores. En esta larga lista encontramos a los fundadores de su topos lírico: Severo Sarduy, Medardo Ángel Silva, John Donne, Chavela Vargas, Juan Luis Martínez, Jorge Luis Borges, Ronald McDonald (sí, el de las hamburguesas), Gustavo Cerati (sí, el de Soda Stereo), Alfredo Gangotena, Edgar Allan Poe, Johan Sebastian Bach, Néstor Perlongher, Paco Tobar, Ezra Pound, Jorge Manrique, Indiana Jones (sí, el de Los cazadores del Arca perdida), Charly García, Góngora, Roque Dalton, Quevedo, Sun Tzu, Javier Ponce Cevallos, Isidore Ducasse, Joao Gilberto, U2 (sí, la banda de rock), Maupassant, Mary Shelley (sí, la de Frankenstein), el Antiguo Testamento y, por supuesto, Juan Montalvo, entro otros muchos más. Ya la variedad del origen y cariz de los puntos cardinales referidos hasta aquí nos revelan la lógica rizomática del canon cultural de Mussó. Esto es algo muy propio de su generación: el principio de autoridad y la lógica lineal, jerárquica y progresiva de la historia humana, tan propia del cristianismo más ortodoxo y el capitalismo más chato, ha cedido paso a un entendimiento complejo y heterotópico del mundo. Dice Mussó en su poema titulado “Tetragrámaton”: “1. La luna me baja por cada hueco de la nuca, en escalera de cocuyos. / 2. Es agua fracturada en ese sueño entero que es la perversión. / 3. Mi amor es un folletín de sangre / se da por entregas / dosifica su empalamiento. / 4. Las letras son palabras / sentencias de muerte / nombres que nos prohibieron pronunciar.” Son nombres que se acumulan y en su caída en la red de la memoria y el olvido reproducen el cuerpo del la institución social que nos agrupa esta noche: la poesía lírica occidental o, al menos, sus sucedáneos en extremo-Occidente.

Tercera hipótesis

Al inicio de mi intervención dije también que este tipo de poesía pretende eliminar la presunción de realidad dada, anterior al proceso de escritura y lectura, en el entendimiento de lo que es lo lírico y lo estético. Esta clase de estética, también lo dije al inicio de mi intervención, comporta o supone una ética, una actitud frente a la vida. Como tanto otros contemporáneos, Mussó pretende eliminar la presunción de que la realidad está presente en la mera explicación del conocimiento. En primer lugar, porque todo saber (y la poesía es uno de tantos) no se recibe neutralmente, sino que es construido mediante la intervención vivaz del sujeto cognoscente. Es decir, será sólo el lector quien decida si lo que ha leído en ese instante preciso ha sido para él poesía o no. Ningún profesor de universidad gringa o europea nos va a decir a nosotros si está mal que Mussó hable de Rilke, aunque no lo haya leído en alemán. En segundo lugar, si el conocimiento se adapta y ajusta a las condiciones cambiantes del entorno (esto lo saben muy bien los siquiatras y los biólogos evolutivos), nuestros paradigmas sobre lo bello, lo justo y lo bueno, se adaptarán y con ellos lo que entendemos por estético, poético y lírico. Lean, por favor, el poema titulado “Calentamiento global”. En tercer lugar, si los procesos del conocimiento organizan las experiencias del sujeto para formar un mundo coherente, y la poesía es uno de aquellos procesos cognitivos, así como no cabe creer en la posibilidad del descubrimiento de una realidad absoluta y objetiva, no cabe defender una opción estética como norma o precepto de valor ético sustancial u ontológico. Es decir, la elección de Mussó de buscar un nuevo estilo y una nueva voz en cada libro, refleja su radical apuesta por renunciar a la noción de obra unitaria, de canon, de discurso central…

Conclusión

Esta noche he intentado mostrar brevemente cómo los lectores de Mussó hemos aprendido junto a él, y con otros poetas latinoamericanos contemporáneos, aunque no necesariamente gracias a ellos, que la construcción conceptual del otro se da en un espacio relacional cuyo único centro generador es la experiencia de cada individuo. De ahí que la primera interacción que tiene cada sujeto, cada poeta en este caso, deba ser el de la experiencia interior. La poesía no es un asunto de verdades verificables o falseables, sino de absolutos que se asumen o se rechazan. Con su libro Evohé, viajamos con Mussó al universo del humanismo clásico y de su pervivencia en nuestra sociedad a través de la pedagogía y su arrimo a la moral del cristianismo. Con Minimal hysteria fuimos en cambio por los derroteros de la meditación, la reflexión y la contemplación de las realidades más cercanas y pequeñas del mundo cotidiano. En todas las ocasiones, cabe decir, asistimos a la composición de libros unitarios, de libros concepto.

Ahora bien, en Geometría moral, titulada ingeniosamente del mismo modo que el célebre tratado de Juan Montalvo, no existe una disquisición específica sobre las buenas conductas y los modales, mucho menos sobre valores políticos o éticos determinados. No es tampoco un tratado sobre el amor, aunque muchos de sus poemas nos hagan pensar que es así. En este libro, desde su título, se señala la necesidad de releer la tradición literaria de nuestros países. Montalvo fue nuestro aporte auténtico al Modernismo, contemporáneo pleno de Martí y Darío. Cuántas veces hemos escuchado que el Modernismo literario ocurrió tardíamente en el Ecuador, como si la vida de los pueblos y su cultura se pudieran definir como una competencia de caballos, y debiéramos encontrar en cada lectura quién llegó primero a qué estadio de la evolución social. Cuántas nociones euro-céntricas, funcionalistas y maniqueas que empobrecen tremendamente el entendimiento de la realidad cultural de nuestros países. Mussó es de los que ya superaron esos complejos neo-coloniales. Que muchos poetas locales sigan ganando premios municipales y concursos de juegos florales mientras siguen escribiendo como los peores poetas españoles del franquismo. Me da igual. Hay quienes han arriesgado su prestigio e integridad como personas por entregar su vida a la exploración del sentido mismo de la escritura. Me quedo con esos. Dice Mussó en un bello y desconcertante poema titulado “Noche & Noche, Cía. Ltda”: “No hay obstáculos para el escriba, si es dueño de la Nada”.

Que quede claro que esta construcción poemática a la que me he referido beneficia propósitos esencialmente egoístas: El poeta desea tomar control sobre todo aquello que percibe, de manera que pueda eliminar cualquier distorsión en el logro de sus intenciones. Este nivel de control de la realidad requiere de un modelo escritural de aquellos que se desea controlar, pero todo modelo poético de este especie solamente puede incluir aquellos aspectos relevantes para las metas y acciones del escritor. Al hablante poético no le interesa controlar la realidad, solamente pretende compensar las perturbaciones que siente que esa realidad representa para sus intenciones y, por lo tanto, lo convierte en un sujeto susceptible de adaptarse a las más diversas circunstancias. La objetividad, la ontología, la verdad, son palabras peligrosas en nuestro tiempo, que incluso en el ámbito de las ciencias duras se utilizan como herramientas de poder y dominación. Las obras que Mussó y la de otros contemporáneos (entre ellos Juan José Rodríguez) nos invitan a aceptar la legitimidad del otro, porque el lugar que ocupa éste en el mundo es totalmente distinto del mío y, en consecuencia, su pretendida objetividad será distinta. Todo auténtico poeta nos invita siempre a escucharnos unos a otros con respeto, no a juzgarnos ni a catalogarnos con pretextos morales, políticos ni mucho menos estéticos. Así dice uno de sus más importantes poemas, que detrás de la evocación al código binario, lenguaje esencial de la tecnología digital, nos impulsa a reflexionar sobre los problemas de la vida contemporánea, que tan torpemente he esbozado yo esta noche. Dice su poema titulado “Más allá de las cifras está el mundo”, con desenfado, ingenio, elegante humor, luego de repetir una serie de cifras a lo largo de seis exhaustivas y cansinas líneas (010001101 01100001 01110011 00100000 01100001 01101100, etcétera): “No sé por qué tuviste que leerlo, / te lo dije: más allá de las cifras está el mundo”.


* Texto leído en la presentación del 8 de diciembre de 2010, en el Centro Cultural Benjamín Carrión (Quito). Tomado de Blog de César Eduardo Carrión.

1 comentario:

SOLO PARA dijo...

genial, fascinante y muy buen post, muchas gracias por el "link" hacia este autor...abrazos.

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