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16.3.15

SOPOR: UN CUENTO DE LUIS FELIPE JARA


A Luis Felipe Jara lo conocí hace ya varios años, allá por el 2000-2001, cuando aún se deslizaba en el pequeño patio de la Escuela de Literatura en la UNSA. Fue Áxel Porras quién me lo presentó y horas después, esa misma tarde, terminamos bebiendo unas cervezas en el ya entrañable bar “La Piscina” del ahora enrejado parque universitario. Tiempo después, Felipe decidió abandonar los estudios y dedicarse a construir juguetes de madera los cuáles los vendía en el by pass de la Av. Ejército. Luego despareció y volvió a aparecer conduciendo una moto por aquí y por allá. Siempre estuve al tanto de su creación cuentística, y aunque ahora niega que siga en el ejercicio, de él (alias Pepino caracol) tengo guardados una colección de cuatro excelentes cuentos. Y aquí va uno de ellos. Espero no me demande por publicarlo.


SOPOR

Pero quizá sólo tengo que volver, para poder encontrarla de nuevo en el sopor extenuante en el que se sumerge la ciudad a eso de las dos de la tarde, cuando el sol, en plena intensidad, reflejándose en los edificios de sillar, hacía que al mirarnos nos invadiera esa melancolía de juventud, la sensación de lejanía y cómplice soledad. Quizá sólo regresando pueda volver a ser el estudiante de literatura que trabajaba por las mañanas mezclando azufre y carbón en el taller pirotécnico de mi tío, para ganar esos soles con los que sonriente la esperaba a la salida de la escuela de arte Baca Flor, rezando porque ella tuviera ganas de zambullirse conmigo en el calor soporífero de la calle, y terminar la tarde en un café presumiéndole de que yo sólo tendría que escribir un cuento para ser un escritor, y hasta famoso, por un día.

Pero tiene que estar relacionado con las tradiciones y leyendas de Arequipa, así lo estipulan las bases —le explicaba, y ella sonreía. ¡Cómo sonreía!

Y porqué no escribes sobre el palo seco que está en Santa Catalina, plantado por Sor Ana de los Ángeles, del que dicen que cuando florezca, pum, se acaba la ciudad para siempre.

No, qué feo, ¿no tienes otras ideas?

Ah, ya sé, escribe sobre la Mónica, la muerta esa, que vive en el cementerio y que sale de noche para llevarse a los chicos.

No, ¿estás loca?, ¡qué miedo! ¿Y si se enoja y... me lleva?

No, tarado, sólo se lleva a los chicos guapos volvía a sonreír—.Todos los poetas, son unos tarados, y han tejido notas para regalarme la marcha nupcial”, —cantaba.

Y tú, pretenciosa, guardas tus azahares para regalarte a los forasteros que están por llegar”, —le respondía, muerto de risa.

Y luego, nunca después de medianoche, vueltas y más vueltas por el cementerio general (en la moto recontramisia que me vendió mi primo), para encontrar tema de composición literaria, claro; pero no tantas vueltas porque daba miedo. Esas noches imaginaba que acompañado por Carmen Luisa, así se llamaba, no sentiría el mínimo temor, sintiendo sus manos rodeando mi pancita y apretándome cada vez que la moto describiera una curva, yo hubiese recorrido las inmediaciones del cementerio pasada la medianoche, y aún más, hubiese entrado, de su mano, claro; hasta dar con esa condenada, condenada Mónica, para hacerle, eso sí, una entrevista sensacional que me diera tema suficiente para ganar el concurso de cuentos y ser un escritor de verdad, aunque sea por un día, para ella, para Carmen.

Esperar a ver mi cuento publicado en el diario, y esperar a tener suficientes soles, y esperar a no tener ganas de ir una tarde a la universidad, y esperar, aún más, a que a Carmen le diera la gana de pasarse la tarde sin almorzar en su casa, para pasarla conversando conmigo, vagando por la ciudad. Porque ella estudiaba arte: pintura, escultura, esas cositas —no sé si ya se los dije. Yo estudiaba literatura —eso sí ya se los dije, ¿verdad?—. Porque una ciudad con pretensiones turísticas requería personajes pintorescos, y personajes más pintorescos aún, dispuestos a pintarlos. Y en las mañanas yo trabajaba en el taller pirotécnico de mi tío —eso sí ya se los dije, estoy seguro. Pero no ganaba mucho, pues eran tiempos malos en que los fuegos pirotécnicos se devaluaron a más no poder, y a los artesanos que los hacíamos se nos miraba como a bestias irresponsables; porque una noche de catorce de agosto una bombarda dio con un cable de alta tensión en el Puente Grau, y los arequipeños, no me quiero acordar, celebramos nuestro aniversario con más de una treintena de involuntarios sacrificios humanos. La culpa… de los pirotécnicos. Pero fue sin querer… Digo, ¿no?

Y los días que pasaban… Y el tiempo, barrendero de ilusiones (ay, qué bonito), nos bombardeaba con ráfagas de ausencia.

Y, riiinggg…

Buenas tardes, me haría el favor de comunicarme con Carmen.

La señorita Carmen Luisa no está, ha salido con el joven Pedrito.

¿Pedrito…? ¿Ah, sí…?; y, ¿quién es ese huevón?

Riiinggg…

Buenas tardes, me haría el favor de comunicarme con Carmen.

Mira, chico, Carmencita no está, y ya sé que eres tú el que llama para decir groserías. Haz el favor de no volver a llamar.

No, señora… se equivoca… ¿groserías, yo? Pero si yo nunca digo groserías… tal vez fue… Pedrito… Sí, ese Pedrito, ese huevón.

Porque recién ahora he entendido que los mitos y misterios de Arequipa, son los mismos mitos y misterios de cualquier otra ciudad, y que no hay cosa más mitológica ni más misteriosa que el amor, y que esas mismas Mónicas y las mismas Carmencitas, en Arequipa y en la China, se seguirán repitiendo en todos los idiomas, en todas las latitudes y en todos los tiempos, en una cruzada despiadada y vertiginosa que terminará por enloquecer de amor a todos los tarados de este planeta.

Pues en realidad, yo la conocía y la quería desde que teníamos trece años, por la más sólida e irrefutable razón que se puede articular en lenguaje mistiano: Porque sí. Y ella nunca me aceptó formalmente por una razón análoga. Y es que ¡Maldita sea! Qué culpa tendría yo de que mi nacionalísimo colegio: El poderoso, glorioso, antisísmico y dos veces campeón nacional de fútbol, Honorio Delgado Espinoza, quedara justo frente a su muy privado, primoroso y rosado colegio, Sagrado Corazón Sophianum.

…Más de una noche, desde los barandales del café del búho, vimos a la luna esconderse detrás de una de las torres de la catedral; torre que según los noticieros fue derrumbada por el último terremoto, pero eso tiene que ser falso: porque una torre (y todavía con campanas), detrás de la que se ocultaba la luna, no puede ser traída abajo por un terremotito, al menos yo no lo creo. Tal vez se trata de una exageración de algunos periodistas celosos que quieren ahuyentar de Arequipa “a los forasteros que están por llegar”; porque no había cosa mas chocante que escaparme de la UNSA, para ver a Carmencita, recorrer la calle Mercaderes en un estado cercano al sonambulismo rumbo a la escuela de arte Carlos Baca Flor, y encontrarla en las graditas de mármol de la Catedral “practicando su inglés” con unos gringos sonrientes y colorados que no hacían caso de mi xenofóbica cara (¡qué cólera!), y me extendían sus blancas y peludas manos gritándome: “¡Hola amigo!”. Pobres turistas, que seguramente imaginaban que yo, además de no entender ni jota de inglés, era sordo.

Carmencita, qué acaso en tu casa no te han enseñado a no hablar con extraños, carajo!

Pero lo decía de puro picón, porque en realidad, los gringos eran muy simpáticos… Pero yo no quería gritar ni decir palabrotas… Yo sólo quería que ella viera mi nombre en letras de molde; pero por más vueltas que le di al cementerio general nunca encontré a la Mónica esa y, naturalmente, jamás escribí el cuento aquel. Y abandoné la carrera de literatura el día en que Carmen Luisa me hizo ver que la literatura no servía para nada, devolviéndome mis veintisiete cartas en sus sobre originales, y sin abrir. Pero lo hizo por “ahorrarme la vergüenza”, pues según le dijo su mamá: “Los huérfanos sin herencia, que se ganan la vida haciendo fuegos de artificio, nunca han sido buenos escritores”. Pobre criatura. Y decidí abandonar Arequipa la noche que el vigilante de su cuadra me contó: “que el papá de la señorita Carmencita la había sacado de la escuela de arte para mandarla a Argentina a estudiar una carrera de verdad”. Y también se la llevó, creo yo, porque el viejo ya estaba harto de los cholos feos que tocaban el timbre de su casa con cara de conejos asustados, impresionados por la placa que ostentaba cuatro apellidos peninsulares, y preguntaban con voz cavernosa: “¿Está Carmencita?”. Fue cuando las calles del centro de la ciudad, a eso de las dos de la tarde, se me hicieron realmente insoportables y entonces me asaltó la triste certidumbre de que en mi propia ciudad ya nunca sería feliz.

Pero quizás sólo tengo que volver, para recuperar mi juventud perdida, para tener nuevamente diecinueve años, volver a empaquetar pólvora en el taller de mi tío, encontrar el tema relacionado con las tradiciones, leyendas y misterios de Arequipa, reencontrar a Carmencita, llevarla al café del búho y, ahí mismo, ponerme a escribir un cuento para ella: “Había una vez, en una ciudad de fábula con habitantes de pesadilla, un aprendiz de poeta que…”.

Pepino Caracol

7.5.12

JOSÉ DONAYRE HOEFKEN: “LA FICCIÓN BREVE Y SUS MÚLTIPLES ARISTAS: CON PRECISA SENCILLEZ”


Página del suplemento Variedades donde salió publicado este trabajo de José Donayre H.

Cinco investigadores hispanoamericanos ofrecen el amplio panorama del mundo literario de la compleja brevedad.

Por: José Donayre Hoefken

Nada como la brevedad cuando un escritor pretende desplegar fantasía, humor e ironía, entre otros tipos de discursos oblicuos para sacar al lector del letargo cotidiano. En efecto, los llamados minicuentos o microrrelatos plantean las más complejas situaciones de la existencia con precisa sencillez narrativa o con simple exactitud reflexiva y estética. De este modo, el lector entrenado o desprevenido se ilumina con la ficción breve, tal como lo expresara el escritor Baltasar Gracián hace más de 360 años en los siguientes términos: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo”. Sobre esta particular forma ficcional de enfrentar la narración y reflexión, se conversó con cinco destacados referentes hispanoamericanos en el quehacer literario de lo breve —Rogelio Guedea, Lauro Zavala, Fernando Valls, Francisca Noguerol y Violeta Rojo—, a fin de dejar bien sentado que el tamaño sí importa, siempre que se atienda otros relevantes aspectos.

De acuerdo con su experiencia de escritor, ¿cómo definiría la ficción breve?

Rogelio Guedea, escritor mexicano: La ficción breve tiene que ver, sí, con el número de palabras, con su extensión, que no debe exceder, en mi caso, de la página y media, pero no todo se reduce obviamente al número de palabras. Para mí, una ficción breve es un micromundo en el que podemos hallar todo lo que encontramos en una novela de gran extensión o en un poema de largo aliento. De ahí que no todo lo breve, por el simple hecho de ser breve, pueda alcanzar el nivel estético y estilístico de la llamada minificción.

¿Qué es y qué no es ficción breve?

Lauro Zavala, profesor e investigador mexicano: Todo depende de la preceptiva que se adopte. Cada lector establece, en la práctica, un criterio sobre lo que le parece breve. Por supuesto, hablar sobre la cantidad de palabras, a pesar de ser algo preciso, es ajeno al valor literario y a la sensación de brevedad que tiene el lector. Durante las últimas dos décadas se ha adoptado como criterio general el espacio (aproximado) de una página impresa de tamaño regular, lo cual ronda las doscientas o doscientas cincuenta palabras, por decir algo. Pero este es un criterio tan arbitrario como cualquier otro, y de carácter más editorial que propiamente literario. Por ejemplo, en 1986 se publicó en Estados Unidos una compilación de textos de mil a dos mil palabras (unas diez veces más extenso que el criterio anterior), y a estos textos los editores los llamaron “ficción súbita”. Por otra parte, ya hay concursos, antologías y libros de ficción elaborados a partir del límite (muy preciso) que establece el Twitter. Creo que adoptar un criterio u otro (para considerar que una ficción es breve) se vuelve necesario cuando se tienen límites inevitables, como al producir una serie radiofónica, al trabajar en un proyecto de escritura o al estructurar una antología. En todos estos casos (de escritura, lectura o edición), es conveniente adoptar un criterio que otorgue unidad formal al proyecto. Y esto último nos lleva a pensar que a diferencia de otros géneros literarios, la minificción tiende a ser un género de textos gregarios, es decir, que su escritura tiende a ser serial.

¿Qué texto marcaría un antes y un después en el ámbito o historia de la ficción breve? ¿Qué conoce de la narrativa brevísima peruana?

Fernando Valls, profesor e investigador español: El territorio de lo que yo entiendo por ficción breve es demasiado amplio, pues englobaría la poesía, el microrrelato, el poema en prosa, el microteatro, etcétera. Pero si nos ceñimos al microrrelato, creo que en Hispanoamérica fueron muy importantes Juan José Arreola (el primer “Confabulario” data de 1952) y Augusto Monterroso (“Obras completas (y otros cuentos)” es de 1959), y me parece que la conciencia de la narrativa breve como algo distinto del cuento entendido como un género diferente tiene en ellos su punto de partida, aunque quizá no llegaran a ser del todo conscientes de ello. Y la antología de Borges y Bioy Casares, “Cuentos breves y extraordinarios” (1955), aunque no todos los textos sean microrrelatos, ni siquiera minificciones, y algunas de ellas tampoco sean piezas independientes, al formar parte de contextos mayores. La verdad es que no conozco bien la historia de la narrativa brevísima peruana, pero sí los microrrelatos de autores como Carlos Meneses, Ricardo Sumalavia, Fernando Iwasaki, Félix Terrones y José Luis Torres Vitolas, de quienes he publicado inéditos en mi blog La Nave de los Locos; además de la antología de la profesora Giovanna Minardi, la revista Plesiosaurio, que dirigen Rony Vásquez y Dani Doria Rodas, y el blog Micrópolis, dedicado al género.

¿Cuáles serían los autores y libros representativos?

Francisca Noguerol, ensayista española especialista en narración breve: El dinosaurio de Augusto Monterroso se convirtió en una charada entre los intelectuales mexicanos de los años ochenta, y su extraordinaria condensación sirvió para recuperar otras creaciones capitales de autores como Juan José Arreola, en México, o Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, en Argentina. Asimismo, la antología “Cuentos breves y extraordinarios” (1953), de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, a la que siguió “El libro de la imaginación” (1970) del mexicano Edmundo Valadés. Teniendo en cuenta que la minificción se muestra especialmente proclive a la fantasía, el humor y cualquier otro tipo de discurso oblicuo, no olvidaría a ninguno de los escritores mencionados arriba, a los que añadiría nombres imprescindibles como los de Julio Torri, Ana María Shua, Luisa Valenzuela, Luis Britto, Marco Denevi, Raúl Brasca, Luis Fayad, José María Merino y Fernando Iwasaki, entre muchos otros. En cuanto a libros, es necesario mencionar, al menos, un título fundacional: “Historias de cronopios y de famas” (1962) de Julio Cortázar.

¿Las redes sociales permitirían una mayor producción y difusión de la ficción breve?

Violeta Rojo, profesora e investigadora venezolana: Lo están haciendo. El espacio reducido se adapta muy bien a ser tuiteado o colocado como estado en Facebook. Para los blogs (que no sé si son redes sociales), la minificción tiene la longitud perfecta. Eso hace que haya mucha más gente escribiendo minificción. Algunas veces con resultados magníficos, muchas más con consecuencias lamentables. Los que piensan que escribir corto es fácil hacen tanto daño como los que piensan que escribir poesía es poner sus sentimientos en un papel.


EN EL PERÚ

Fix100, revista hispanoamericana de ficción breve, es una publicación virtual en formato PDF que puede descargarse gratuitamente en la web del Centro Peruano de Estudios Culturales (cpecperu.org). Esta revista, dirigida por Alexander Forsyth, explora la producción del microrrelato en Hispanoamérica en textos de creación, teoría y crítica, así como sus vinculaciones con otras literaturas.


MINICUENTOS

El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
Augusto Monterroso (hondureño, 1921-2003)

Ágrafa musulmana en papiro de oxyrrinco

Estabas a ras de tierra y no te vi. Tuve que cavar hasta el fondo de mí para encontrarte.
Juan José Arreola (mexicano, 1918-2001)

2246

¿Mamá, ¿qué es un árbol? -preguntó el chiquitín.
La madre sonrió tristemente entre sus escamas y solo meneó ambas cabezas.
José B. Adolph (peruano- alemán, 1933-2008)

Ciencia ficción

“Después de todo, no fue tan terrible”, se dijo, mirando la nube en forma de hongo, mientras desplegaba los élitros.
Carlos Herrera (peruano, 1961-)

Novela de terror

Me desperté recién afeitado.
Andrés Neuman(argentino, 1977-)


ENLACES DE INTERÉS

-Ficción Breve Venezolana: www.ficcionbreve.org
-Revista Internacional Microcuentista: revistamicrorrelatos.blogspot.com
-La Comunidad Inconfesable: www.lacomunitatinconfessable.cat
-La Nave de los Locos: nalocos.blogspot.com
-Micrópolis: www.micropolis.pe
-Redmini: www.redmini.net
-Revista Plesiosaurio: revistaplesiosaurio.blogspot.com


* Publicado en la semana del 07 al 13 de mayo de 2012 del Diario El Peruano. Suplemento semanal Variedades Edición 274.

7.1.12

“LA QUEBRADA DE LOS PERROS”, UN CUENTO DE DINO JURADO


La mujer lo había enjabonado como a un niño. Le había repasado las ingles con esmero, luego arriba y abajo incluyendo los muslos, por si acaso, y ahora procedía a enjuagarlo. Con la mano ahuecada cogió agua del lavador de plástico y se la fue echando, de a pocos, con cuidado, para no mojar el suelo. Y él, fingiendo estar distraído pero en el fondo alerta, soportó con paciencia los hilos de frío corriendo entre sus partes cansadas, la espuma de jabón haciéndole cosquillas y resbalando piernas abajo, llegando casi hasta los dedos de los pies. Luego esas mismas manos, cálidas, maternales, le secaron todo, centímetro a centímetro, con una toallita blanca muy pulcra, y él quiso saber entonces si era a esto a lo que llamaban servicio completo, o faltaba algo tal vez.

Comenzó a abotonarse la camisa mientras la mujer cambiaba el agua, se acuclillaba encima con las piernas abiertas para lavarse mejor. Miró, el hombre. A los retratos multicolores de artistas de la tele que tapaban las paredes. A la estatuilla del santo en la esquina, con un libro en la mano, la otra elevada hacia el techo, los ojos en blanco. Parecía San Antonio por la túnica marrón, el de Padua. Algunos sonidos llegaban desde afuera mezclados como rumores, música de bisagras que se abrían o cerraban, pisadas bruscas acercándose, alejándose, como oleadas de piedras, allá afuera, en el callejón.

Sintió ganas, el hombre, de echarse en la vieja cama de hierro, estirarse como un gato panza arriba y descansar un par de horas, con la mujer al lado por supuesto, hasta que el desasosiego se esfumara conversando sin pudor de cualquier cosa, el frío asesino del invierno, la llegada del último crucero de marines al puerto, la detención abusiva del alcalde comunista el mes pasado. Le dolía la espalda como si hubiera esperado de pie horas enteras, y sentía en las mandíbulas, a veces con dolor, a veces con placer, el adormecimiento del que ha hablado o masticado demasiado.

Cuando terminó su aseo la mujer se encontró de golpe, por primera vez, con el hombre inmóvil que la observaba. “¡Qué!” dijo, manoteó al aire, y sin esperar respuesta se dirigió a la mesilla de noche, a un costado de la cama. Pasó tan cerca que las nalgas le temblaban con cada golpecito de los tacos en el piso de cemento, toda ella desnuda y resuelta. Se detuvo ante su ropa de trabajo, una pieza blanca doblada encima, pero no se vistió de inmediato. Dando premeditadamente la espalda, casi ofreciendo el culo a manera de yapa, meticulosa, sin apuro, amarró su largo cabello negro con una liga y se dedicó a frotarse hombros y brazos con una grasa.

El hombre, entonces, notó algo digno de ser anotado en un diario. No tenía que ver con el sexo o el amor. Era cierta incongruencia entre la ingenuidad del rostro y el aplomo sin duda profesional con que se comportaba. Le despertó la curiosidad, el deseo de salir de dudas y ayudar al prójimo.

—¿Quieres otro polvo?

Pero ¿quién había hablado? Con esa voz cantarina, como si estuviera de vacaciones en la playa, tenía que ser ella. Y se puso de memoria la bata de gasa.

—No, gracias. Estaba pensando en un trago.

Fue él, claro. Le tocaba responder y lo hizo con displicencia, mirando a un rincón, a los ojos de San Antonio suplicando una ayudita para salir del paso.

—¡Ah! ¡Pensé que querías repetir el plato! —concluyó la mujer.

Más atractiva ahora bajo la gasa transparente, más femenina que nunca, dio unos pasos contundentes por el cuarto mientras esparcía en el aire, como un veneno, el olor de la vaselina perfumada.

El hombre cogió su última ropa. Se acercó. Le puso bruscamente una mano en el centro de la espalda. Pareció que saludaba a un compadre.

—¡Anímate, cariño! Vamos a tomar un trago.

No podía. Imposible. Fuera cierto o no, dijo que tenía que trabajar.

—Sólo un par de cervezas, luego sigues trabajando —dijo él, levantando una ceja.

—No puedo salir ahora. Nadie puede. Son las reglas de la casa.

—¡Qué reglas ni qué ocho cuartos! —dijo él, por fin despierto, con ganas de juerga—. Si no puedes ahora, entonces ¿más tarde?

—Puede ser —le contestaron.

—¿A qué hora? —preguntó una vez, dos veces—. ¿A qué hora?

Nada. Miró su reloj mientras la mujer cogía un cigarrillo de la mesita acharolada. Luego se miraron a los ojos a través del primer humo, exhalado como si fuera el hedor de una batalla. Estaban en el centro del cuarto miserable, con la casaca en una mano él, ella con una mano en la cadera y parpadeando. Cada cual analizaba su posición y la sopesaba. Para él la medianoche estaba muy lejos aún, alcanzable sólo tras una espera larga en el peligroso bar del burdel. Allí había muerto gente y no de vieja. Para ella la invitación a tomar un trago no era un compromiso ineludible, no estaba obligada a aceptarla, ni de él ni de nadie, pero... pero por alguna razón no se atrevía a rechazarla de una vez.

—Está bien. A las doce —dijo él.

—Después de las doce —corrigió ella.

—En el bar —dijo él, impertérrito, decidido a olvidar minucias, a concentrarse en lo esencial.

A ella sólo le faltaba asentir con la cabeza y cerrar la puerta. Así, pues, asintió con la cabeza, cerró la puerta.

Ya en el callejón, el hombre avanzó a través de corrillos de gente que aquella noche estaba alegre, nadie sabía por qué. Pisó fuerte los retazos de luz roja como si fueran cucarachas encendidas, algunas habitaciones abiertas las dejaban caer sobre el piso de ladrillos. Y al levantar la cabeza respiró el aire preñado de humedad que bajaba del cielo. Se había originado en la costa próxima con el batir eterno de las olas, pues traía olor a tolina abierta, a branquias de pez recién capturado. Seguramente. Lo sintió dar vueltas, al aire, como si tuviera ojos y se condujera solo. Lo imaginó introduciéndose en los cuartos de las chicas malas que, sin suerte, sin gracia, se abrazaban con furor a lo mejor de sí mismas para entrar en calor. Luego ese mismo aire regresó al callejón mezclado de aromas nuevos, perfumes de hembra, desodorantes recién estrenados, el exclusivo tabaco de contrabando.

Con toda esta mezcla en las narices el hombre se puso a recordar cómo había reconocido, desde el taxi que lo trajo, el escondite donde levantaron el primer burdel del puerto tiempo atrás. Era una pampa circular protegida por una hilera de cerros, en el fondo de una quebrada. “¡La Quebrada de los Perros!”, se dijo a sí mismo cuando el automóvil se internaba rugiendo en el camino de tierra, despertando un coro irreal de ladridos que parecía trasladarse de una cumbre a otra a medida que avanzaban. Y ahora que iba moviéndose torpemente por la penumbra del callejón, rechazando con una sonrisa las corteses invitaciones de las pocas putas, se dio cuenta que le gustaba aquel lugar, aunque él no fuera asiduo, aunque fuera primerizo. Ese chongo ilustre podía ser vivido como una especie de club privado, exclusivo para la gentuza de siempre, estibadores cojos, pescadores bizcos, ladrones de trigo de los muelles del mundo.

Encontró el bar vacío. Las muchas mesas con las muchas sillas estaban alineadas alrededor de la pista de baile, como círculos concéntricos, y una radiola que parecía un ovni esperaba en un rincón, las lucecitas encendidas por un borracho que se alejaba del aparato, que se perdía por una puerta disimulada tras el mostrador. El hombre, cauto, eligió a propósito una mesa pegada a la pared y se sentó.

La música que había dejado el tipo se volvía chillona por el mal estado de la radiola, esa vieja Wurlitzer de dos cuerpos con su paquete de discos a cada lado. En la parte central sobrevivía el tarjetero con los nombres de las canciones y más abajo la doble fila de botones para elegir. Las mallas de los parlantes se inflaban con los últimos compases. Luego el disco fue cogido por la pinza metálica, que lo regresó a su lugar, en el lado de la derecha, y a continuación llegó la calma.

¡Ah, sus brazos! Los fluorescentes del techo los alumbraban con una extraña luz negra, un brillo negativo que adherido a la piel parecía un barniz traslúcido. Los hermoseaban, cubiertos como estaban por una capa de vellos que veranos interminables habían vuelto casi rubios. En cambio no le gustaban sus manos. Nada finas o artísticas. Demasiado grandes y huesudas para su gusto, los nudillos redondos y aplastados como los de un boxeador. Las juntó por la base, ahuecando las palmas, unió las yemas de los dedos una a una y se preguntó: ¿Por qué cuando se puso a mirar, recién llegado, las curvas desnudas de las chicas, indeciso entre una flaca y una gorda, había terminado por fijarse en la que parecía ser sólo la más joven, la más limpia, la menos india? ¿Por qué ella? De todos modos Ivana lo había tratado bien. No tenía motivos de queja. Sabía trabajar. Incluso le había ofrecido la opción de repetir, con delicadeza, amablemente, como quien ofrece un dulce a un niño. ¿Y cómo había respondido él? Con poca imaginación. Poco empeño. Prefiriendo jugar todas sus bazas a una segunda oportunidad. La que comenzaba a las doce de la noche, si comenzaba. ¡Vaya!

Ahora apareció otro tipo en la puertita. Sin camisa y tan ebrio como el anterior, avanzó hacia la radiola, presionó algunos botones y se quedó esperando, tambaleante. Luego, sin que la música hubiera surgido aún del aparato, regresó por donde había venido. Pero reapareció al instante, acompañado por una mujer gorda vestida de rojo. Sin molestarse en mirar alrededor, se dirigieron a la pista de baile pintada en el suelo, se acomodaron uno contra al otro y se pusieron a bailar.

Había sucedido muy rápido y ahora estaban allí, abrazados, balanceando sus cuerpos sin perder el ritmo. Ella parecía dirigir los pasos, por intuición pues cerraba los ojos para entregar el cuello a los labios de él, mientras él suspiraba a cada vuelta, cansado de su querida carga, al borde de la resignación. El bolero los transportaba fuera de la pista, entre las mesas. Se deslizaron sobre los restos de aserrín del piso como sobre patines, apartando con las caderas una silla, otra, suavemente, engreídos por esa historia triste que celebraba la pérdida de un amor, la fallida consumación de una venganza.

La música siguió sonando, imparable, hasta que ellos despertaron de golpe de su letargo. Se pararon en el centro de la pista y se consultaron. Nuestro hombre los miró largo y tendido, dejándose percutir el pecho por los últimos ayes del bolero.

—¿Qué desea? —dijo por fin la gorda, se acercó.

A diferencia de las otras siervas, ésta no llevaba pintura ni maquillaje. A través de la blusa veraniega se podían apreciar los copos blancos del sostén.

El hombre levantó el índice derecho antes de lanzar su petición:

—Media botella de pisco, por favor.

Luego pasó mucho tiempo, como suele ocurrir, llegó y se fue la medianoche. El antro se había llenado, lógicamente. La gente saltaba de una mesa a otra con el vaso en la mano. Se reconocían y saludaban como si acabaran de coincidir allí después de años, hacían brindis. Nuestro hombre hizo un vago saludo a un par de caras oscuras y luego evitó mirarlas. Quería estar solo. Así permaneció en su mesa, ensimismado. La media botella de pisco le había golpeado el pecho y lo hizo sentirse audaz, querido, la mirada concentrada en el vaso vacío.

Hizo a un lado la botella y solicitó otra media. Tal vez a Ivana la conocía de antes. Le resultaba familiar. Quizás había sido su alumna y le había tomado la lección a solas. Adolescente y temerosa, pálidamente muda con la chompa azul sobre el uniforme único, ella levantaba la vista para responder y sonrojarse, mientras él le aplicaba un nuevo cuestionario interminable. Era invierno también, era invención suya por supuesto, el salón de clases de entonces, enorme e invadido por el frío, los cuadernos dormitando sobre las carpetas mientras la neblina pegada a la ventana blanqueaba la visión de la Avenida Mariscal Castilla, de la puerta del colegio por donde las demás chicas uniformadas ya salían en fila india para no volver hasta la tarde.

Cuando le trajeron el pisco se sirvió dos dedos, siempre puro, y se quedó acariciando el vaso. Se sentía vivo, eso era bueno, vivo y alerta. En eso vio acercarse a la mujer y no supo qué sentir, si alegría o fastidio por la interrupción. La vio avanzar riendo entre las mesas, saludando a diestra y siniestra hasta llegar al rincón donde él estaba.

Ahora sí parecía una puta, con esa camiseta verde loro y esos pantalones tan blancos y ajustados, tan empinándole el culo. La saludó finalmente, elevó el vaso a la altura de los labios para decir salud, comprobó que estaba vacío y lo devolvió a la mesa.

Ella se había sentado.

—Estás borracho —había dicho.

—Te parece, estoy bien.

—¡Pero bueno! Te dije que pidieras un trago mientras me esperabas, no una botella.

Ivana cruzó los brazos sobre la mesa y se hizo la resentida. Hizo una seña al mostrador. Cuando el mozo se dignó traer la gaseosa y el vaso, el hombre se puso a preparar los chilcanos. Eso sí sabía hacer. Los preparó con sumo cuidado, protegiendo cada vaso con ternura cada vez que la otra mano se acercaba desde lo alto con el botellón. Una vez listos, cada uno cogió el suyo y brindaron. Sorbieron un buen trago y sonrieron, dándose a entender que todo estaba bien o podía estarlo. Luego él tomó un segundo gran bocado con el que se enjuagó la boca, y todo volvió a ser como antes.

—No tomes tan rápido, cariño, el pisco engaña —refunfuñó ella.

—Ciertamente. Pero el mío está suave. Prueba.

—Sí, tienes razón, está suave —dijo ella, sin probar nada—. Con todo, si sigues así no vas a durar mucho.

—¿Qué quieres decir con eso?

Más que a ella, se lo preguntaba a sí mismo. Y no sabía si valía la pena durar, y cuánto.

—Está bien, haz lo que quieras, no pasa nada —dijo ella, tan linda. El blanco de sus ojos era enorme, el rojo de sus labios chillón.

—Salud —dijo él. Se llevó el vaso a la boca. Tomó otro sorbo y no estaba retando a nadie. Era una manera de hacer algo, como cualquier otra, vamos—. Oye —dijo, acercando el rostro—, ¿desde cuándo trabajas aquí?

¿Por qué hacía esa pregunta?

—Desde cuándo —repitió.

Recién desde abril, había dicho ella.

—Y ¿qué tal? —preguntó él.

¿Qué tal qué?, había preguntado ella.

—Tu estadía —dijo él—. ¿Tienes muchos clientes?

Ella lo miraba, lo medía. Ni muchos ni pocos, había dicho. Más o menos.

—Es que eres nueva —dijo él—. Se nota que no eres de aquí.

—Ninguna es de aquí —dijo ella—. Nadie trabaja en su propia tierra –dijo—. ¿No lo sabías?

Sí lo sabía. Y pensó inmediatamente, como un disparo: “¡Nadie es profeta en su tierra!”.

Dejó el vaso en la mesa y trató de apaciguarse. Se enervaba con sólo toparse con la sonrisa de puta. Felizmente encontró una manera de entretenerse con el vaso y la cucharilla. Pescaba la rodaja de limón flotante, la apretaba contra el vidrio, echaba un vistazo al frente y paladeaba el líquido. Luego introducía la cucharilla otra vez.

…De todos modos era el momento más alegre de la noche. Con las botellas de cerveza cogidas del pico la gente se emborrachaba de pie entre las mesas. Ivana saludaba a uno que otro con el rápido guiño de un ojo, dos dedos despegados de la superficie de la mesa. Paseaba la mirada por encima sin detenerla en nadie, sin aparentes predilecciones. No parecía estar buscando, no se le había perdido nada. Parecía estar más bien a punto de levantarse.

Pero quien se levantó fue él.

—Voy al baño —dijo, haciendo atrás la silla.

¿Qué había ido a hacer allí? Se había emborrachado de golpe, en unos pocos segundos, por falta de práctica. O como si una mano invisible le hubiera puesto algo malo en el vaso, una pizca errónea. No podía controlar más los pasos que daba. Sin embargo seguía pensando. Se había equivocado de lugar, era obvio, de vida. De pronto lo único que le preocupaba era no chocar con las sillas ni la gente, no rozarlos siquiera. Quería evitar toda clase de disputa, era pacífico, creía en ciertos valores. Se quedó un tiempo interminable en el centro del bar, buscando a Ivana con los ojos locos, haciendo un esfuerzo tremendo para enfocar la mirada. A ratos alguna pareja de bailadores lo empujaba y un repentino chispazo de lucidez le devolvía la conciencia como un amago de incendio. Se daba cuenta entonces que seguía en medio del salón, rodeado de mesas gritonas y oscuras. Miró al techo, hacia los fluorescentes azules; luego, deslumbrado, se pasó una mano por el rostro. Cuando la retiró, Ivana estaba sentada en el otro lado, haciéndole señas con la mano.

—¿Dónde has estado? —le preguntó, gritando hasta hacerse oír—. ¡Te has tardado mucho!

¿Dónde había estado? En el baño, naturalmente, eso fue lo que dijo.

—¡Pensé que te habías ido! —siguió gritando ella.

Y él había contestado:

—¡No! ¡No me he ido! ¡Aquí estoy! —también con gritos, compitiendo en bienestar y volumen.

Entonces a él se le ocurrió invitarla.

—¡Vente conmigo! ¡Ahora mismo!

Parecía una orden y era la noche, tan ruidosa y poco íntima. Le prometió que en casa tomarían un trago, conversarían. Le habló de un café que le habían traído de Quillabamba, sumamente fragante, una delicia, lo más adecuado para un romance.

Pero ella no le creía, se siguió negando.

—Estás borracho —contestó, oscuramente—. Cualquier otra noche que estés sano y con plata.

No se le ocurría otro argumento para insistir a nuestro hombre, así que pensó en el dinero. ¡Toda mujer tiene un precio! Pero era demasiado tarde, se le había acabado el billete. Fijó la vista en los ojos esquivos de la puta, en su nariz puntiaguda como pico. ¿Se le había acabado el billete? ¿O se lo había robado? Aunque así fuera siguió insistiendo y, pese a los gritos, ella siguió negándose. Era terca, el burdel parecía su hogar. Entonces él rodeó la mesa, cogió a la chica por detrás, del cuello, como a un conejo gritón, y la zarandeó.

Si el hombre hubiera sopesado la nueva situación, habría salido de allí en busca de otro final para esa noche. Y la historia se habría terminado. Por el contrario, se puso a forcejear, a pelear contra dos hombres que querían sujetarlo, no quería que le robaran más. Mas de pronto consiguió soltar un brazo, encontró una mata de pelos y tiró con todas sus fuerzas, que no eran pocas. El grito que se escuchó en la distancia lo hizo pensar en el aullido de un lobo, en una pata metida en una trampa. En el momento siguiente él mismo estaba con el pie en una silla, saltando encima de la mesa endeble que se inclinaba a los lados. Trataba de asustarlos, de mantenerlos a raya con el vaso empuñado en una mano, la cucharilla enhiesta en la otra. Se volvía contra todos, tambaleándose, cuando algo de pronto golpeó su mano brutalmente y el vaso cayó al suelo. Lo que vino después fue una gran confusión que no estaba clara en su memoria. Se había defendido como un héroe, pero la fuerza que lo tiraba hacia abajo era enormemente superior y, finalmente, sin prisa, cayó.

Porque estaba seguro de haber caído en dos etapas, de eso no tenía la menor duda. Primero de rodillas sobre la mesa, luego de cabeza contra el suelo. Se palpó el cuero cabelludo hasta encontrar la hinchazón, leve pero real. Después de eso, nada. Por más que se concentraba no conseguía recordar lo sucedido tras la caída, quién lo había sacado de aquel lugar, cómo había llegado a casa. Era increíble la capacidad de sobrevivencia del ser humano, superior a la de cualquier animal. Simplemente la orden, como una estalactita, crecía dentro del cerebro y eso era todo. Sobrevivía.

—En fin —suspiró—. A otra cosa, mariposa.

Sacó una lata de cerveza del refrigerador y caminó hasta la ventana. Miró la huerta llena de sol. Todavía se sentía ebrio y tembloroso. Pero estaba seguro que la cerveza le iba a caer bien. Le templaría el pulso. Lo animaría a tomar una ducha fría.

Ya había pegado la lata a los labios, soñadoramente, cuando le comenzó a ganar la risa. Primero fue tranquila y sosegada, como el murmullo de los pájaros en los árboles. Luego se le abrió más la boca y comenzó a reírse de verdad, sin más certidumbre que la de estar solo. De haber estado siempre solo. Así que podía permitírselo. Más tarde, cuando llegó la primera carcajada, la lata, resbaladiza, rebelde, se le escapó de la mano.

* Tomado del blog altodelaluna. La imagen de aquí.

9.10.11

“LA REJA”, UN RELATO DE MIGUEL ÁNGEL COLETTI


LA REJA

Por Miguel Ángel Coletti

Fue en la inspección submarina de la malacosa, playa de La Reja —un refugio marino sitiado por cuevas naturales y una reja de metal que separa a los bañistas por clases sociales— donde recogí unos salvajes ejemplares de fauna marina que cortaban con sus filosas tenazas la red de pescar que extendí en el agua picada. Colectados los “crustaceos”, pasé por sus antenas un cordel de pescar caliente que resultó en un hermoso collar de cangrejos vivos que hacían sonar sus filosas tijeras alrededor de mi cuello salado haciendo mucho ruido y calando mi piel hasta las heridas. Mientras ellos zurcían barrotes sobre mi epidermis, recordé por asociación y sorpresa, mientras volvía por el camino de la playa hacia la pensión del Aromito, las conversaciones alturadas que flotaban en la mente acuosa de hace 14 años y me conducían por un sendero faite de la calle Cochrane en el centro del Callao detrás de una reja de mercado, conversaciones serias para mi espíritu aprendiz, charlas gruesas de asaltantes de puerto y bultos de madrugada que se escondían debajo de las tapas de desagüe, de baile con discusión y cuello dispuesto, plomazo entre vaporinos y oilers, boletos de muerto con falso al amanecer en el rumbo de la adivinación y la brujería porteña, la desconfianza del pintao y del charly contra el rencor del trinchudo que reclamaba su lugar en el puerto choro, la angustia de la madre chalaca castradora y la espera de malas noticias, el desprecio por la vida del hijo ladrón , el cuerpo baleado del semejante, el cerebro del Callao gobernado por la vaina.

Estas conversaciones antiguas me trasladaban por una máquina del tiempo boba, hacia años remotos e indescifrables cuando me fue presentado a muy temprana edad por un pariente ahora perdido, el genial viejo Federico Mutis, célebre guardián del mercado central del Callao. Llave principal. Cunda discreto, siempre de camisa diamantada y léxico picante. En su época de ser había llegado a boxeador profesional de barrio, noqueador de quijada fuerte, partidor de almas, valiente, un recio estibador del TMC. Era ágil y aguerrido como todos los de su especie a la hora de circular la chaveta y hundir el frío metal en la carne, dejó sus mejores años entre la cárcel y el muelle, viviendo del laburo atracador y desaduanado, primero con grúa, luego con pato, reunía al final de la jornada ganancias excesivas de los buques mercantes que en la mayoría de casos dejaban un “solidario” óbolo en sus bolsillos. Don “Fefefifo” y su corte de galifardos, puntos y contrapuntos, siempre ganaban precio en la balanza de la vida.

Yo, anduve un tiempo de larga soledad frecuentando a estos viejos amigos que de alguna manera me acercaban tercamente al recuerdo de mi pariente perdido hace poco tiempo, iba planchando a diario las calles del centro del Callao con botas de obrero americano, perdonando la envidia de los lacras que aguaitaban siempre el buen vestir y el andar “limpio”, rozando los hombros como zombi de los seres oscuros del Callao nocturno. Estas conversaciones del final de la tarde que procuraba siempre escuchar y recordar, se producían apenas cerradas las grandes puertas del mercado. Durante esos años contradictorios logré acumular valiosa información sobre la historia del corazón del Callao antiguo, que luego fue escrita en un diario como este, sobre mi amistad con los viejos vigilantes nocturnos, patrimonio ahora extinto del antiguo Mercado Central del Callao, personas misteriosas en su vestimenta afranelada con desprecio por la moda, una facha “necesaria” para soportar el intenso frío de la madrugada. Ellos eran poseedores de una imaginación sorprendente y creativa para la narración oral de la magia porteña y el contrapunto de noticias fúnebres; estos señores siempre departían desde su cómodo puesto de vigía que era un sillón despanzurrado que alistaban para iniciar los monólogos, yo desde afuera del mercado asistía como un invitado y saludaba del otro lado de la reja, a veces llevaba un lonche o a veces les alcanzaba cigarros por entre los barrotes a estos sabios nocturnos: Mutis García, Prada y Marín, quienes soltaban espontáneas y profundas charlas sobre la estampa de los chalacos de antes y sus tradiciones perdidas, sabían historias muy antiguas que provenían de la época cuando se construyó el mercado, sobre los desfalcos millonarios en la Tesorería del recinto con el cuento del plomo y las balanzas descalibradas de los carniceros, la famosa tragedia del cargador de bultos Tomás Tapia, un estibador puneño quien tuvo la mala fortuna de ser atrapado, en la cámara frigorífica mientras “colgaba” una res, por un mal viento o una mano siniestra que selló la puerta de acero y lo sentenció a morir congelado, pues ni ellos, los vigilantes nocturnos pudieron escuchar los gritos de frío del recio cargador esa madrugada. Sus conversaciones eran extensas y con datos precisos sobre fechas, locaciones, horas del día y descripción de “rostros señalados” de los principales de sus historias. Siempre eran los mismos temas pesimistas, la misma chola pero con otro forro, muertes imprevistas y heroicas, inmensas plagas de ratas e insectos que brincaban toda la noche sobre los alimentos que serían rematados al día siguiente al público, las tétricas “penas” o apariciones de almitas, frecuentes en la zona de los pescadores y marisqueros, y algunos otros temas de fantasía correspondientes al Callao antiguo, perfectamente narrados por ellos, historias que en ese momento deslumbraban mi imaginación de adolescente y que continuaré recordando.

Abrí la reja y salí…

* Tomado del blog Yo amo al Callao.

16.9.11

“EL CONJUNTO VERDE”, UN CUENTO DE FÁTIMA CARRASCO


EL CONJUNTO VERDE

Clemencia había heredado el cabello ondulado y los ojos verdes de su padre, aunque ni de él, ni de su madre guardaba recuerdos. Solo de Omar y sus enormes pies y manos, vestido con pantalones oscuros y descoloridos de yute y algún trapo viejo del Doctor, a modo de camisa.

Se expresaba con monosílabos, y solo si era indispensable. Se ocupaba de las labores caseras y de otras, como salvar la vida de la entonces niña Clemen. Curaba y lavaba sus heridas, la secaba y vestía y, arrodillado, limpiaba con un trapo empapado en lejía las paredes y la tina.

A veces los dos lloraban, anhelando un lugar en el mundo que no oliese a sangre y lejía.

Tras la ira del Doctor, la piel golpeada de Clemen era verde. Después, gris, negra, antes de volver a ser gris con extrañas formas geométricas que le recordaban los trozos de cuarzo del escritorio de su tío. Esas formas, convertidas en manchas y puntos, se difuminaban bajo su piel, que tornaba a ser rosa al cabo de algo más de una semana.

La primera y única vez que miró un caleidoscopio tuvo la certeza y la desdicha de contemplarse a sí misma.

Su tío, el Doctor, se encargaba de los bienes y de la huérfana tras haber ejercido como cirujano en Bruselas. Dejó allí una paternidad medio asumida y regresó a Mollendo sin emolumentos y con varios baúles con libros, cuadernos, discos y antigüedades. Además de innumerables diplomas. Cartones orlados que certificaban su profesionalidad y desde las paredes inquietaban a Clemen, tanto como la admiración que pacientes y vecinos expresaban por el culto hombre de ciencia.

Muchas veces Omar presentía la ira del Doctor. Cargando a Clemen corría al fondo del jardín, a esconderla entre costales vacíos y herramientas. Su tío vociferaba amenazando a ese indio animal, dándole patadas, mientras él, impasible, fingía buscar a la niña.

Omar, demasiado viejo, o enfermo, o reclamado quizás por asuntos familiares, o despedido sin más, desapareció de su vida. Antes, zurció con sus delicadas manazas la ropa y las sábanas viejas con que la heredera iría interna al colegio.

Clemencia llegó a la mayoría de edad con algunas fracturas, el tímpano izquierdo perforado y sin patrimonio alguno, por obra del Doctor. Su ánimo declinaba cada tarde, al verlo llegar con su negro y brillante maletín de cuero.

Un domingo por la mañana, Natalia vino a buscarla con dos jóvenes.

—Esta es Clemen, mi mejor amiga.

Daniel era administrador de empresas y Horacio, ingeniero químico. Habían estudiado en la capital, donde trabajaban en la misma empresa.

Daniel —explicó Natalia— había veraneado algunos años, “cuando éramos chicos”, dijo, en la casa de sus abuelos, cerca de la suya; sus padres la habían vendido años atrás, obligándolo ahora a alojarse en un hotel.

Clemen casi disfrutó paseando por la playa. Luego Daniel los guió, eufórico, por una de las calles laterales del centro de la ciudad, hasta detenerse ante una de madera, celeste, y con ventanas y puerta color marfil.

—Está igualita, los nuevos dueños no la han tocado. Cuando mis padres llegaban aquí se transformaban, no discutían en todo el verano —dijo Daniel.

Desde el final de la calle observaron en silencio el Castillo, donde hacía ya décadas nadie celebraba fiestas. Natalia los llevó a su plaza favorita, por una calle con hileras de casas de madera verdes, celestes, blancas, que bajaban hasta casi perderse en el mar, al fondo. En cambio el sitio preferido de Daniel era la Heladería Venezia.

—Es casi alarmante, está igualita —exclamó antes de precipitarse al mostrador, ante la comprensiva mirada del heladero con gorra blanca que manipulaba barquillos y helados cual prestidigitador.

Los parroquianos los observaron algo molestos tras sus copas plateadas, multicolores y multisabores. Los cuatro salieron abstraídos por completo con sus helados de limón, chocolate y lúcuma.

La hora del almuerzo los devolvió a la realidad. Optaron por un restaurante barato y limpio.

Clemen decidió conjurar la tarde —horas fatídicas— llevándolos a su casa. Le complació oír sus voces llenando la sala en penumbra.

Hasta que el Doctor apareció ante ellos, silencioso. Natalia dio las explicaciones debidas y él saludó a los tres.

Luego abofeteó a Clemen, que cayó de bruces contra una silla.

Los jóvenes la ayudaron a levantarse y salieron asustados, en silencio. Bajo un farol, la observaron.

—Estoy bien —dijo Clemen, temiendo por su pómulo.

Horacio le preguntó si quería casarse con él. Un transeúnte se detuvo, esperando la respuesta. Clemen aceptó, Natalia dio un saltito y el transeúnte siguió su camino.

—Mi tío trabaja en el Registro Civil, si hablamos con él puede agilizar los trámites —dijo Natalia.

—Yo voy a descansar un ratito —dijo Clemen aliviada, al llegar a la puerta del hotel Salerno, donde al Doctor ni se le ocurriría buscarla.

Pidió una habitación individual y antes pasó por la de Horacio, buscando dentífrico y analgésicos. Mientras, él buscaba su partida de nacimiento en una carpeta azul, donde guardaba sus documentos, certificados, diplomas. Cartones.

—A ver si alcanzo a Natalia —le dijo él, despidiéndose.

Clemen cerró la puerta de su cuarto con lentitud. Tragó los analgésicos y usó el índice como cepillo de dientes. Colgó su vestido y se metió en la bañera. Se tapó la nariz y se sumergió, como siempre, mientras sus lágrimas se disolvían en el agua.

Logró secarse con una toalla de manos. Se puso la combinación, se deslizó en la cama y durmió sin sueños.

Con Daniel y Natalia —que le hizo un ramito con azahares— de testigos, al mediodía siguiente, Clemencia se casó con Horacio.

Los funcionarios evitaron mirarla: su vestido verde —el del día anterior— hacía juego con sus ojos y su mejilla golpeada.

* Tomado del blog altodelaluna, y la imagen de aquí.

2.6.11

FILONILO CATALINA: “ABAJO EN LOS BARRIOS ALTOS”


Hasta el más imbécil sabe
que un revólver fue diseñado para amedrentar, herir, matar
que una bala nunca podrá transformar nada.

Eran las 22:30 cuando seis sujetos de porte militar, irrumpieron en la casa gritando: ¡al suelo, perros, tírense al suelo! Pero yo, ya estaba muerto, antes de que ellos gritaran, incluso mucho antes de que entraran. Los gritos salieron como perros de presa de cada una de sus bocas y nos mordieron algo dentro porque nos quedamos paralizados hasta que vimos caer a Tito que se había quedado en medio de las gradas con un plato de pollada y una cerveza en cada una de sus manos, cayo él y con él las botellas de cerveza haciendo un ruido que bajaba como una fúnebre nota musical grada por grada, apagada de inmediato por los gritos de: “al suelo carajo ¡no escuchan! Al suelo terrucos de mierda” y todos los presentes (mudos y desconcertados) cayeron como un sólo hombre al suelo, todos excepto Oscar quien había organizado la pollada. Oscar vaciló un momento y uno de los seis encapuchados le gritó “¿tú no escuchas conchetumadre?” y luego le descargó una ráfaga de tiros, muchos de los cuales salieron del cuerpo para quedar incrustados en la pared del solar con delgadas tiras de su piel.

Es feo cuando te vuelven a matar pero sobre todo cuando no quieres aceptar que ya estuviste muerto; y eso les pasó a todos en la pollada de mi viejo solar allá en Barrios Altos; porque una vez en el suelo, con las manos sobre la cabeza y de boca al piso, ellos dispararon sin hablar y sin más ruido que el seco golpeteo de las balas atravesando los cuerpos.

Cayeron uno a uno, así como vi caer tantas veces la vieja pintura en las paredes de mi cuarto; cayó Luis Antonio León Borja quien juraba que el geranio no era una flor sino el himno silencioso que brotaba de los barrios; cayo Luis Alberto Díaz Astovilca, que criaba un horizonte azul y claro en su pecho para regalárselo a sus tres hijos que su madre sostenía, siempre, como lágrimas en el borde de sus ojos; cayó Alejandro Rosales y sus helados que tenían los sabores de las tardes; cayeron los hermanos León León que eran como tú o como yo; cayó Odar Méndez Sifuentes Núñez, obrero que en sus manos amansaba las mañanas hasta hacerlas entrar dóciles a su casa; cayó Octavio Benigno Huamanyauri Nolasco y con su cajita de golosinas también cayeron las esperanzas de que hubieran días dulces pa’ los pobres desta patria; cayó Lucio Quispe Huanaco y cayeron Teobaldo Ríos Lira, Benedicta Yanche Churi, Placentina Marcela Cumbipuma Aguirre, Nelly María Rubina Arquíñigo, Tito Ricardo Ramírez Alberto y Javier Díaz Borja, todos ellos con los puños cerrados de impotencia pero con los corazones abiertos y llenos de palomas que inundaron ese gris cielo limeño de aquella tarde.

Pero cuando cayó Manuel Isaías Pérez, mi padre, yo tenía ocho años y sólo entonces volví a sentir el dolor de la muerte impulsado por ese viejo pero reconocible dolor; corrí para abrazar a mi padre y la primera bala que atravesó mi cuerpo salió limpia, porque los niños somos transparentes; y de las once balas que alojó mi cuerpo sólo me dolieron los 130 casquillos que el fiscal encontró en el solar al día siguiente. Cuando salieron los agentes, intenté desesperadamente despertarlos uno por uno, explicarles que el dolor ha sido desde siempre nuestro hermano, les gritaba que nosotros ya estuvimos muertos desde hace mucho, que le dieran nombre al suelo en el que ahora descansaban sus huesos, pero la geografía de sus rostros me decían que no les quitara ese momento, ese único momento en el que por fin su patria había bajado su mirada para mirarles a la cara y que las balas en sus cuerpos eran la prueba de ello. Yo me llamo Javier Ríos Rojas, ahora tengo 27 años y otra vez estoy sintiendo el dolor, el terrible dolor, de volver a sentirse muerto.

3.3.10

“RIÑUCO”, UN CUENTO DE ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN


Sin duda, a estas alturas y después de haber publicado su segundo libro de cuentos La prosperidad reclusa (Arequipa, Cascahuesos Editores, 2009), el mismo que ha tenido gran acogida por parte de la crítica (véase El comercio, Caretas)¸ nuestro amigo, el escritor Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980) es considerado como un de las “mayores” promesas de la nueva narrativa peruana. Él, muy gentilmente me envía este cuento para compartirlo con todos los lectores de este blog. Y ahí les va.


RIÑUCO (*)


Las gentes del lugar no valían la pena, tanto así que me resultó más provechoso establecer algún vínculo místico con las muchas hiedras trepadoras que parecían apoderarse de la autonomía de los gruesos árboles que marcaban con desgano un sendero sin alumbrado público ni tiendas o, al menos, alguna posada de medio pelo.

Por las noches uno siente como la presencia de nadie, una compañía ausente desprovista de toda catadura. Quiero decir que los silencios son breves porque los grillos se hacen de la ciudad. Un forastero como yo es mal visto, eso lo percaté desde el primer instante.

El día que llegué me encontré con un muchacho huraño que jugaba con un trompo que de tan viejo y maltratado daba pena verlo bailar:

—Yo tenía uno muy parecido —le dije para indagar sobre la ciudad y ganarme su confianza—. Hace tiempo que no veía un trompo tan bueno.

—Disculpe usted, mi señor, pero no le entiendo.

—Te hablo del trompo —le dije señalándolo—. De tu trompo.

—Se ha equivocado usted —musitó y se lo guardó en el bolsillo.

—¿Me dejas usarlo? —le pregunté.

Negó dos veces con la cabeza.

—¿Qué te pasa, ñato, o no tienes buenos modales? Préstame tu trompo un instante nomás.

—Mi señor, no es un trompo, es un riñuco.

—No me tomes el pelo y dime tu nombre, eso que tienes en el bolsillo es un trompo.

Echó a correr y se alejó como a unos cien metros de distancia. Volteó, me miró con un odio insuflado e inexplicable, pero avasallador. Se bajó el pantalón, luego el calzoncillo y me mostró un pubis lampiño. Yo no acababa de salir de mi desconcierto cuando sacó el trompo de su bolsillo y me lo lanzó con inusitada precisión.

—Quédatelo, infeliz, ¡tengo mejores! —espetó altanero y, ágilmente, me tuve que hacer a un lado para que el objeto no me impactara en la frente.

La primera idea que me vino a la mente fue ir al alcance del mocoso para darle una buena lección. Pero estaba en un territorio extraño y de ninguna manera podía tomarme atribuciones de progenitor. Caminé unos pocos pasos y ubiqué al trompo hundido en medio del barro.

Al recogerlo, una sensación de ingravidez se apoderó de mí. Cerré los ojos casi mecánicamente y empecé a girar atrozmente. Mis zapatos se enfangaron, estaba a punto de perder el sentido; pero seguía, infatigable, dando vueltas sobre mi propio eje. No era posible seguir: el corazón me latía a rabiar, las piernas cada vez más fláccidas… Ya no estaba solo: un grito primero, luego dos, después tres… al final, una muchedumbre que parecía acordonarme, vitoreaba, aplaudía:

—¡Riñuco, riñuco!

Una ola de lucidez me invadió y consagré un par de segundos a convocar a la calma. Fue en vano, acudió a mí un exabrupto:

—Malditos, ¿qué es lo que quieren, perros miserables?

Un silencio atronador: todo se detuvo como en las películas, y no pude mantenerme en pie ni siquiera para tomar un poco de aire. Caí de bruces sobre el fango, empecé a temblar como si fuera presa de un ataque epiléptico.

Estaba listo para morir: «Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu y hágase tu voluntad», logré decir apenas, sin conseguir persignarme. Agua tibia caía sobre mi espalda, alguien empezaba a cortarme el pelo (quizá esa misma persona era la que ahora exploraba sin recato mis partes íntimas).

—¿Qué quieren de mí? Déjenme en paz —rogué en vano. Cada vez eran más: las manos, los murmullos y vejámenes. Ahora voces femeninas hincándome en las orejas. ¿Qué querían hacer con mis orejas?

—¡Basta, piedad, pido piedad!

Un relámpago de paz: abrí los ojos, pude reconocer al muchacho del trompo con el rostro pitando de negro, ahora vestía un traje de plumas y un collar con ajos le colgaba del cuello.

—Riñuco —me dijo sonriente—. Nunca hables con un riñuco.


*Este cuento recibió una Mención Honrosa en la I Bienal Internacional de Arte «Victor Humareda Gallegos», y ha sido publicado previamente en el Semanario El Búho.

27.10.09

ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN: LAS MALAS ELECCIONES (UNA ANÉCDOTA IMPÚDICA NO APTA PARA SEÑORITAS)


LAS MALAS ELECCIONES (una anécdota impúdica no apta para señoritas)


Escribe: Orlando Mazeyra Guillén

A mi amigo Martín,
que me contó esta historia
desde algún rincón de la selva…

¿Sabes qué? Ayer me pasó algo muy curioso.

Desde hace unos meses vengo explorando los encantos de la selva peruana. Así pospongo antojadizamente mi retorno definitivo a Milán, a donde volveré para ganarme los frijoles que el Perú me niega desde siempre (los mismos frijoles que Italia me dio ilegalmente para, ahora, disfrutar de estos días de calor en todas sus acepciones; y si de acepciones se trata, la patria de Berlusconi, ¡oh sí!, me dio pasta en todas sus variantes).

No viene a cuento, pero igual lo diré: a medida que siento que este periplo va llegando a su fin, tomo conciencia de que lo único que me puedo llevar de mi país radica precisamente en los recuerdos que, como un rompecabezas vital, voy armando con este viaje que empezó en Tacna y promete terminar en Punta Sal o quizá en la frontera con Ecuador. Que el azar lo decida.

Anoche, supuestamente iba a salir a bailar con una profesora de la selva moyobambina que conocí en una pequeña tienda de libros y souvenirs eróticos que me llenaron de malos pensamientos. Digo “salir”… salir a conversar, a tomar un café o a algo parecido. Creí que habíamos quedado para salir los dos, a conocernos un poco; pero ella se apareció con una tipa de unos veinte años que —después lo supe— se llamaba como mi ex enamorada. Yunely no se lo esperó mucho para aclararme que había traído a Gabriela porque su coqueta amiga seguramente se encontraría con su novio; o sea, terminaríamos saliendo de a cuatro… sin necesidad de terminar armando un cuarteto… ¡Esa vieja fantasía que me persigue desde que, con mi hermano y dos de sus amigas, probamos el San Pedrito en la Punta de Bombón!

Caímos, pues, los tres en una discoteca llamada Papillon. Mi intención era clara y bastante corta: bailar tranquilo, tomar algún traguito y conversar sobre cosas entretenidas. Así, bailaba unas piezas con una y, sin darme un descanso, luego sacaba a la otra. Fue entonces que, al llegar su turno, la tal Gabriela, se me empezó a insinuar sin mucha sutileza (¿acaso no tenía novio?): había ido con una minifalda demasiado provocadora y, además, me tomaba de la mano delante de Yunely. El alcohol cumplió sus mandatos y, cuando ella me abrazó en medio de la pista, yo le correspondí sin pensármelo mucho. Yunely, a la distancia, no supo ocultar su enfado. Noté la forma de su entrecejo y su mirada desprovista de esa ternura con la que se ofreció darme un tour por el Valle del Alto Mayo cuando coincidimos en la librería.

Yo no me hice mucho problema y seguí bailando con Gabriela, quien, ahora lo sé, resultó ser una muchacha verdaderamente decidida: me dio un buen beso y con su cimbreante lengua husmeó por debajo de la mía. Yo me excité y, para bajar las revoluciones hormonales, regresé a la mesa para bailar con Yunely. Ella se anticipó con desdén:

—¿A qué vienes, Martín? Sigue bailando con ella, pues… yo mejor me…

—Pero, Yunely, permíteme que te lleve…

—No, no me hagas favores, ¡quédate con ella! ¡Quédate, quédate! ¿Acaso no es eso lo que quieres?

—No sé —le dije, y mi inseguridad, más que honesta, fue hiriente.

—¿Acaso no sabías que papillon quiere decir mariposa?

Yo estaba tan borracho que no llegué a asimilar su sarcasmo final (creo que hay una canción de Maná que cae a pelo). La vi desaparecer enfurecida. Eran las tres de la mañana. Luego, sólo atiné a pensar en lo que piensa un sujeto caliente que, como yo, siempre necesita un buen culo al lado, sobre todo si estamos hablando de la selva… Me quedé con Gabriela y ahora ya no podía soltarla hasta gastar toda la pista de baile.

Ella siguió en lo suyo: besándome y ni siquiera me dio tiempo para comentar sobre lo que había pasado con su amiga (la amiga que, hay que recordarlo, nos había presentado). Sus besos eran cada vez más atrevidos e insistentes y no me quedó otra que invitarla a mi hospedaje:

—Acá ya no pasa nada.

—¿Quieres ir a otro lado, Martín?

—Quiero ir a tu lado.

No conversamos mucho luego de salir de la discoteca. Nada. Solo esperé a tenerla en la cama, casi arrancarle la minifalda y retirar su calzón para descubrir a un cuerpo extraño, nauseabundo: una toalla higiénica. “¡La puta madre!”, pensé, “esta calientahuevos está con su ruler”.

La miré algo decepcionado (a decir verdad decepcionado no sé de qué o de quién, si de ella, de Yunely o de mí). Se sintió indefensa, pero no abochornada, con calma dijo lo que ya sabíamos los dos:

—Estoy con mi regla.

—Entonces vístete al toque y te llevo a tu casa.

Nunca falla. El olor del periodo femenino siempre me contiene. Ni siquiera unas raciones generosas de ron con Coca-Cola pueden vencerlo o aplacarlo ligeramente. Gabriela seguía recostada y parecía que no iba a moverse de ninguna manera:

—¡Me gustas mucho! Si no quieres estar, no te preocupes, aunque sea permíteme besarte… tocarte lo que quieras.

Yo miré su deseo desbordante y supe que en la selva son así: no respetan ni a sus amigas, no respetan ni a su periodo, ¿o estoy generalizando?

Dejé que me bese pero sólo la boca, ¡da mucho miedo que estas fogosas te la chupen! La llevé a su casa como todo un caballero y, al regreso, me quedé pensando en Yunely mientras agotaba un cigarro, repitiendo su nombre afanosamente después de cada pitada, jurando que ella estaba limpiecita, presta para una buena pachamanqueada y yo, en una mala elección, la había dejado pasar. No sólo eso: la dejé irse sola, con el calzoncito reluciente y… Mejor no te sigo contando, porque una de dos: o te burlas de mí… o escribes una historia, ¿verdad, Orlando?

14.10.09

NOVENO PISO: UN CUENTO DE LUIS ORMACHEA AZPILCUETA (1er LUGAR EN EL III CONCURSO LITERARIO DEL SEMANARIO EL BÚHO)


Como ya sabemos, el ganador de este año en la categoría Cuento del “III Concurso Literario de Cuento, Poesía y Ensayo breve” organizado por el semanario El Búho, ha sido también ganador en la misma categoría el año pasado: nos referimos al gran poeta Luis Ormachea. Aquí el cuento extraído de la edición virtual de dicho semanario.


NOVENO PISO


Puedo decir que estoy cansado, que despierto cada madrugada bañado en este sudor frío que, los médicos dicen, pasará cuando sane del todo. Les creo, pero el cansancio no es cosa de fe. Ya no quiero cambiarme la camiseta húmeda después de secarme el cuello, la espalda, ya no quiero despertar para tender las sábanas al revés, hacia el pie lo que daba hacia la cabecera de la cama, ya sólo quiero quedarme inmóvil; si al menos pudiera recordar lo que soñaba… pero sólo recuerdo la última sensación de mi sueño, la de haberme hundido en una frialdad que me obliga a despertar en contra del peor de los cansancios.

A decir verdad esta será la última vez que rechazo las pastillas; que me perforen el estómago, que me induzcan a olvidar cuando estoy a punto de derramar las vísceras, me derriben a mediodía, incapaz de llamar a alguien si algo ocurre, ya no me importa, sería lo mismo y, he sabido, los últimos meses son insoportables si se abandona el tratamiento. Tengo miedo de haber caído en manos de médicos poco enterados de mi enfermedad, podrían estar envenenándome, podrían estar errando a pesar de su buena voluntad, podrían estar agravando los síntomas de un simple resfrío… no, lo mío es más serio que un resfrío cualquiera, ya no quiero mentirme. Me he tendido de espaldas, de costado, he dejado que hagan lo que sabían hacer o lo que aprendían a hacer conmigo, mi colección de placas es exorbitante, mis huesos, hasta antes de mi enfermedad desconocidos, ahora poseen para mí rasgos particulares que, de seguro, sabría reconocer llegado el caso, el de la resurrección y eso; lo digo para reír un poco, no necesito público para saber reír.

Es lo que pienso, lo que estoy pensando estas semanas. Viene muy poca gente. A nadie se le puede reprochar sentir deseos de vivir, y ellos, además, tienen el aire, asisten a las celebraciones; todo eso es algo a lo cual yo mismo no renunciaría por un poco de inútil solidaridad. Así, arropado como estoy, con la frazada en las piernas, y mis medias de lana gruesa, y mi inhalador y mi máscara de oxígeno cerca por si me sorprende el ahogo, me siento tranquilo y algo cómodo. Lo molesto va a ser tener que ir a orinar todo ese líquido sanador que me ha cerrado el entendimiento como si acabara de tomar un jugo de cactus y desinfectantes. Han dicho los médicos —los médicos, siempre diciendo cosas— que eso matará al menos la mayor parte de mis tejidos enemigos; pero, al pensarlo, al sentir durante horas cómo se incendiaba mi cuerpo en una fiebre que nunca antes había experimentado, y cayeron mis brazos, y tuve que cerrar los ojos para evitar el brillo corrosivo del día sobre mis ojos… qué importa, los médicos saben lo que hacen, los médicos saben cómo curar a sus enfermos. Ahora sólo debo darme valor para llegar hasta ese baño abierto a tantos kilómetros de esta cama. Nunca aceptaré la humillación de usar un recipiente, estar oliéndolo durante toda la noche.

Caminar un poco será bueno, ejercitar mis piernas que ahora acostumbran adormecerse ya muy seguido, mirar mi cara en el espejo a oscuras, esa cara azul que todos tenemos en la oscuridad, y encender la luz y seguir siendo azul como todo un buen enfermo, lavarme con el agua pura, secarme con la toalla que huele tan bien, a baño limpio, al saludable mundo que reencontraré cuando los venenos cumplan su función y todo vuelva a la normalidad; y yo que nunca he sido creyente, creeré desde ahora en Dios y en sus hijos: los médicos que me envenenan y me dicen tranquilo, relájese, lo vamos a sanar; creeré lo que dice escrito en las recetas, creeré en el predicador televisivo que de madrugada vende rosas y aceites, creeré en mis hermanos cuando me vean cada día mejor, creeré en mis dos pies, en todo el tiempo que está transcurriendo desde que me levanté de la cama y doblé la frazada que me cubría las piernas, y cerré la válvula del balón de oxígeno con sus dos seguros, y me quité las medias para sentir real la solidez del piso, para sentir la luna que aparece por las ventanas mientras voy avanzando, para entender la realidad de mi cansancio, cansancio de despertar cada madrugada, cansancio de mirarme azul en el espejo, de voltear las sábanas sudadas: hacia los pies lo que daba a la cabecera de la cama, creyente, convencido de todo eso que prometen los médicos, esos médicos que de seguro firmarán sus protocolos sin siquiera ser capaces de devolverle a mi cuerpo una postura decente cuando por fin mañana o esta noche alguien me encuentre, como un muñeco de trapo, tirado y roto en la vereda, ahí abajo.


*Luis Manuel Ormachea Azpilcueta, (Cusco, 1974), Actualmente radica en Arequipa. Finalista en la XIII Bienal internacional de Poesía premio COPE, 2007. Ha publicado Índice (Arequipa, edición del autor, 2004), Bóveda (Arequipa, Grita ediciones, 2005), Apología del absoluto cotidiano (Arequipa, Editorial Dragostea, 2007), y Tela de juicio (Arequipa, Editorial Dragostea, 2008). Puedes leer el primer cuento con el que Ormachea obtuvo le primer lugar en la versión anterior de este mismo concurso. La imagen superior ha sido extraída de aquí.

5.10.09

CHAQWA: UN CUENTO DE CÉSAR SÁNCHEZ MARTÍNEZ (2do LUGAR EN EL CONCURSO EL CUENTO DE LAS 1000 PALABRAS - 2008)


CHAQWA


1

Era por la octava de los Difuntos.

Bajábamos de las chacras porque ya empezaba la nochecita.

Ahí fue cuando llegó el Comandante.

Un hombre grande, el Comandante. Su cara era grande y pálida, como una t'anta guagua cruda, de esas que se cuecen mal y se botan para los perritos.

Pero era bueno el Comandante.

Venía con gente vestida de verde. Cercó el pueblo y se llevó al Filomeno, el hijo de Filomeno Manrique, que había venido con cosas raras desde que bajó a la ciudad a aprender electricidad.

No sabemos por qué quería aprender electricidad.

En ese momento el Comandante no habló nada y se fue rápido con su gente. No lo pudimos conocer todavía.

Sólo era una t’anta guagua.

Otro día, unas semanitas después, regresó el Comandante con su gente: esta vez era de mañana.

Se llevó a Filomeno Manrique y a un evangélico. En el pueblo sólo había dos evangélicos. Ahora quedaba uno no más.

La tercera vez que subió el Comandante al pueblo ya habló más. Nos agradeció por nuestra cooperación y patriotismo. Su gente, nos repartió rollos de papel del baño.

El Comandante ya no era sólo una t’anta guagua. Era ahora un Amigo.

Nos contó que había otra gente. Gente que no estaba vestida de verde y que rondaba por los valles de abajo. Y que cada vez subía más. No sería raro que en los días siguientes se les vea por los alrededores. También había otra gente que tampoco estaba vestida de verde, que andaba subiendo por el otro lado, por la montaña. Teníamos que tener mucho cuidado, porque esa gente era mala.

Una vez estuvimos por la montaña. Hacía mucho calor. Algunos murieron.

El Comandante nos dijo que teníamos que organizamos. Nos entregó veinte estacas y nos dijo que si venía gente de los valles, teníamos que defendernos. Si venía gente de la montaña, teníamos que defendernos también. A partir de ahora, él vendría a visitarnos sólo en helicóptero.

A partir de ahora, la gente buena vendría sólo en helicóptero.

El helicóptero es como un avión, pero tiene las aspas arriba.

Las estacas nos sirvieron como ccapo en la Fiesta de Reyes.

Eran muy delgaditas. Así, que en caso de que viniese el Comandante y se ponga triste porque ya no habían sus estacas, hicimos otras. Más gruesas y afiladas, pero fuera de eso, se parecían bastante a las antiguas.

El Comandante no iba a revisarlas todas. Además, a lo mejor ni se acuerda cómo eran las que nos entregó.

Lo cierto es que poco tiempo después nos dimos cuenta que la gente no vestida de verde ya estaba muy cerca.

En medio del campo habían decapitado al evangélico. Le habían colgado un cartelito que decía Enemigo del Pueblo.

No estamos de acuerdo con eso de matar evangélicos. Son zonzos: no van a las Fiestas. Pero fuera de eso, son buenos vecinos, muy honrados y hablan ceremoniosamente.

Eso es bueno.

Cuando el Comandante nos entregó el papel y las estacas, el evangélico fue quien agradeció ceremoniosamente en nombre del pueblo.

Ahora, cuando nos regalen otras cosas ¿quién va a agradecer?

Una noche después, la gente que no estaba vestida de verde entró al pueblo. Algunos estaban vestidos con ponchos, pero la mayoría estaba vestida como quería, un poco como la gente de los valles. Vimos a algunos con esa ropa de fútbol que tiene números en la espalda.

Llevaban candelas y se formaron en círculo en la plaza. Hicieron que todo el pueblo salga. Salieron algunos. Otros nos escondimos. Con nuestras estacas.

Uno empezó a hablar. Dijo que se llamaba algo así como Carnada.

Era bajo y gordito. Su cara era redonda y llevaba unos bigotes debajo de su nariz que era como la racacha, oscura y llena de brotes.

Habló de que el Partido asumía la responsabilidad de la muerte del Enemigo del Pueblo. Y que sabía muy bien —porque el Partido se lo había dicho y el Partido sabía mucho— que había otros Enemigos del Pueblo en el pueblo. Es más: que la gran mayoría del pueblo era Enemigo del Pueblo. Ahora empezaría un juicio popular. En ese momento Camada dejó de hablar, casi sin aliento.

Más que a la Camada se parece a la Mamá de los Chanchitos, pensamos; y salimos de nuestro escondite con las estacas.

Como estaban muy ocupados echándole kerosene a don Filomeno, el papá de Filomeno Manrique, no se dieron cuenta que veníamos hasta que estuvimos muy cerca. Empezamos a pegarles y a picarlos con las estacas. Se asustaron y empezaron a correr. Dejaron rezagado a El Carnada, así que lo capturamos.

Le pegamos y picamos hasta el amanecer. Al principio se puso malcriado, hasta con nuestras abuelas se metió. Después lloró y pidió disculpas.

Después sólo lloró.


2

Ahora nos están colgando.

Es que nadie nos advirtió de la gente de negro.

La gente de negro vino de los valles y de la montaña. Y también en helicóptero. Así que no sabíamos muy bien qué hacer.

Estábamos confundidos.

Pero más nos confundió que nos digan: Ahora los vamos a colgar.

Trajeron bastantes sogas. Eran azules y parecían muy finas.

Se formaron en parejas. Pero en eso, el Doctor, que era el que los mandaba, dijo:

—Caramba, acá no hay árboles.

Y es cierto, acá no hay árboles.

Nos llevaron a la capilla abandonada.

Nos subieron a la torre.

Antes de colgar a cada uno el Doctor decía: Me defraudaste, hijito.

Después nos amarraban la soga y nos lanzaban para abajo.

Ya casi damos la vuelta a la torre, todos los colgados.

Nos hubiera gustado advertirles algo, pero estaban tan afanados colgándonos que nos dio un poco de cosa.


3

Ahora estamos colgados.

Ya oímos los sonidos, los murmullos como de lluvia fina.

Luego vendrá el resquebrajamiento, como de una rama seca que se rompe. Después los ruidos serán muy fuertes.

Pero todavía estamos colgados y desde aquí arriba se ven nuestras sementeras y nuestros animales dispersos.

Va a caer la tarde.


*César Sánchez nació en Arequipa en 1985. Es Licenciado en Literatura y Lingüística por la Universidad Nacional de San Agustín y profesor en la Universidad Católica San Pablo. Ha obtenido dos menciones honrosas en el «II y III Concurso Literario de Cuento, Poesía y Ensayo Breve 2008-2009», organizado por el semanario El Búho, y con este cuento, alcanzó el segundo lugar del concurso “El Cuento de las 1000 Palabras” que anualmente organiza la revista Caretas en el 2008. La imagen ha sido tomada de la revista Caretas.

17.3.09

TERAPIA DE TECHO: UN CUENTO DE CAROLINA LOZADA


TERAPIA DE TECHO


Observar el reloj. Escuchar su sonido lento, repetido. No moverse de la cama, ni siquiera por el ruido que producen las ratas sobre el cielo raso. Las nueve y treinta de la noche, aún es temprano. Mucha gente todavía no ha llegado a sus casas. No se oye el televisor del vecino, él siempre lo mantiene encendido hasta tarde, debe ser que no está en casa. Hay una jeringa en el piso, tal vez podría pisarla al levantarse, o quizás se quede allí tirada, olvidada, sola, sin dolientes.

Seguir mirando el reloj, las manchas en el cielo raso, imaginar que con ellas se pueden hacer figuras como con las nubes. Figuras oscuras, sin alma ni movimiento.

El tránsito de los autos ha disminuido con el advenimiento nocturno. Pensar en él. No, mejor no pensar en él. El teléfono está mudo, aún tiene batería, aún da la hora, pero nadie llama.

Paredes, pisos, ventanas. Afuera la noche, adentro la oscuridad.

Dejar la tetera sobre la cocina encendida. Oír el hervor de su silbido. Dejar que se evapore toda el agua, que se queme el metal. Hedor en la cocina, humo en el pasillo. Todavía no llega el vecino.

No darle el pecho al pequeño. Dejar que llore en la cuna, que grite hasta que la noche lo duerma. Dejar al niño sin pecho. Dejar a la madre sin vida. Dejar la jeringa en el piso. Dejar de mirar el reloj. Dejar de oír las ratas. Dejar que las ratas comiencen a oler la carne.


* Carolina Lozada. Escritora venezolana (Valera, 1974). Licenciada en letras mención lengua y literatura hispanoamericana y venezolana (Universidad de Los Andes, ULA, Mérida). Es investigadora de la Cinemateca Nacional. Ganadora del I Certamen Internacional de Relato Breve “El País Literario” con el cuento “Viejo bar. Viejo tango” (Madrid, 2005); del Premio Municipal de Narrativa Oswaldo Trejo por el libro de relatos Memorias de azotea (Mérida, 2006) y del Premio Nacional de Narrativa Solar por su libro Adictos y transeúntes (Mérida, 2007). Además, su libro Historias de mujeres y ciudades obtuvo mención publicación en el I Certamen de Narrativa Salvador Garmendia (Caracas, 2006) y mención de honor en el II Concurso de Narrativa Antonio Márquez Salas de la Asociación de Escritores de Mérida (Mérida, 2005), y Los cuentos de Natalia obtuvo mención publicación en el II Certamen de Narrativa Salvador Garmendia (Caracas, 2007). Dirige, junto al escritor Luis Moreno Villamediana el Blog 500 ejemplares. Puedes leer otro cuento de CL aquí. Imagen tomada parcialmente de aquí.
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