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1.10.14

UNA ANÉCDOTA DE ORLANDO GRANDA SOBRE AL GRAN POETA PERUANO ALBERTO HIDALGO

El gran vate, sonriente, al lado izquierdo.

ALBERTO HIDALGO


Alberto Hidalgo. Con quién no se peleó el arequipeño. Se metió con todos, no respetó a nadie. Se manejaba un ego descomunal que lo llevó a postularse al Premio Nobel de Literatura. En una oportunidad en que estuve de visita en la casa del poeta Arturo Corcuera, en Santa Inés, me contó que allá por inicios de los sesenta llegó desde la Argentina, donde estaba afincado, el poeta Hidalgo. Por esos años Corcuera tenía un carro que bautizó con el nombre de Platero, en él llevó de paseo a Hidalgo hasta el balneario de Ancón (territorio exclusivo de las clases más pudientes); por iniciativa del arequipeño se bajaron del carro y se bañaron para “orinarle la playa a los aristócratas limeños”. Hidalgo tuvo una vida signada de muchísimas anécdotas, algunas de ellas sabrosas, como esta que cuenta el mismo Corcuera en una entrevista: “Había unos choques enormes (con los apristas), sobre todo con Alberto Hidalgo. Una vez, él llegó a dar un recital en San Marcos y se armó la “trompeadera”. Estábamos Alejandro Romualdo, César Calvo, Tomás Escajadillo y yo. Imagínese esa fuerza de choque, ¡de lo más frágil! Pero hubo un gesto de Alberto Valencia, que en esa época comandaba a los apristas y que siempre recordaremos. Él decía: ‘A los poetas los respetan', pero a Hidalgo lo odiaban porque era provocador, había escrito cosas horribles contra Haya; entonces, los apristas empezaron a gritar: ‘¡Abajo los traidores! ¡Abajo los traidores!’. Y él, desde la baranda, dijo, ‘efectivamente, abajo están los traidores’. Ahí le empezaron a tirar huevos podridos, que le cayeron a Gustavo Valcárcel, quien también estaba ahí. Un poco le salpicó a Hidalgo; entonces, Romualdo le dijo, ‘ahora eres Hidalgo de la mancha’ (ríe). Tuvimos que escapar por los techos”.

Pueden ver éste y otros textos en el blog de Orlando Granda.

16.3.14

MARIO VARGAS LLOSA Y GEORGETTE PHILIPPART DE VALLEJO

Mario Vargas LLosa al lado de la viuda de César Vallejo.

Mario Vargas Llosa: El pez en el agua, 1993

…André Coyné tradujo «El desafío» al francés, pero fue Georgette Vallejo la que revisó y pulió la traducción, trabajando conmigo. Yo conocía a la viuda de César Vallejo porque iba con frecuencia a visitar a Porras, pero sólo en esos días, ayudándola en la traducción, en su departamento de la calle Dos de Mayo, nos hicimos amigos. Podía ser una persona fascinante, cuando contaba anécdotas de escritores famosos que había conocido, aunque ellas estaban siempre lastradas de una pasión recóndita. Todos los estudiosos vallejianos solían convertirse en sus enemigos mortales. Los detestaba, como si por acercarse a Vallejo le quitaran algo. Era menuda y filiforme como un faquir y de carácter temible. En una célebre conferencia en San Marcos, en la que el delicado poeta Gerardo Diego contó bromeando que Vallejo se había muerto debiéndole unas pesetas, la sombra de la ilustre viuda se irguió en el auditorio y volaron monedas sobre el público, en dirección al conferencista, a la vez que atronaba el aire la exclamación: «¡Vallejo siempre pagaba sus deudas, miserable!» Neruda, que la detestaba como ella a él, juraba que Vallejo tenía tanto miedo a Georgette que se escapaba por los techos o las ventanas de su departamento de París para estar a solas con sus amigos. Georgette vivía entonces muy pobremente, dando clases privadas de francés, y cultivaba sus neurosis sin el menor embarazo. Ponía cucharaditas de azúcar a las hormigas de su casa, no se quitaba jamás el turbante negro con que siempre la vi, se compadecía con acentos dramáticos de los patos que decapitaban en un restaurante chino vecino a su edificio y se peleaba a muerte —con durísimas cartas públicas— con todos los editores que habían publicado o pretendían publicar la poesía de Vallejo. Vivía con una frugalidad extrema y recuerdo que, una vez, a Julia y a mí, que la invitamos a almorzar a La Pizzería de la Diagonal, nos riñó, con lágrimas en los ojos, por haber dejado comida en el plato habiendo tantos hambrientos en el mundo. Al mismo tiempo que intemperante, era generosa: se desvivía por ayudar a los poetas comunistas con problemas económicos o políticos a los que, a veces, en tiempos de persecución, ocultaba en su casa. La amistad con ella era dificilísima, como atravesar un campo de brasas ardientes, pues la cosa más nimia e inesperada podía ofenderla y desencadenar sus iras. Pese a ello, se hizo muy amiga nuestra y solíamos buscarla, llevarla a la casa y sacarla algunos sábados. Luego, cuando me fui a vivir a Europa, me hacía encargos —que le cobrara algunos derechos, que le enviara algunas medicinas homeopáticas de una farmacia del Carrefour de l'Odéon, de la que era cliente desde joven— hasta que, por uno de estos mandados, tuvimos también un pleito epistolar. Y, aunque nos reconciliamos después, ya no volvimos a vernos mucho. La última vez que hablé con ella, en la librería Mejía Baca, poco antes de que se iniciara esa terrible etapa final de su vida, que la tendría años hecha un vegetal en una clínica, le pregunté cómo le iba: «¿Cómo le puede ir a una en este país donde la gente es cada día más mala, más fea y más bruta?», me contestó, refregando las erres con delectación…


* Tomado de la página de Facebook en homenaje a César Vallejo.

6.6.12

IMAGEN BREVE DE LA GENERACIÓN PERUANA DEL 70: “NO SÓLO EN LIMA OCURREN COSAS”


70's

MARGINALIDAD EN LA GENERACIÓN PERUANA DEL 70

Escribe Helena Usandizaga

La sensibilidad de la generación del 70 peruana se inscribe en un clima generalizado en este momento en Latinoamérica, que en parte se adscribe al movimiento beat, y dentro de éste no sólo a las lecturas literarias, determinantes sin duda: la sensibilidad de esta época la determinan también las drogas, la música beat y sus grupos emblemáticos, el cine rodado en América, y las presencias de Allen Ginsberg en Lima y Jack Kerouac en el Cusco. Como sugieren estas anécdotas, no sólo en Lima ocurren cosas: en el Cusco, el poeta Américo Yábar da un recital esposado, protegido por el poeta consagrado Cholo Nieto; Raúl Brozovich se pasea con Jack Kerouac por la Plaza de Armas comiendo helados. Este momento también se convierte en uno de conexión latinoamericana y europea. Acuden a Lima escritores europeos y latinoamericanos; y luego, debido al éxodo tras el primer momento de relación con la revolución peruana de Velasco y sus órganos periodísticos, se genera un circuito que se amplía por la errancia latinoamericana de la época. Toda esta marginalidad internacional da una serie de productos poéticos que examinaremos a la luz de la gestión de esa marginalidad que se vuelve a veces, para algunos, una etiqueta de autodefinición defendida como un espacio conquistado.

* Tomado del blog Lagunabrechtiana.

2.5.12

ALGUNAS NOTICIAS DEL DESCONOCIDO POETA PERUANO AMÉRICO YÁBAR


Poeta místico y chamán Américo Yábar, autor del bello poemario Sesofagia humbría.

En un artículo de Sergio Vila-Sanjuán denominado “El trágico final de Pilar Donoso” que apareció en noviembre del año pasado en el diario La Vanguardia de Barcelona, hay una mención especial sobre uno de los poetas peruanos poco conocidos en estos lares. El artículo da cuenta del suicidio de la hija adoptiva de José Donoso y a través de dicha tragedia se reconstruyen varias anécdotas alrededor del gran novelista chileno «una reconstrucción de la estancia de la familia Donoso en Sitges, en los años 70, y del Taller Literario que el escritor creó en esta localidad». Justamente, hablando del taller, Vila-Sanjuán nos cuenta esta anécdota:

«Donoso solía pronunciarse con amabilidad y cautela, casi mayeutico. Pedía a los asistentes que contaran cuántas veces habían introducido en sus textos un “que” o un adverbio en “ente”. El detalle le obsesionaba. A un escritor de paso que leyó un largo fragmento de la novela que preparaba sobre el Chile del siglo XVI, en la que los protagonistas no paraban de subir y bajar las escaleras de una casa, le reprochó que hiciera “ciencia-ficción”, ya que “en el Chile de esa época las construcciones eran de una sola planta”.

En ocasiones señaladas las reuniones se celebraban fuera de casa del maestro, y entonces solían derivar en unas juergas bastante apoteósicas. Si estaba relajado y animado, Donoso gustaba de subirse chaqueta y camisa y mostrar el costurón que le había dejado una de sus operaciones de estómago.

Al Taller acudía devotamente un personaje extraordinario, el poeta peruano Américo Yábar, quien había tenido que dejar su país por misteriosos problemas con las autoridades. Yábar organizaba a veces folklóricos rituales de culto incaico a la luz de la luna en su jardín de Esplugues. Podía hablar durante horas y conmoverse hasta las lágrimas en mitad de una conversación rutinaria. Había publicado un singular poemario bajo el título de Sesofagia humbría.

En cierta ocasión el vate andino conducía en su destartalado Seat cupé 850 al maestro a Barcelona, a través de las curvas del Garraf. Donoso iba en el asiento de atrás y el entusiasmado Yábar se volvía para hablarle con tanta frecuencia que prácticamente dejó de mirar la carretera. Un Donoso lívido tuvo que pedirle que se detuviera para sentarse a su lado. Hace algunos años, cuando Internet empezaba a ser una herramienta fiable, Xavier Prat rastreó su pista, y encontró que Yábar se había reciclado como profesor de chamanismo en una universidad de Nuevo México».

Vladimir Herrera, amigo íntimo de Yábar, dice en su respectivo blog: «Siempre resulta golpeante encontrarnos con la Barcelona de los años setenta, sobre todo si la memoria está escrita por alguien que conocimos hasta el punto de hacerle una broma pesada el día de los inocentes en el Boliche de La Diagonal: Sergio Vila-Sanjuán, quien se refiere en este artículo por un momento a otro amigo de entonces, el poeta peruano Américo Yábar, hoy convertido en uno de los brujos mayores de esta parte de los Andes. Vila-Sanjuán también hace mención en este artículo a los peruanos Elsa Arana Freire, ya desaparecida, y Juan del Solar, el gran traductor de Canetti y según los entendidos el mejor traductor literario del alemán al castellano, que ahora vive en Lima sin ver a nadie. Debo reconocer que por aquel entonces yo le tenía manía a Donoso por haber hecho un seminario en París sobre su obra Coronación del que salí escaldado. Pero recuerdo el coche blanco de Yábar que se encendía en clave con un disco de teléfono, y en el que llevaba a Donoso sin mirar la carretera y al perro que Donoso temió más en su vida: se llamaba Maluquer. También recuerdo la noche del día de los inocentes apretándole el cuello a Sergio, a quien pido mil disculpas desde entonces».

2.4.12

MEMORIA DEL CENTRO


Interiores de la Biblioteca Municipal de Arequipa. Fuente: Diario El Pueblo.

Por Juan Yufra

Cuando en 1995 me asomé por primera vez a la Biblioteca Municipal de Arequipa, lo primero que me alejó de tales estructuras fueron los requisitos: recibo de luz, dinero y foto tamaño carné; es decir, todo. Y en realidad todo era infranqueable debido a mi condición de habitante-alquilado en esta tierra.

—Señora, me puede prestar un ratito su recibo de agua o luz para poder sacarle una copia, para, usted sabe, poder ir a la biblioteca y estudiar mejor…

No me veía en ese plan. Preferí “rutear” por otros lados. (Solo volvería a ese sitio definido en el siglo XXI).

Pero también recuerdo esa calle algo maleada, con putas, huacteros, choros, un cine crepuscular a media cuadra y algunos recintos esperanzadores donde compré mi primer libro (de segunda mano) en Arequipa: Poesía reunida de José Ruiz Rosas; luego le seguiría una joya: Mi Manuel de Adriana de Verneuil, esposa de Manuel González Prada y que atesoro en una caja de exiliado intermitente.

Por esa época también cayó en mis manos el libro de Luis A. Sánchez donde abordaba la vida de José Santos Chocano, es el famoso Aladino… que costó 10 lucas, casi una semana de alimentos para mí (La línea 20, incluso los ómnibus celestes de COTASPA cobraban 0.20 céntimos el pasaje; el menú estaba 2 soles, etc.); de este libro guardo una desoladora tristeza en mi memoria: lo vendí. Me lanzaron dos soles.

—Gracias, chochera.

—De nada, me contestó, el puta.

Hace algunos años atrás tuve que enfrentar esa calle de Ejercicios y entrar. Saqué mi carné de lector y no pude usarlo correctamente debido a que el susodicho local ingresó en un proceso de mejoramiento. Lo iban a remodelar. Pasaron meses mientras caducaba mi carné de lector virtual.

Ahora entro. Espero a la modernidad y que se manifieste, carajo. No es posible. Llevo años esperando sacar un libro.

Paredes pintadas, vidrios relucientes, piso nuevo. Llego al mostrador y encuentro unas caras antiguas, arrancadas de cualquier esquina de la calle Alto de la luna, la más vil de todas junto a Goyeneche y San Juan de Dios. Cuestiono. Me señalan con su dedo infeliz los mamotretos que contienen los ficheros de mi mala suerte. (Mismo GGM).

—Y tanto dinero en arreglar el baño, pintar la fachada y no han podido digitalizar esto —le digo al míster que pone los ojos en su periódico multicolor. Baja la mirada, ahora la lleva a un punto muerto del cielo raso y la deja allí por una eternidad. No es que me tenga miedo, no, no. Lo que pasa es que le llega al huevo mi indignación.

Me paso un ratazo buscando. Lo tomo como una experiencia “casi nuevaolera”, hasta creo que se dibuja en mi cara una sonrisa, pues en la Biblioteca de Humanidades de la San Agustín, se hacía lo mismo en el siglo pasado y valgan verdades, era un experto.

Así que manos a la obra. Observo las letras, las primeras sílabas que orientan al incauto… abro el ataúd de fichas amarillas. A ver, este puede ser. Anoto números, códigos de la granflauta. Pido ficha. Escribo. Que no hay, putamare. Reviento.

Estuve una semana soportando dicha precariedad de las emociones frente al arte de la escritura. Miro a los trabajadores y en sus caras solo veo la derrota de una vida consagrada a la miseria de la condición humana. Trato de comprender que no todos ven en un libro la luz o la libertad de un hombre. Pensar que en estos pasillos estuvo César Atahualpa Rodríguez, Alberto Guillén, Alberto Hidalgo, Guillermo Mercado, José Ruiz Rosas… y ahora el desencanto.

No solo acuso una irreverente desatención por parte de las autoridades en el manejo de este monumento en la historia cultural de la ciudad sino que el olvido ya linda con la estupidez y eso me ofende como lector y ciudadano. No se puede ingresar a un lugar consagrado al saber y ver caras destruidas por la monotonía, oír cuchicheos infames de circunstancias banales y sobre todo respirar el aire más enrarecido de la vida. En la Biblioteca Municipal de Arequipa no se puede respirar, carajo. Un sujeto con asma da unos pasos en ese lugar y se muere. Así de brava está la cosa.

Me acerco al señor alto, canoso y algo conchudo le digo:

—Y no han podido colocar un sistema de ventilación en este ambiente.

—Ya hemos pedido eso al alcalde y no nos hace caso— habla el condenado.

Saco Hotel del Cuzco de Pablo Guevara y Choza de Efraín Miranda. Pero eran libros que no quería. Buscaba Edad del Corazón de Hidalgo. —No está, señor.

El desconcierto es en todos los niveles.

—A esta biblioteca le hace falta un director que sepa leer, le digo.

Anoto ahora unos códigos medio pendejos F861.56018 / V19, leeré pues Grafía de José Gabriel Valdivia. —No está.

—Este tampoco está.

—¿Cuál?

—Este.

Miro la ficha: F869.56 / M36 El tambo rojas y otros poemas de Leandro Medina.

—Deben estar en el segundo piso. Todo lo que empieza con F son revistas, me adiestra el sujeto de la triste figura.

Subo. Me atiende una “cuatro ojos” que seguro morirá de una enfermedad extraña en los pulmones. Es insoportable el aire. Respirar allí cuesta la vida.

Entrego mi ficha desairada en el primer nivel y la mujer empieza con su escandaloso trabajo de buscar un texto que en su vida ha escuchado de él.

Un siglo después encuentra algo y dice: “¡Ah, son poemas!”, coge el pequeño formato como si fuera pescado malogrado y me lo lanza. Tanto para esto, piensa. Sé que lo piensa. A mí no me engaña.

Sí, señores, es El tambo rojas. No leo estos poemas desde que Leandro me los prestara un toque junto a Los muros de la ciudad que aún circulaba en fotocopias hace como cuchucientos años antes de Cristo.

Leo sus poemas y no puedo evitar recordar mi edad de piedra y al pata que una noche en el local de la ANEA, calle Rivero, 2do piso, año de 1995, leyó por primera vez mis versos. Fue quien me pidió unos poemas para la revista que la Casa del Poeta publicaba; su nombre: SABANCAYA. Formato artesanal. Fotocopia. Ver mis tres poemas aparecidos en 1996 fue lo máximo. Ese ejemplar no lo tengo. Debe ser el número 5 o 6. Uno de esos tres textos fue considerado en el último “Sabancaya”. Una especie de antología, su número fue el siete y trae unas palabras de José Gabriel Valdivia a manera de prefacio. Este poema: (El río cabalga / sobre los huesos del mundo / Mi cuerpo se descubre y piensa: —“Todo tiempo no vivido es mejor” / Cuánto daría por ver / a través del silencio) apertura la plaquette. Lo escribí para ese taller de dos personas en los altos de la ANEA, en un rinconcito, mientras Tito Cáceres y unas tías hablaban o hacían bulla impostando y tú eras director de la Cadelpo y yo quería ser poeta. Es decir, no sabía nada de nada.

Ya he sobrepasado el tiempo permitido en zonas devastadas o con riesgo radiactivo, ese olor a humedad y polillas me está restando minutos, horas… de vida. Devuelvo todo. Recibo mi carné. Salgo a la calle a respirar por fin O2.

Esta biblioteca merece un mejor trato. No es posible que un libro de 1884, la duodécima edición del Diccionario de la Lengua Española se encuentre para consulta sobre un atril, deshojado y con una letra Bodoni al aire libre. No jodan.

Por eso prefiero aislarme del centro. Cada vez que bajo al centro, en realidad bajo.

Cambiando de tema, una forma de recuperar las cosas, de fijar la poesía en el lugar exacto es leer los poemas de Leandro Medina, señores:

EL TAMBO ROJAS Y OTROS POEMAS

No muy lejos las luces
Ya nada parece haber quedado
Ni el sol ni las tardes
Nada
pero alguien juega
entre los muros de sillar
como un niño indeciso
Nada de nada
Y sin embargo está todo.

—————

Viejo tambo empedrado
No muy lejos
No muy lejos las luces avanzan
Viejo higueral del viejo tambo empedrado
No muy lejos las luces
No muy lejos de neón
Viejo caño del viejo higueral del viejo tambo empedrado
No muy lejos las luces avanzan
No muy lejos
Sin silencio silencio


* Tomado del blog La boca del sapo.

11.4.11

WITOLD GOMBROWICZ Y ARTHUR SCHOPENHAUER


Por Juan Carlos Gómez

La contemplación como un juego superior a la vida da hermosos frutos en las concepciones que tiene Schopenhauer sobre la música, la risa y la belleza.

“Por consiguiente, la música no es en modo alguno la copia de las Ideas, sino de la voluntad misma, cuya objetividad está constituida por las Ideas; por esto mismo, el efecto de la música es mucho más poderoso y penetrante que el del resto de las bellas artes, pues éstas solo nos reproducen sombras, mientras que ella, esencias”.

Reír resulta agradable porque nos satisface el triunfo del conocimiento intuitivo, la forma natural del conocimiento inseparable de nuestro ser animal, sobre el pensamiento abstracto. Nos agrada comprobar que el pensamiento es incapaz de comprender todas las variantes que presenta la realidad.

Es placentero ver perder a la razón de vez en cuando, derrotar a ese dominio severo, perpetuo y molesto. Ésta es aproximadamente la idea que tiene Schopenhauer sobre el origen de la risa. Gombrowicz mezcla la seriedad con la ligereza para hacernos reír a nosotros y para provocarse la risa a sí mismo.

El descubrimiento temprano e inocente de la belleza que hace Gombrowicz no siguió un camino recto porque la belleza suele estar encarnada en el sexo y en el cuerpo.

Los intentos que hizo Schopenhauer para desexualizar la belleza no tuvieron éxito ni siquiera en Gombrowicz. Para el alemán el cuerpo más bello era el del hombre y sólo por la atracción sexual nos parecía a los hombres más bellos el cuerpo de la mujer. Pero Gombrowicz quería encontrar una tercera vía en todo lo que concierne a la creación.

“[…] Si Schopenhauer considera conmovedora la curiosidad con la que dos jóvenes de sexo diferente se contemplan buscando en el otro la madre o el padre de sus futuros hijos, la mirada crítica con la que se analizan dos jóvenes artistas en su primer encuentro, tampoco está desprovista de un significado profundo e íntimo. Cada uno ve en el otro a su rival y desea comprobar las ventajas que tiene sobre él, averiguar si su valor espiritual y su forma son suficientes para no sucumbir […]”.

La contemplación era para Schopenhauer el alfa y la omega de toda su inspiración filosófica. Se puede escribir sin pensar, se puede leer sin pensar, pero no se puede pensar sin pensar, una consecuencia directa a la que nos lleva la contemplación. Hay hombres que piensan contemplando el mundo, y otros que necesitan leer un libro para pensar, para poner en claro este asunto vamos a ver qué hacían los griegos.

Los griegos leían bastante poco, había mucho menos gente de la que hay ahora, y a muy pocos de la poca gente que había se le ocurría escribir.

Escribían sólo cuando le venían cosas importantes a la cabeza, no como ocurre ahora, además Gutenberg aún no había hecho su entrada triunfal con su máquina infernal de imprimir. En un principio los griegos tenían tan solo el problema de pensar, poco a poco se le fueron agregando los de escribir y los de leer.

Por esta razón el mundo de ellos fue al comienzo más simple y originario, el nuestro en cambio se ha vuelto más complejo y mediado. Si Gombrowicz hubiera vivido en la Atenas de aquel entonces se hubiera contrariado un poco, seguramente no habría encontrado tantas cosas contra las que protestar.

Schopenhauer había heredado de su padre la energía de la voluntad y el orgullo, y de su madre la penetración intuitiva y la flexibilidad de la expresión. Lo mismo se podría decir de Gombrowicz, pero ésta es una condición bastante común de los hijos de familias acomodadas pues el padre es el que gana el dinero y la madre es la que lo gasta. Schopenhahuer tenía una gran devoción por su padre, en la segunda edición de su obra fundamental, “El mundo como voluntad y representación”, aparece una tierna dedicatoria en la que le manifiesta su gratitud por haberle proporcionado una posición independiente y ha cubierto de las humillaciones de la miseria.

Las relaciones con su madre, en cambio, no eran buenas, hasta podríamos decir que eran bastante malas.

“Es necesario para mi felicidad, saber que tú eres feliz, pero no es preciso que yo sea testigo de tu dicha”.

Este es el fragmento de una carta que le escribió la madre al anunciarle el hijo que se proponía volver a la casa de Weimar. Cuando Schopenhauer le leyó el título de su obra “La cuádruple raíz del principio de razón suficiente”, la madre le preguntó si era un libro para boticarios: —Mi libro se leerá cuando de los tuyos quede, si acaso, algún ejemplar en la covacha de un trapero; —De los tuyos quedarán las ediciones enteras.

Schopenhauer toma como base de su pensamiento al criticismo kantiano para desarrollar su filosofía, sin embargo, sostiene que con la introspección es posible acceder al conocimiento esencial del yo, ese ser en sí que para Kant no se podía alcanzar con el conocimiento.

Identificó este principio metafísico como voluntad de vivir, sosteniendo que una y la misma sustancia animaba realmente la aparente pluralidad de las criaturas. Redujo las doce categorías del sistema kantiano a una sola, el principio de razón suficiente o de causalidad.

El concepto de voluntad se refiere a un fundamento de carácter metafísico cuyo correlato sensible es el mundo fenoménico. El mundo de los fenómenos está sujeto al tiempo y al espacio por el principio de individuación y a la ley de causalidad, es la voluntad misma objetivada a la que Schopenhauer llama representación. La voluntad se manifiesta en el mundo desde una simple piedra hasta el mismísimo hombre en quien alcanza su grado máximo de expresión porque adquiere la forma del deseo constante, en cuyo único caso se identifica con la noción corriente de voluntad.

La voluntad misma, sin embargo, no es otra cosa que una afán ciego, un impulso carente de fundamento y motivos. Esa voluntad está lejos de los conceptos vacíos del absoluto, del infinito, de la idea, es el fundamento y la base de toda explicación, es el núcleo de la realidad misma.

En la medida en que la voluntad se expresa en la vida anímica del hombre bajo la forma de un deseo continuo siempre insatisfecho, toda esa vida será entonces esencialmente sufrimiento. Y aún cuando el hombre consiga mitigar o escapar momentáneamente al sufrimiento, termina por caer en el insoportable vacío del aburrimiento. De ahí que la existencia humana sea para Schopenhauer un constante pendular entre el dolor y el tedio, un recorrido que la inteligencia sólo puede anular a través de fases que conducen a una negación consciente de la voluntad de vivir.

Reconoce como válidas tres alternativas para esta negación consciente: la contemplación de la obra de arte como acto desinteresado; la práctica de la compasión; la autonegación del yo mediante una vida ascética.

Schopenhauer fue el pensador que le dio a Gombrowicz la noción más acabada para organizar el mundo en una visión. La contemplación es un juego superior a la vida, el artista contempla el mundo y se maravilla como un niño, en forma desinteresada. Schopenhauer construye una teoría artística que deslumbra a Gombrowicz como lo manifiesta en el curso de filosofía que dio en Vence dos meses antes de la muerte.

“El arte nos muestra el juego de la naturaleza y de sus fuerzas, es decir, la voluntad de vivir […]”.

“¿Por qué nos encanta el frontispicio de una catedral y una simple pared no nos interesa? Porque la voluntad de vivir de la materia se manifiesta en la pesantez y en la resistencia. La pared no expresa el juego de estas fuerzas porque cada una de sus partículas pesa y resiste a la vez. Mientras el frontispicio de la catedral muestra a esas fuerzas en acción: las columnas resisten y los capiteles pesan”.

El pensamiento de Schopenhauer es aristocrático hasta la médula, por eso distingue la inteligencia mediocre de la inteligencia superior. La inteligencia mediocre es como una linterna, ilumina sólo lo que busca; la inteligencia superior, en cambio, es como el sol, lo ilumina todo. El genio no puede vivir en forma normal, el artista, cuando alcanza el grado de la objetividad y del desinterés, tiene siempre que enfrentar como obstáculos a las enfermedades y a las anormalidades.

Beethoven era un ser desgraciado, pero supo expresar en su arte la salud y el equilibrio porque no los tenía. Gombrowicz atribuía a esta antinomia la máxima importancia. El artista debe compensar sus desórdenes con la disciplina y el rigor.

“La filosofía de Schopenhauer es más que una filosofía, es una intuición y una moral. Se indignaba porque en una isla del Pacífico las tortugas del mar salían cada año del agua para procrear en la playa donde los perros salvajes de la isla las daban vuelta y las devoraban. He ahí la vida, esto es lo que cada primavera se repite en forma sistemática desde hace milenios. La filosofía de Schopenhauer no es popular, es tremendamente aristocrática, y de ella no se pueden sacar consecuencias políticas, como de la de Hegel o la de Sartre. Para mí es un misterio que libros tan interesantes como los de Schopenhauer y los míos no encuentren lectores”.

31.3.11

WITOLD GOMBROWICZ Y NÉSTOR TIRRI


Por Juan Carlos Gómez

La realidad que el hombre va descubriendo poco a poco rompe los moldes y las teorías que la contuvieron durante un largo tiempo; los viejos barriles son reemplazos por otros, pero ni Einstein es tan distinto de Newton, ni Marx de Cristo, ni Sartre de Sócrates, para poner unos ejemplos. La realidad tiende a volverse teórica cuando está tranquila, pero cuando está intranquila produce revoluciones sociales como la francesa, o reducciones del pensamiento como la antropológica de Feuerbach, o la fenomenológica de Husserl o la sociológica de Marx.

Gombrowicz formó su conciencia en el período más agitado del siglo XX y se vio obligado a reflexionar sobre concepciones tan amplias como lo son el existencialismo y el comunismo, pues estas dos concepciones juntas constituyen la verdadera introducción a nuestra época.

El existencialismo era una forma del pensamiento que no tenía una representación política pero el comunismo sí que la tenía, y este aspecto social y político del comunismo le daba a ese pensamiento un aspecto bifronte, porque una cosa era hablar de Marx y otra cosa era hablar de Stalin.

Gombrowicz estaba de acuerdo con el sentido moral del comunismo, con su pedido de justicia distributiva y con esa conciencia que se torturaba frente a la injusticia. Estaba de acuerdo también con la concepción marxista del valor que interpreta a la necesidad como su fundamento, pues un vaso de agua en el desierto no puede tener el mismo valor que al lado de un río. Para Sartre, en cambio, un hombre tiene necesidad de agua en el desierto porque elige la vida y no la muerte; en cambio, tanto para el marxismo como para Gombrowicz no existe esta libertad de elección, el hombre está obligado a elegir la vida en todas las circunstancias.

Marx ha desenmascarado muchas mistificaciones históricas, del mismo modo que lo hicieron Freud y Nietzsche, son hombres que demostraron que detrás de nuestros sentimientos que parecen del todo nobles, se ocultan complejos, bajezas y todas las suciedades que tiene la vida humana.

Si bien el pensamiento marxista ha servido para poner al descubierto muchas hipocresías históricas, es también un pensamiento utópico que no conduce a ninguna parte, y es precisamente por su falta de captación de la realidad que Gombrowicz se animó a profetizar poco antes de morir que dentro de veinte o de treinta años el comunismo sería puesto de patitas en la calle. Sin embargo, sabía que en el sentido filosófico el marxismo propone la liberación de la conciencia para que no se presente deformada en la actividad que debe realizar, para que sea auténtica frente al mundo y le permita al hombre un verdadero conocimiento.

A la desconfianza que Gombrowicz le tenía a las ideologías se le podría agregar además la poca que le tenía a la cultura política y científica de los habitantes de nuestros pueblos del interior. En una de sus vacaciones en Tandil estaba tomando un café y conversando con un hombre experimentado, director de una empresa importante: —¿Qué le parece?, ¿cuántos muertos hubo en Córdoba durante la revolución contra Perón del 16 de septiembre?; —Veinte mil; —¡Pero qué bah, esa batalla duró dos días y no hubo más de trescientos muertos.

Y cuando fue a Goya, también en una mesa de café: —¿Cuántos muertos hubo en el bombardeo a la Casa Rosada del 16 de junio?; —Más o menos quince mil; —¡Pero ni siquiera trescientos! En Santiago del Estero un estudiante le decía que Sigmund Freud no le servía a los argentinos porque el psicoanálisis es una ciencia europea y nosotros somos americanos.

Y de vuelta en Tandil, le pregunta al comunista Mariposón si alguna vez había tenido dudas: —Sí, cuando prohibieron por abstracta la pintura de Kandiski. Sólo eso le había parecido un poco irregular: —Usted pone el cuadro de un pintamonas por encima de treinta millones de cadáveres. Cuentan los de la barra de Tandil que nunca lo habían visto tan enojado a Gombrowicz al escuchar este disparate.

La consecuencia que saca Gombrowicz de los desatinos de esta gente es que el mundo que sobrepasaba los límites concretos de la familia, de la casa, de los amigos o del salario era para ellos arbitrario.

Sea como fuere, los integrantes del cuarteto Gombrowicz considerábamos al Mariposón como a un partiquino, un advenedizo que con astucia había metido la nariz en “Gombrowicz o la seducción”, la película de Alberto Fischerman.

El Mariposón es un periodista gombrowiczida de larga trayectoria que de vez en cuando toma la pluma y escribe sobre Gombrowicz.

“A mediados de junio pasado, en mi familia se recordaron los cien años del nacimiento de mi padre, un italiano que había llegado a Buenos Aires de niño, en la primera década del siglo. Un mes y medio después, el 4 de agosto, se conmemora el centenario de Witold Gombrowicz, un polaco que llegó a la misma ciudad en 1939. Aunque después ambos personajes viajaron por el mundo, ninguno de los dos volvió a ver su tierra natal. Mi padre murió en Tandil en 1955, dos años antes de que por esas mismas serranías aterrizara el polaco irreverente que habría de convertirse en uno de los escritores capitales de la centuria pasada. Si bien se trata de la simple coincidencia de dos europeos que confluyeron en el mismo solar de destierro, para quienes conocimos al autor de Cosmos en la adolescencia la asociación no es antojadiza: el tema del padre ocupa un lugar significativo en la obra de Gombrowicz”.

Es tan desubicado el comienzo de esta nota que escribió el Mariposón que hasta cierto punto es explicable la irritación que le producía a Gombrowicz la presencia de este personaje.

El comunismo del Mariposón tiene un cierto parentesco con el de Stefan, uno de los protagonistas de los primeros cuentos de Gombrowicz.

Stefan entendía el comunismo como un programa en el que los padres y las madres, las razas y la fe, la virtud y las esposas, y todo, sería nacionalizado y distribuido mediante cupones en porciones iguales.

Un programa en el que su madre debía ser cortada en pequeños trozos y repartida en partes iguales entre quienes no fueran suficientemente devotos en sus oraciones para aumentar su devoción; que lo mismo debería hacerse con su padre entre aquellos cuya raza fuera poco satisfactoria para aumentar su dignidad.

Un programa en el que todas las sonrisas, las gracias y los encantos fueran suministrados exclusivamente bajo petición expresa, y que el rechazo injustificado del programa fuera causal del castigo con la cárcel.

Stefan elegía el término comunismo porque constituía para los intelectuales que le eran adversos un enigma tan incomprensible como lo eran para él las sonrisas sarcásticas y los rostros brutales de esos intelectuales.

Es posible que Stefan no fuera comunista sino tan solo un pacifista militante. Navegaba por el mundo en medio de opiniones incomprensibles y cada vez que tropezaba con un sentimiento misterioso, fuera la virtud o la familia, la fe o la patria, sentía la necesidad de cometer una villanía.

De la observación atenta que podemos hacer sobre el aspecto del Mariposón que aparece en la fotografía podemos deducir el carácter de un cura pecador que ha perdido el estado de gracia, una pérdida que lo hace pariente del padre del comunismo que también lo había perdido.

26.3.11

PRIMICIAS DE YOYO MANRIQUE (SOBRE RODOLFO HINOSTROZA)


1.

Rodolfo Hinostroza pasaba por su período de pasión por la cocina y estaba insoportable. Ya se le había terminado la fiebre de inventor y venía de sufrir una gran decepción después de haberle propuesto a la RATP (autoridad encargada de los transportes) la publicación de un libro acerca de la Historia de cada estación de metro en Paris. Tuvo una entrevista con los directivos y la idea fue acogida con entusiasmo. Conmovido por la aceptación de su idea y de las palabras de aliento, Rodolfo les dejó el manuscrito .No supo más de él hasta que un día en su casa su mujer, que estaba viendo la televisión y mientras él cocinaba, lo llamó a gritos. Se estaba celebrando la presentación de su libro y el “autor” era nada menos que una de las personas que lo recibió en la entrevista.

Yo pensé en algún momento que Rodolfo aspiraba a ser inspector del Guide Blue, esos tipos que se presentan anónimamente en los restaurantes, comen, o mejor dicho tragan y después opinan.

La cocina era su nueva inquietud y como todo lo que hace él, lo había tomado con pasión. Para probarnos sus habilidades organizó una comida en mi casa en la que nos presentaría un menú especial. Seríamos solo cuatro comensales, Patrick Rosas, ………… yo y él. El menú nos lo anunció como si fuera un secreto y con mucha solemnidad dictó: entrada: un Salmón con Salsa Tátara, plato de fondo: Boeuf Bourguignon a la Provensal y de postre: Peras Almibaradas con una bola de helado de vainilla y crema de chocolate caliente.

Nos cotizamos con el monto que nos correspondía y él se encargó de hacer las compras. Una vez en mi casa, mientras nos tomábamos un Kir Royal como aperitivo, él se lucía en la cocina, haciendo gestos de un verdadero profesional picaba verduras, revolvía la sartén, abría la refrigeradora para inspeccionaba sus ingredientes y mil cosas más.

La cocina me la dejó hecha un desastre, habían manchas hasta en el cielo raso, pero no importa se trataba de nuestro futuro célebre Chef de Cuisine.

Nos sentamos a la mesa y empezó con mucha ceremonia a presentarnos los vinos que había seleccionado, un Sanciere blanco para la entrada otro tinto para las carnes y finalmente una botella de Champagne para el postre. La cosa estaba que prometía.

No habíamos acabado se saborear la entrada cuando inesperadamente sonó el timbre. Un silencio sepulcral se instaló en la mesa y nos miramos con interrogación. Me levanté y abrí la puerta. Se trataba nada menos que de Gregorio Martínez que se presentaba con Alfonso Barrantes “Frejolito” y un zampón más.

Rodolfo se puso furioso, ¿quién habría filtrado información?, ¿cómo se habrían enterado? ¿Quién les dio la dirección de mi casa?… era demasiado tarde. No nos quedó más remedio que invitarlos a compartir.

Rodolfo se mandó un rollo acerca de la importancia de las porciones para apreciar mejor los platos etc., les explicó inútilmente el menú, ellos no sabían ni de qué se trataba. Brindamos con el vino Saint Emilion que estaba destinado al Boeuf Bourguignon y Gregorio Martínez lo bebía sin saborearlo, como si fuera cerveza. El fracaso era total, de repente de manera inesperada Frejolito, mientras degustaba lo que le tocó de segundo, pidió ají, a Rodolfo se le cayeron los cubiertos. Semejante sacrilegio era imperdonable.

La historia de esta desgracia culinaria, que se sumó a las decepciones de Rodolfo, fue objeto de una nota publicada por Patrick Rosas que en esa época era corresponsal del diario El Comercio.

*“Jorge “Yoyo” Manrique es arquitecto. Practica la amistad con los poetas del sesenta y del setenta y guarda los secretos de ambas generaciones. Ahora se ha puesto a hacer memoria de los años mozos y no piensa dejar títere con cabeza. Por lo que en la Laguna Brechtiana que también es chismosa saldrán sus notas en calidad de primicia. Su foto es la que está bajo estas líneas. Reside en Urubamba”, dice el poeta Vladimir Herrera en su blog de donde hemos tomado esta nota.

21.3.11

WITOLD GOMBROWICZ Y FRIEDRICH WILHELM NIETZSCHE


Por Juan Carlos Gómez

“¡A partir de este momento ya no quiero ser polaco! Estaré solo por completo; —¿Solo? ¿No ves que la soledad hará de ti la víctima de tus propias miserias?; —Entonces, ¡dadme un cuchillo! ¡Debo realizar una amputación más radical todavía! ¡He de amputarme de mí mismo! Imagino que Nietzsche habría definido mi dilema más o menos en esos términos. Procedí a amputar. El cuchillo verdugo fue el pensamiento siguiente: acepta, comprende que no eres tú mismo, pues nadie es jamás él mismo, con ningún otro, en ninguna situación, ser hombre significa ser artificial”.

En 1960 un diario alemán publicó una encuesta internacional a la que respondieron treinta y cinco grandes maestros de la literatura. La pregunta era: —¿Cuáles son los cinco escritores que más han influido en usted, y qué libros de ellos elegiría?

Entre los interrogados estaban Hermann Hesse, André Breton, John Dos Passos, Georg Lukács. Gombrowicz también figuraba en esa lista. Aún vivía en Buenos Aires, acababa de ser traducido al alemán y su fama europea crecía semana a semana, en medio de la más ciega indiferencia argentina.

“La elección que haré está vinculada con el lugar que ocupo en el mapa literario mundial […] Estoy en el punto donde se desencadena la lucha por defender el Yo, donde ese Yo tiende a afirmarse e intensificarse, en busca de la Inmortalidad […] Como ustedes habrán advertido ya aquí no están Proust ni Joyce ni Kafka ni nada de lo que se está haciendo ahora. Me apoyo en autores que los precedieron porque ellos medían al hombre con una vara más alta”.

Entre los cinco que eligió Gombrowicz estaba Friedrich Nietzsche, un alemán que mantuvo la ilusión sin fundamento de que sus antepasados habían sido nobles polacos. “Yo soy un aristócrata polaco pur sang”. Y Gombrowicz se refiere a este alemán pur sang polaco al que elige entre los cinco escritores que más lo habían influido.

“Nietzsche. Con frecuencia me irrita el ridículo de su Superhombre. No comparto sus opiniones. Y sin embargo le debo, como a Dostoievski, una agudeza de visión llevada al extremo y también, debo añadir, un orgullo irresistible. Esas cualidades son necesarias en una época como la nuestra, en la que el inevitable crecimiento demográfico conduce —como toda inflación— a la devaluación del ser humano. Entonces: La gaya ciencia”.

Tal como le ocurría con el existencialismo y con el marxismo, Gombrowicz está de acuerdo con el punto de partida del nietzschianismo, pero no con sus deducciones.

Andaba buscando puntos de apoyo para su filosofía de la insuficiencia y de la inferioridad, por aquel entonces aún no sabía que, por conflictos bastante parecidos a los suyos relacionados con el deseo de aprehender la vida en caliente, se estaban rompiendo la cabeza contra la pared los existencialistas que sólo después de la guerra llegaron a tener resonancia en el mundo. La afirmación de la vida de Nietzsche no andaba del todo bien con los nervios de Gombrowicz, le resultaba difícil imaginar algo tan artificial, ridículo y del peor gusto como la idea de su superhombre y de su bestia rubia, pero sí estaba de acuerdo con el alemán cuando ponía al descubierto cómo detrás de los sentimientos más nobles del hombre se ocultaba toda la suciedad de la vida.

Nietzsche no era un filósofo en el sentido estricto de la palabra, escribía aforismos, y de estas anotaciones iba surgiendo una moralidad que se basaba en el hecho de que la especie humana es como todas las demás, se mejora con la lucha y la selección natural.

La moral nietzschiana se pone en entredicho con la moral cristiana, una moral de los débiles que le ha sido impuesta a los fuertes, perniciosa para la especie humana y por lo tanto inmoral.

“En verdad, los hombres se han dado a sí mismos todo su bien y su mal. En verdad, no lo tomaron, no lo encontraron, no les cayó como una voz del cielo. Los valores los puso el hombre en las cosas para conservarse; dio un sentido a las cosas, ¡un sentido humano! Por eso se llamó hombre, es decir, valuador […] Valuar es crear. ¡Oidlo, vosotros los creadores! La valuación en sí es el tesoro y la joya de las cosas valuadas. Sólo por la valuación hay valor, y sin valuación estaría hueca la nuez de la existencia”.

Esta preocupación profunda de Nietzsche, que comienza a desconfiar de los sistemas abstractos, a sentir la vida cada vez más amenazada, y ese carácter de valuador que le da al hombre, influyeron profundamente en Gombrowicz.

El pesimismo es para Nietzsche una debilidad condenada por la vida, y el optimismo es una cosa superficial, sólo le queda al hombre elegir un optimismo trágico, elegir la adoración de la vida y de sus leyes crueles, a pesar de la debilidad del individuo. Gombrowicz y Nietzsche realizan una crítica cruel a todas las ideas, a la moral y a la filosofía, y demuestran que el pensamiento filosófico no se realiza fuera de la vida, sino que la acompaña y la expresa cuando no está falsificado. Pero el alemán tensa demasiado una cuerda que lo conduce a la admiración de la crueldad, de la dureza inmisericorde, del látigo y de las armas, una orientación que deviene en una filosofía casi militar.

“Cuando apenas estamos en la cuna, ya se nos provee de palabras pesadas y de valores pesados. Bien y Mal, así se llama este patrimonio […]”.

“A causa de estos valores se nos perdona la vida… Ésta es la obra del espíritu de pesantez. Y nosotros arrastramos fielmente la carga que se nos impone, con fuertes espaldas y a través de áridas montañas. Y si sudamos se nos dice: —¡Sí, la vida es una carga pesada! ¡Pero la única carga pesada es el hombre! Porque el hombre arrastra consigo y lleva sobre los hombros una porción de cosas extrañas. Semejante al camello, se arrodilla para que lo carguen bien, sobre todo el hombre vigoroso y paciente, tocado de veneración: carga sobre sus hombros demasiadas palabras y valores extraños y pesados; ¡entonces la vida le parece un desierto!”.

Pero algunas ideas de Nietzsche le producían hipo a Gombrowicz. “La idea es y siempre será un biombo detrás del cual ocurren cosas más importantes”.

“Vivo en un mundo que todavía se nutre de sistemas, de ideas, doctrinas, pero los síntomas de indigestión son cada vez más evidentes, el paciente ya tiene hipo”.

Una idea que le pone los pelos de punta a Gombrowicz es la idea más abisal de Nietzsche: la idea del eterno retorno, que libera al espíritu de las venganzas, que supera el tiempo que pasa y el tiempo que se aproxima, y que confiere al devenir el carácter del ser.

“Yo no me dejo embaucar por ellos; conozco este infantilismo que juguetea con el Infinito, sé demasiado bien cuánta despreocupación e irresponsabilidad hacen falta para entrar con orgullo en los terrenos de esos pensamientos impensables y de esa severidad inaguantable, conozco este tipo de genialidad. Y ese Heidegger, en su conferencia sobre Nietzsche, suspendido sobre esos abismos… ¡payasos! Despreciar el abismo y no digerir los pensamientos excesivos: hace tiempo que lo decidí así. Me río de la metafísica… que me devora”.

Las ideas del superhombre y de la bestia rubia, que le gustaban a Hitler, y la idea del eterno retorno que le gustaba a Borges, lo ponían hecho una furia. Ese hombre de Nietzsche, que como fenómeno pasajero tiene que ser superado, ese ser problemático que no puede ser un fin en sí mismo sino un medio para llegar al ser superior, que requiere un amor y una devoción más importantes que el amor al prójimo, le resultaba a Gombrowicz una quimera insoportable.

La bestia rubia, que habita en el fondo de todas las razas nobles, lo convoca a Nietzsche a ser de nuevo bárbaro. Pero su idea del eterno retorno en la que el tiempo tiene un principio y un fin, un fin que vuelve a generar un principio ateniéndose a las estrictas leyes de la causalidad, es más insoportable aún.

No nos las estamos viendo con ciclos sino con, exactamente, los mismos acontecimientos que se repiten en el mismo orden, sin ninguna posibilidad de variación. Se repiten los acontecimientos, los sentimientos y las ideas vez tras vez, en una repetición infinita e incansable.

“La creencia en que el mundo, tal como debiera ser, existe realmente, es la convicción de los hombres improductivos que no quieren crear un mundo tal como debiera ser […] ¿Qué es la libertad? Es la voluntad de sentirnos como únicos responsables de crearlo”.

Mientras que para Nietzsche el individualismo moral creador de valores es sólo un privilegio de unos pocos seres excepcionales, pues el que no puede mandarse así mismo tiene fatalmente que obedecer; el mundo de Gombrowicz es más elástico, o de temperaturas medias como le gustaba decir a él.

“Para elevarse, luchando, de este caos a esta configuración surge una necesidad, hay que elegir: o perecer o imponerse. Una raza dominante sólo puede desarrollarse en virtud de principios terribles y violentos. Debiendo preguntarnos: ¿dónde están los bárbaros del siglo XX? Se harán visibles y se consolidarán después de enormes crisis socialistas; serán los elementos capaces de la mayor dureza para consigo mismos los que puedan garantizar la voluntad más prolongada […] ¿Vas a juntarte a mujeres? Pues, ¡no te olvides del látigo!”.

Aparte de la agudeza de visión y del orgullo irresistible que Gombrowicz comparte con Nietzsche, me parece que la idea del hombre como valuador es la que más los aproxima. El polaco, igual que el alemán, valuó el mundo rebelándose contra todas las posiciones de la cultura y se preparó para amputar en sí mismo todo lo que los polacos tienen de exagerado: la virilidad, la violencia psíquica, el amor a la patria, la fe, la honradez, el honor.

Trató con sangre fría y sin reparos sus sentimientos más queridos a la espera de que otros valores le salieran al encuentro.

Valuó a la familia, a la cultura, a Dios, a la patria, a la realidad y a la historia. Se fugó de una cárcel en la que tropezaba todos los días con estos obstáculos y creó un mundo superior soñando con la libertad. Pero las cimas del espíritu que alcanzó con su conciencia terriblemente perfilada se le convirtieron otra vez en una cárcel.

Valuó la existencia y se rebeló contra el mundo en su obra y en su vida y no le fue tan mal. Fue nimbado con la aureola del genio y se convirtió en un héroe que peleó contra un mundo muy pesado que le habían puesto sobre los hombros desde el nacimiento. Empezó a rebelarse contra la familia en “Ivona” y terminó rebelándose contra la historia en “Opereta”, convirtió a su vida en un Campo de Marte y declaró una guerra muy vasta con muchas batallas, como lo había hecho Nietzsche.

14.3.11

WITOLD GOMBROWICZ Y DAMIÁN RÍOS


Por Juan Carlos Gómez

Hubo un tiempo en que me dedicaba a estimular a algunos hombres de letras gombrowiczidas connotados mandándoles las cartas que Gombrowicz le había escrito a Flor de Quilombo y haciendo publicar en Polonia algunas notas escritas por ellos mismos.

Los resultados fueron exiguos, o para decirlo en un lenguaje culto: “parturiunt montes, nascetur ridiculus mus”. En cierto sentido el Pato Criollo fue una excepción, se animó a escribir un prólogo para “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”. Después de que lo escribió las únicas razones que me decidieron a mantenerlo en el libro fueron, el prestigio indudable que tiene el escritor, y el incremento incalculable de la venta de ejemplares que imaginaba el Negroide Piquetero, habiendo sido esta última suposición completamente falsa como supe después.

En la Feria del Libro del año 2004 se homenajeó el centenario del nacimiento de Gombrowicz. Participé en una mesa redonda a la que dieron en llamar “Gombrowicz, ¿escritor polaco o argentino?”, junto al Pequeño K y a la Vaca recién llegados de Polonia. Y no sólo estuve con ellos, también estuve con la Hierática, el Pato Criollo y el Negroide Piquetero. Cuando promediaba el desarrollo de las ponencias ingresó a la sala un hombrecito vestido de negro con un moñito en el cuello. El Embajador de Polonia se inclinó ceremoniosamente, se trataba de un altísimo funcionario polaco recién llegado a la Argentina.

Para quedar bien, el Embajador de Polonia le pidió a la directora de la Feria que lo anunciara y la directora me lo pidió a mí, pero yo me negué terminantemente con una mueca de disgusto, entonces lo anunció ella.

Con mi gesto de desdén cometí una torpeza que comprendí luego. El hombrecito, pero altísimo funcionario de Polonia, se acercó a nosotros cuando terminaron nuestras exposiciones y nos saludó muy efusivamente mostrándose emocionado. El Pequeño K le preguntó entonces al hombrecito cómo era posible que lo hubieran emocionado tanto unas ponencias que se había pronunciado en español si éste era un idioma que él no comprendía en absoluto, a lo que el funcionario le contestó que se había emocionado por la emoción misma, una respuesta para la que nosotros no estábamos preparados pero que nos dejó completamente satisfechos.

Estaba discutiendo animadamente con los dos representantes del Instituto del Libro de Polonia sobre algunos aspectos del homenaje, en un momento determinado de la conversación le dije al Burócrata que si la Perdularia hubiera comprendido el español yo la hubiera conquistado.

La Perdularia esperó atentamente a que le tradujeran lo que yo había dicho y me respondió con una risa burlona: —¿Y para qué? De veras me puso en un apuro, y como no sabía que decirle le rogué que fuera más cortés, que se comportara como se había comportado la Argentina que nunca le había preguntado a España para qué la había conquistado.

En un aparte del cóctel, la Hierática, el Pato Criollo, el Negroide Piquetero y yo hicimos el juramento de los mosqueteros: —Uno para todos y todos para uno. Pero este juramento no soportó el paso del tiempo.

La mayoría de los Protoseres son empleados de sociedades anónimas que se hacen llamar editores. La carrera de estos Protoseres es tortuosa, algunos utilizan la ley del gallinero para progresar y otros terminan siendo lectores, como le ocurrió al Negroide Piquetero que poco antes de haber caído a la categoría de lector había publicado “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” en Interzona, una editorial que posteriormente no pudo evitar tampoco su propia bancarrota.

Con “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” ya en los estantes de las librerías llamé a la editorial del Negroide Piquetero para saber algo de cuál era el desempeño del libro. A más de informarme sobre el desempeño del libro la Hacker me comunicó que se habían mudado y que el Negroide Piquetero quería decirme algo.

Siendo la mudanza un síntoma de crecimiento o de decadencia que en sí mismo no me decía nada me quedé esperando a ver de qué quería hablarme el Negroide Piquetero.

En verdad lo único que tenía para decirme es que debía cortar porque lo estaban llamando por la otra línea, y ésta es otra de las técnicas que utilizan los Protoseres hijos de Gutemberg: la de darse importancia.

Pero yo había llamado para saber cuántos ejemplares de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” se habían vendido en un semestre.

Y ésta es la cuestión, si los libros de los otros autores tenían en promedio un desempeño semejante al del mío, entonces, la mudanza que hicieron del Centro a Palermo era un síntoma indudable de la decadencia de la editorial y la bancarrota debía estar próxima.

“Gombrowicz, este hombre me causa problemas” es un libro bueno, tiene una jerarquía que no es producto de mi imaginación. ¿Y entonces, a quién puedo echarle la culpa?, ¿a los lectores hispanohablantes que no lo quieren leer? ¿Y qué editor en su sano juicio, conociendo la perfomance de este libro, va a querer publicar “Gombrowicz, y todo lo demás”?

Si el Negroide Piquetero hubiera sabido de antemano los ejemplares que se iban a vender es seguro que no hubiera publicado “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”.

Lo que yo debo hacer entonces es ocultar esta información y buscar un editor que comprenda el valor de Gombrowicz y aprecie el nivel de mis escritos.

Para el caso de que la historia de esta obra, a la que el Alfajor calificó de exquisita, hubiera empezado de otra manera quizás su destino no hubiera sido tan aciago, pero miremos con atención algunos de los acontecimientos que precedieron a su puesta en los estantes de las librerías.

Sin que esté tomándome la mano ninguna sombra interior que pese sobre mi alma con un sentimiento de culpa por alguna mala acción que hubiera cometido injustamente, debo hacer una declaración para hacerle justicia a un hombre de letras que no vaciló en ponerse de mi parte en los momentos decisivos.

En efecto, el Pato Criollo jugó un papel importantísimo en la publicación de “Cartas a un amigo argentino” y de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”, habiendo actuado en el primer caso sobre la Hierática de Emecé y en el segundo caso sobre el Negroide Piquetero de Interzona. La verdad es que el Pato Criollo estuvo presente con su ciencia infusa y sus poderes mágicos en las dos únicas ocasiones en las que los editores de papeles en la Argentina se ocuparon de mí.

Mis aventuras con el Negroide Piquetero empezaron en el café Tortoni de una manera amable, con el paso del tiempo entraron en crisis, y finalmente tuve que hacer las paces con él el día que presentamos “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” en la Embajada de Polonia. Nos habíamos peleado a muerte, pero yo conozco la técnica para manejar a los negros.

Los negros son más parecidos a los animales que nosotros, los blancos, aunque los blancos ya estamos pareciéndonos bastante a los negros en ese sentido. Le temen a lo desconocido, se deslumbran con las cosas brillantes, son más sensuales y lascivos.

La cuestión es que resulta mucho más complicado hacer las paces con un blanco que con un negro, a un negro hay que sobarlo un poco, y ya está.

Cuando descubrí que era un negro mentiroso e irresponsable hablé directamente con uno de los dueños de la editorial utilizando cierta información escabrosa que me había suministrado el Perverso en carácter de venganza —le tenía mucha rabia, no solamente a él sino también a su pareja, Guadalupe Salomón apodada la Mejillona—, y el Negroide Piquetero empezó a temblar como una hoja.

Aproveché ese estado de terror a lo desconocido que se había apoderado de él, muy característico de las personas de su color, un pánico que le malograba la naturalidad del comportamiento, y entonces lo invité a sentarse a mi lado en la mesa de ceremonias de la embajada, cosa que hizo sin chistar. Luego, mientras los otros presentadores hablaban y hablaban sin parar, lo empecé a sobar, comencé con el hombro derecho, después bajé un poco y lo masajeé en las costillas y terminé sobándolo en la rodilla izquierda, terminé mi tarea derritiéndolo, estaba tan contento como un perro, quedamos mucho más amigos que antes de la pelea. Pero esta reconciliación duró poco tiempo.

La foto que acompaña a este gombrowiczidas es muy ilustrativa de la forma en la que me lo habían presentado. El Pato Criollo me había informado que el Negroide Piquetero resultó elegido el sex symbol de la poesía en un congreso realizado por las poetisas más señaladas de nuestro medio, y él estaba muy orgulloso de este nombramiento.

28.2.11

WITOLD GOMBROWICZ Y MARCELINA ANTONINA KOTKOWSKA


Por Juan Carlos Gómez

“En el mismo año 1933, en que se publicó mi primer libro, murió mi padre. Hacía meses que estaba enfermo, pero su empeoramiento se produjo en forma repentina, de modo que sólo mi madre y yo asistimos a su muerte. Mis hermanos no llegaron del campo hasta el día siguiente. Esa muerte me ha dejado recuerdos bastantes vergonzosos. Cuando expiró, intenté abrazar a mi madre para al menos de esta forma mostrarle mis sentimientos, pero el gesto me salió con torpeza y en un abrir y cerrar de ojos me di cuenta de toda mi miseria: era incapaz de tener unos sencillos reflejos humanos, de mostrarme cordial, cariñoso, estaba paralizado por la forma, por el estilo, por toda esa maldita manera de ser que me había creado… ¡resulta pues que no había sido capaz de aportar un poco de calor a mi propia madre en semejante momento! […]”.

Para bien y para mal las madres tienen una importancia fundamental en la organización de nuestra personalidad, al punto que los gombrowiczólogos y los psicoanalistas están convencidos de que la madre de Gombrowicz está presente en toda su obra en forma de tía, de prima, de novia, de esposa… y también de madre.

Una de las características más señaladas de la sangre de los Kotkowski era su propensión a la locura, sin embargo, o por esa misma razón, los primeros aliados incondicionales que tuvo Gombrowicz fueron su madre y su abuela materna, Aniela Kotkowska.

A lo largo de los años Aniela siempre tomó partido por Gombrowicz. La abuela habitaba una casa grande y bastante aislada en Bodzechów. Un hijo demente que vivía con ella, por las noches se animaba con cantos terribles para combatir el miedo, estos cantos se convertían en unos aullidos que le ponían los pelos de punta a cualquiera que no estuviera acostumbrado.

Aniela tenía una criada joven y muy guapa, Marysia. En una ocasión en la que fue con su padre a hacerle una visita, Gombrowicz le propuso a la sirvienta que lo acompañara al teatro el próximo domingo, pero resulta que para ese domingo la abuela tenía invitados: —¿No puedes venir el domingo, Marysia, y dejar para otro día tus horas libres?; —No puedo, el señorito me ha invitado al teatro.

Aniela tomó enseguida partido por Gombrowicz mientras miraba de reojo al padre: —Ah, en ese caso, hija, si vas al teatro con el señorito, es otra cosa.

El padre se puso inmediatamente en contra, no era capaz de tolerar una democracia llevada a tal extremo, y cuando Marysia se retiró lo reprendió severamente: —Tu conducta desmoraliza a la servidumbre: —No entiendo, Marysia tiene sus horas libres, y durante esas horas libres deja de ser sirvienta. No entiendo realmente por qué no puedo ir al teatro con una sirvienta, ¿qué hay de malo en ello?

La madre fue la primera quimera que Gombrowicz combatió, era para él la representación de la irrealidad, era en verdad un exceso de irrealidad.

El catolicismo de la madre era espontáneo, natural y despreocupado, cuando abordaba cuestiones teológicas lo hacía con indolencia y sin preparación. Era católica ferviente de la misma forma que era polaca y nacida de terratenientes.

Las madres son las primeras que nos dan afecto y son las primeras que nos enseñan a querer, algo debió pasar entonces entre Marcelina Antonina Kotkowska y Witold Gombrowicz para que después de sesenta años de nacido la siguiera sintiendo como la fuente de su irrealidad.

Las discusiones que Gombrowicz mantenía con su madre lo iniciaron en las burlas a unos principios morales y a un estilo demasiado rígidos.

Marcelina Antonina participaba de la vida social, durante un tiempo presidió la Asociación de Mujeres Terratenientes, una institución terriblemente devota que se caracterizaba por una incurable grandilocuencia de estilo. Gombrowicz experimentaba un salvaje placer haciendo caer esos altos vuelos del cielo a la tierra, más aún, le gustaba escuchar detrás de la puerta el contenido de esas sesiones para obtener material satírico.

La nobleza terrateniente vivía una vida fácil y no conocía la lucha esencial por la existencia y sus valores. Jan Onufry, su padre, sólo muy de vez en cuando se daba cuenta de lo anormal de su situación social, para él un lacayo era algo absolutamente natural, se comportaba con los sirvientes como un señor, relajadamente, con gran desenvoltura.

Su madre también aceptaba su posición social como algo completamente lógico, pertenecía a una generación que no había experimentado lo que Hegel llama mala conciencia. Pero la siguiente generación empezó a sentir el peso de este problema.

Con el material satírico que sacaba de las reuniones de la madre escuchando detrás de las puertas más algunas otras ocurrencias ajusta las cuentas con su familia y con su clase social provocando un verdadero descalabro en el final de “Ferdydurke”, su primera novela.

De la combinación de los Gombrowicz con los Kotkowski resultó una familia que empezó a decaer. La sangre enfermiza de los Kotkowski y el orgullo impenetrable de los Gombrowicz ejercieron una influencia muy importante en Witold.

“[…] Mi madre era toda vivacidad, sensible, dotada de una excesiva imaginación, poco práctica, perezosa, indolente, demasiado nerviosa […] en la familia de los Kotkowski había muchos casos de enfermedades mentales […] No reprocho en absoluto a mi madre de ser como era […]”.

“En otros órdenes, tenía cualidades excelentes: bondad, nobleza, probidad, inteligencia, mientras sus debilidades eran un poco el producto de sus nervios y el resultado de la vida artificial y de una educación no menos artificial que había recibido […]”.

“Pero el hecho de no querer ser lo que era, de no reconocerse a sí misma, terminó vengándose de ella, porque nosotros, sus hijos, le declaramos la guerra. Nos enervaba. Provocaba […]”.

“Y fue allí, seguramente, donde comenzaron mis dolorosas aventuras con las diversas distorsiones de la forma polaca que producían en mí un efecto parecido al de las cosquillas: uno se troncha de risa, pero no resulta agradable […] Como éramos tres —mi hermana no participaba de ese deporte— nuestra casa iba alcanzando lentamente la fisonomía de un manicomio y tan solo la severidad y el rigor de mi padre nos salvaba de la catástrofe total”.

La sexualidad de Gombrowicz se fue formando entonces un poco frente a esa pureza inocente de la madre y otro poco frente a la sangre enfermiza de los Kotkowski.

En el año del centenario yo estaba en el Centro Cultural Borges tomando un café con el Pequeño K y con el Pato Criollo hojeando un calendario muy bonito editado por los polacos para la ocasión.

Yo hacía de cicerone con las fotos pero el Pato Criollo siempre tenía algo que objetar. La réplica que se llevó las palmas de oro fue la que hizo cuando mirábamos una foto de Gombrowicz a los tres años en la que Marcelina Antonina lo había vestido y peinado como si fuera una nena. Cuando el Pequeño K señaló que al presentarlo de esa manera la madre había sellado el destino sexual del pequeño Witold, el Pato Criollo contestó que a muchos niños de buenas familias de esa época los vestían de esa manera: —¿Sí, a ver, dame un ejemplo?; —Oscar Wilde sin ir más lejos.

Gombrowicz lleva el componente de pureza inocente que tenía Marcelina Antonina a un extremo paroxístico convirtiéndolo en virginidad en una de sus obras.

La mayor virtud residía en la virginidad, este valor condicionaba el espíritu y en torno a él se situaban los instintos superiores.

La virginidad asciende del ser más bajo en la escala biológica y llega al hombre, y del hombre salta a los ángeles y de los ángeles a Dios, para perderse en el infinito.

De una pequeña particularidad puramente corporal nace el inmenso mar del idealismo y de los milagros, en evidente contraste con nuestra triste realidad. Los hombres habían perdido el Paraíso al probar del fruto del árbol del conocimiento tentados por Satanás. Le suplicaron entonces al Todopoderoso que les concediera un poco del candor y de la inocencia perdidos. Dios se apiadó de ellos y creó la virgen, el recipiente de la inocencia, la selló y la envió a vivir entre los hombres que sintieron de inmediato una nostálgica languidez. Las casadas eran una pura patraña, una botella abierta y evaporada.

Este ideal de pureza y virginidad es puesto en tela de juicio en “Pornografía”, una novela realmente libidinosa.

Amelia, la madre de Waclaw, era cortés, sensible y espiritual, sencilla y de una rectitud ejemplar, unas virtudes parecidas a las de la madre de Gombrowicz. En ella regía el Dios católico, desprendido de la carne, un principio metafísico, incorpóreo y majestuoso que no podía atender las majaderías que tramaban los adultos con Henia y con Karol. Estaba subyugada con Fryderyk, ese ser terriblemente reconcentrado que no se dejaba engañar ni distraer por nada, un ser de una seriedad extrema.

Pero es justamente en la finca de Amelia donde tiene lugar la segunda caída de Dios después del derrumbe de la misa que había ocurrido en la iglesia.

Joziek, un ladronzuelo de la edad de Karol, entra en la casa para robar. Según todo lo hacía parecer la señora descubre al ladrón, toma un cuchillo y lucha con Joziek. Transcurren unos minutos y llega a la mesa tambaleándose donde están su hijo y los invitados, se sienta lentamente y cae muerta con el cuchillo clavado mirando un crucifijo. La situación no estaba clara, nadie sabía lo que había pasado realmente porque Amelia no pudo contar nada y Joziek decía que sólo se habían revolcado, que había sido un accidente.

Fryderyk era mal psicólogo pues tenía demasiada inteligencia y por lo tanto era capaz de imaginarse a doña Amelia en cualquier situación. La sospecha que flotaba en el aire era la de que esa mujer tan espiritual y guiada por los principios de Dios había prologado demasiado la lucha con Joziek revolcándose en el suelo de puro placer y, por accidente, se le había clavado el cuchillo.

17.2.11

WITOLD GOMBROWICZ Y JÓZEF PILSUDSKI


Por Juan Carlos Gómez

“Tenía dieciséis años y acababa de termina el sexto curso, cuando sobrevino el dramático verano de 1920”.

Gombrowicz se refiere al mes de agosto de 1920, cuando el ejército bolchevique se acercaba a Varsovia. El mariscal Pilsudski, gracias a una hábil maniobra envolvente, logró derrotar al ejército invasor.

“Todos los jóvenes se alistaban entonces como voluntarios, casi todos mis colegas se paseaban ya en uniforme, las calles estaban llenas de carteles con un dedo índice que apuntaba y un eslogan del estilo ‘La patria te llama’, y en las alamedas las jovencitas preguntaban a los muchachos: —¿Por qué no está usted todavía en el ejército?”.

Gombrowicz no se enroló, la oposición determinante de su madre venció la voluntad de su padre que, en principio, exigía que cumpliera con su obligación.

Su abuela Aniela también estaba escandalizada: —Imagínate, Tosia, qué tiempos, qué poca educación tienen esas jóvenes, paran a los hombres en la calle sin ninguna vergüenza. Cualquiera les puede responder: —Pero si usted a mí no me gusta, señorita.

Los protagonistas de la obra artística de Gombrowicz no son grandes, ninguno de ellos tiene nobleza, valentía ni siquiera dignidad, y la grandeza para ellos vendría a ser algo así como una pasión fracasada.

La grandeza del hombre clásico se expresa en su voluntad de dominio, es una postura en la que el hombre trata de ser dueño y señor. La postura romántica, en cambio, se expresa en el sometimiento del hombre, en el aguante y en el sufrimiento, la grandeza del hombre romántico recién aparece cuando se convierte en víctima de un mundo que lo supera.

Mickiewicz tiene la postura romántica del aguante y el sufrimiento, su grandeza proviene de su lucha contra una fuerza que lo somete, pero el mariscal Pilsudski tiene una postura ambigua.

La fiereza de su expresión se corresponde con la grandeza del hombre clásico, pero el mariscal estaba aplastado por la dimensión histórica de Polonia y por la misión que se le imponía, entonces su grandeza se volvió romántica como la de Mickiewicz, ambos fueron víctimas de un mundo que los superaba.

Gombrowica tenía una relación especial con la política, se interesaba más por el estilo de los políticos y de los jefes militares que por las ideas que representaban, a veces utilizaba las formas políticas y militares como si fueran un juego.

Tanto era así que él y sus hermanos se declararon partidarios fervientes de la coalición de Francia e Inglaterra tan sólo por el hecho de que su madre tenía una ligera tendencia proalemana. Tampoco quiso tomar parte en el festín de la independencia.

“[…] me mantenía a distancia y cuando me topaba en la calle con los ruidos de una marcha militar y el ritmo de una tropa que desfilaba a mi lado, hacía todo lo posible para no seguir su compás. ¿Estaría buscando quizás mi propia música y mi propia marcha? […] La vida política no me interesaba”.

Pero la figura del mariscal Józef Pilsudski era demasiado imponente como para que le pasara desapercibida. Lo que realmente le disgustaba a Gombrowicz del mariscal Pilsudski no es que fuera un hombre de izquierdas, sino la propaganda pomposa e ingenua que le hacían sus partidarios, y también la actitud de Pilsudski hacia su propia grandeza.

El mariscal estaba aplastado por la dimensión histórica de Polonia y por la misión que se le imponía. Pero la historia no sólo trata a la gente con crueldad sino que, además, se burla de ella; ninguna iniciativa radical podía llevarse a cabo en las condiciones de esa Polonia de entre guerras, y hombres eminentes como Pilsudski estaban condenados a la insignificancia.

Pilsudski hizo lo todo lo que pudo y como pudo con realismo, valor y virilidad contra los pacifismos cobardes de los burgueses presumidos tanto de Francia como de Inglaterra. A Gombrowicz, en tanto que artista, le encantaba y lo divertía el estilo impresionante del mariscal, su manera imponente y pintoresca, y su grandeza tan personal y auténtica.

No obstante, en las discusiones que mantenía con otros colegas escritores sobre ese personaje predominaba el sentimiento y el respeto que tenían por él, por eso se hacía imposible el análisis, la grandeza de Pilsudski permanecía fuera de toda discusión como algo establecido de una vez y para siempre.

Pero esta predisposición hacia la admiración y la obediencia tan generalizada, aún entre sus adversarios, no le convenía a la elite de Polonia, lo que es bueno para un soldado no siempre es recomendable para un intelectual. Y esa impotencia romántica, sentimental e ingenua de la intelligentsia polaca respecto a Pilsudski le hacía daño, ya que él mismo era la primera víctima de su propia leyenda. A veces se atacaba algún aspecto de su política, pero no se ponía en discusión ni se analizaba su propia grandeza:

“Puede ser que fuera grande, no lo niego. A mí lo que me enervaba no era su grandeza sino la pequeñez de los que se sometían a ella con tanta facilidad. No le reprochaba en absoluto a las masas que lo siguieran ciegamente; sin embargo, me preocupaba la ligereza con la que la capa social más avanzada de la nación renunciaba a su derecho a la crítica, al escepticismo y, ésta es la palabra precisa, al control […]”.

“Mientras la fuerte personalidad del mariscal dominó el panorama de la vida política e incluso espiritual, las cosas se sostuvieron bastante bien, tanto más porque Pilsudski se alejaba de toda teoría, nadie sabía a ciencia cierta cuáles eran sus principios, no obstante infundía la confianza que puede dar un hombre altruista y capaz, acaso genial o incluso providencial”.

Gombrowicz se las tuvo que ver desde el nacimiento con el romanticismo polaco al que enfrentó con un apego premeditado y sistemático por la realidad. Despotricaba contra Adam Mickiewicz, Juliusz Slowacki y Zygmunt Krasinski, los tres poetas profetas del romanticismo, guías espirituales de la nación polaca, pues absorbían la inteligencia y el tiempo de los jóvenes estudiantes dejándolos atrás del pensamiento europeo, pero a pesar de sus protestas él mismo quería ser como uno de ellos.

En el medio de un mundo de hombres paralizados a Gombrowicz se le ocurre ponerse en contra del lema del romanticismo polaco que convocaba a los jóvenes a medir las fuerzas por las intenciones y no las intenciones por las fuerzas, y escribe “Ferdydurke” con un propósito restringido, pero la obra se la va de las manos, le sale el tiro por la culata y se pone en línea con la “Oda a la juventud”de Adam Mickiewicz.

“[…] ‘Ferdydurke’ nació en mí como un ‘Pan Tadeuz’ al revés. El poema de Mickiewicz, escrito también en el exilio hace más de cien años, la obra maestra de nuestra poesía nacional, supone una afirmación del espíritu polaco suscitada por la nostalgia. También en ‘Transatlántico’ yo quería oponerme a Mickiewicz”.

Gombrowicz había empezado a lidiar con el espíritu romántico en “Ferdydurke”, burlándose del mariscal Pilsudski.

“A Nalkowska le debo el haber retirado a tiempo de ‘Ferdydurke’ un pequeño verso que parodiaba ‘La primera Brigada’ de las Legiones de Pilsudski. Puso el grito en el cielo […] Pero, aunque todo lo que se refería al mito de Pilsudski y las Legiones estaba lejos de poder ser comentado libremente en la prensa o en los libros, cada uno podía hablar de ellos lo que le viniera en gana”.

Desde muy joven Gombrowicz meditaba sobre cuál podría ser la causa que lo obligaba a oscilar entre el valor y la tontería en una forma tan pronunciada. Un snobismo bobalicón al lado de un espíritu crítico y un gran sentido del humor, un snobismo que lo ponía al borde de la demencia. En el momento en que los combates contra los bolcheviques del año 1920 llegaban a su fase decisiva muy cerca de Varsovia, Gombrowicz se entretenía mostrándole de refilón una foto a su jefe en la oficina donde trabajaba de voluntario enviando paquetes a los soldados. La foto era la de un edificio público de Lublin bastante conocido, sin embargo, le dijo al jefe, que para su desgracia había visitado el edificio un par de veces: –Es el palacio de mi prima Tyszbiewicz. Sus artificios eran provocantes y se volvían indigeribles.

El comportamiento de Gombrowicz cuando murió Pilsudski tampoco estuvo a la altura de las circunstancias.

“Por fin comprendí, se trataba de Pilsudski. Hacía unos días que se sabía que su estado de salud era alarmante […]. De repente una fila de Cadillacs empezó a entrar en el patio del palacio Belweder: era el Gobierno, con el primer ministro Skalkowski a la cabeza, que iba a despedirse del Mariscal […]. Miré con ira los pálidos semblantes de unos cuantos de mis colegas escritores y dije en voz alta: —¡Qué bonitos coches! Es fácil imaginarse el efecto producido por semejantes palabras… Los más benévolos, explicaban a los demás, menos indulgentes, que yo estaba un poco loco, que era un poco comediante, que no era más que una pose y que jugaba a ser un cínico y un tipo grosero”.

31.1.11

WITOLD GOMBROWICZ Y GUSTAVO LEGUIZAMÓN


Por Juan Carlos Gómez

“Los ajedrecistas consideran el ajedrez como la cumbre de la creación humana, tienen sus jerarquías, hablan de Capablanca como los poetas hablan de Mallarmé y, mutuamente, se rinden todos los honores”.

A pesar de que el ajedrez fue una compañía constante de Gombrowicz durante toda su vida, habla poco de este juego en sus diarios. Desde muy joven era conocido por su afición al ajedrez, al punto que cuando hizo su pasantía de abogado en los tribunales de Varsovia el juez lo distinguía con los asuntos más interesantes porque sabía jugar al ajedrez.

El café Rex fue un salón mundano y aristocrático para ese noble polaco en bancarrota que era Gombrowicz, allí jugaba al ajedrez mientras fumaba con avidez sosteniendo los cigarrillos al modo de los fumadores de pipa.

Los cigarrillos que fumaba eran horribles y muy fuertes, dejaba el paquete sobre la mesa, y si alguien le ofrecía cigarrillos importados, los rechazaba con dignidad: —No, gracias, yo fumo Tecla.
El alguien que le ofrecía frecuentemente cigarrillos norteamericanos era un personaje del Rex, un suizo alemán al que todo el mundo llamaba Philip Morris. Elegante, serio, puntual, sólo fumaba esa marca de cigarrillos. Gombrowicz le despreciaba sistemáticamente esas invitaciones, pero en cambio lo desplumaba jugando al ajedrez ping pong por muy poca plata, apenas le alcanzaba para pagarse una comida.

“[…] El ajedrez lo ayudaba más que ninguna otra cosa a calmar los nervios en la difícil situación en la que se encontraba. Al concentrarse en las partidas, se olvidaba de todo. Esta disciplina le fue muy útil durante la guerra y en los momentos de mayor pobreza y soledad. El Rex era como un segundo hogar para él […]”.

Gombrowicz nadaba en la pobreza como si estuviera de vacaciones en un balneario de moda, siempre por encima de las circunstancias y poniéndole buena cara al mal tiempo.

Entre los recuerdos de sus miserias argentinas, incluidos los de sus días entre rejas, el que permanecía en Gombrowicz como un símbolo misterioso era el de Morón.

“Me dirijo a la plaza de Morón. Cada vez que vuelvo aquí, voy en peregrinación a la plaza para echar una mirada a mi pasado del año mil novecientos cuarenta y tres. Pero ya no existe la pizzería donde solía tener conversaciones con los contertulios, ni el café donde jugué una memorable partida de ajedrez bailando boogie-woogie con el campeón de Morón; los dos bailábamos y bailando nos acercábamos al tablero de ajedrez para cada nuevo movimiento […]”.

“En Morón gocé de gran popularidad, tanto en la pizzería de la plaza como en el café, donde se podía jugar al billar y al ajedrez. Me bebía un litro de leche diario y me comía mi pan sentado en el suelo, sobre el pasto del chalet, mientras contemplaba la calle. En la pizzería, un mozo al que le caía simpático, me daba un sandwich por veinte centavos, pero con una feta de jamón cuatro veces más gruesa de lo normal, casi como un bistec. Y, en eso, he aquí que en el suplemento literario de ‘La Nación’, un periódico muy popular, aparece en primera plana un artículo mío. Desde ese momento mi posición social en Morón quedó liquidada. La gente empezó a darme muestras de consideración”.

El ajedrez, la historia y los zapatos pusieron en contacto a Gombrowicz con Gustavo Leguizamón, nos falta decir algo entonces sobre la historia y sobre los zapatos.

Hegel introduce un sistema para estudiar la historia de la filosofía y el mundo mismo, llamado a menudo dialéctica, una progresión en la que cada movimiento sucesivo surge como solución de las contradicciones inherentes al movimiento anterior.

El mundo hegeliano es una verdad en marcha, es el lugar donde la humanidad forma sus leyes y el hombre se convierte en un peldaño de la historia. La importancia que Hegel le dio a la historia contribuyó en forma excepcional a la difusión de sus ideas. A este filósofo que era capaz de deducir la racionalidad del mundo a partir de un lápiz no le costó mucho trabajo demostrar que lo inmoral de la guerra deviene en moral y que el estado se va transformando en la encarnación de lo divino.

Mientras Hegel se desvivió por encontrarle un sentido a la historia, Gombrowicz se colocó en una posición ahistórica y más bien era partidario de liquidar el pasado.

La idea de la historia está relacionada con el pasado, la causalidad, el determinismo, la dialéctica histórica, unas formas del pensamiento que no andaban bien con el talante de Gombrowicz. Vivió en una época que experimentó un ascenso irresistible de la actividad política cuya forma más representativa fue el marxismo, intentó entonces darle una forma artística a estas transformaciones de la historia en su última obra.

Gombrowicz acostumbraba a recurrir a la desnudez del cuerpo para debilitar el exceso de estructura de la forma humana. Empieza con el cuculeilo en “Ferdydurke” y termina justamente con en los pies, mejor dicho, con los zapatos en el final de su obra.

Los pies en Polonia formaban una línea cruel que separaba la miseria extrema del resto de los hombres, pues los pies de la miseria iban sin zapatos tanto en el campo como en la ciudad.

En su obra final Gombrowicz se propuso liberar a los hombres desnudándolos, con una desnudez parcial o total, pero desnudándolos al fin y al cabo.

En el primer proyecto intentó liberarlos descalzándolos, pero este bosquejo le pareció de alcances reducidos y no llegó a convertirlo en obra, le sirvió sin embargo de base para un segundo intento de alcances más amplios en el que la desnudez abarca al cuerpo entero de Albertina. Al proyecto le llamó “Historia” y a la obra le llamó “Opereta”.

En “Historia” intervienen como personajes el mismísimo Gombrowicz y el resto de la parentela, el padre, la madre y sus tres hermanos, con sus verdaderos nombres.

A medida que se desarrolla la acción estos fantasmas se van transformando en personajes históricos de las cortes europeas de principios del siglo XX, entre los que Gombrowicz se mueve como un enviado especial que se pasea descalzo invitando a los reyes a que hagan lo mismo, es decir, a que se quiten los zapatos.

Se propone liberar a los hombres pidiéndole a los emperadores que dejen de representar sus papeles, que se quiten los zapatos y que se queden descalzos. Esta manera de ver las cosas tiene mucho ver con las fuerzas que habían hostigado a Polonia durante siglos, la aristocracia por un lado que la empujaba hacia lo alto, y el fango y los pies descalzos de los campesinos con abrigos de piel de cordero por otro, que ligaba a Polonia con la parte más atrasada de Europa.

En el libreto de “Historia” Gombrowicz entra descalzo a su casa junto con el hijo del portero. A partir de ese momento la familia se convierte en un jurado que examina esta confraternización entre clases y se pregunta si Gombrowicz será capaz de graduarse de bachiller debido a esta circunstancia.

De junta examinadora la familia se transforma en un tribunal militar y, de delirio en delirio, llega hasta la corte del zar Nicolás II, a las puertas de la primera Guerra Mundial.

Desde la Argentina Gombrowicz observa cómo Polonia es destruida y empieza a desaparecer. Pero no sólo Polonia desaparece, desaparece también la Europa de la alta cultura, de la alta costura, de la alta cocina, de la aristocracia, de las ideas, del romanticismo; desde nuestras pampas ve caerse el inmenso y majestuoso edificio europeo. Gombrowicz se convierte finalmente, a través de su obra, en un arquetipo al que terminan reverenciando los ricos y los pobres, la izquierda y la derecha, la saciedad y el hambre.

En la Argentina existen artistas de apellidos tradicionales emparentados con la nobleza española del mismo temple universal y extravagante que tenía Gombrowicz.

Un músico y abogado salteño, uno de los más grandes folkloristas argentinos, a poco de llegado al mundo, como era muy flaco, recibe un mote que parece sacado de la casa de los gombrowiczidas.

La madre quiere comprar unos chanchos: —¡Pero si están tan flacos como este cuchi! Desde entonces Gustavo Leguizamón fue para siempre "El Cuchi", un vocablo quechua que significa justamente chancho.

Este brillante compositor y pianista, irrespetuoso de toda formalidad y también de sí mismo, admiraba a Beethoven tanto como lo admiraba Gombrowicz.

“Estoy fascinado con las locomotoras, ese instrumento musical maravilloso que tiene fácilmente dieciocho escapes de gas que son sonidos, y un pito con el cual se pueden hacer maravillas, por no contar su misma marcha”.

Hizo fundir una quena, se la agregó a la máquina y le daba conciertos a los ferroviarios que lo miraban como a un bicho raro.

La vida de estudiante trajo a Gustavo Leguizamón de su Salta natal a Buenos Aires. En El Olimpo, un café del bajo cercano a Retiro donde se jugaba al ajedrez, conoció a un Gombrowicz de zapatos rotosos pero inmensos: —El único que puede tener patas de este tamaño es Ariel Ramírez. Y, efectivamente, eran zapatos que le había regalado Ariel Ramírez a un pobre Gombrowicz que en esos años mendigaba en los cafés de Buenos Aires el alojamiento, la comida y la vestimenta.
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