9.1.12

PRESENTACIÓN DEL POEMARIO: “LÁGRIMAS DE ARLEQUÍN” DE VILO ARÉVALO


Posada del Ángel II, martes 10 de enero, 8:30 pm
(Avenida Pedro de Osma 218, Barranco)

El día martes 10 de enero a las 8:30 pm se presentará el segundo poemario del joven poeta Vilo Arévalo Lágrimas de Arlequín, editado por el sello independiente Río Negro. En el background del autor de Arco iris en negro (Bizarro Ediciones, 2008), encontramos obras antológicas como Abofeteando a un cadáver, La imagen de las palabras y Convergencias: Muestra de poesía contemporánea.

Vilo nos invita a ser partícipe de la publicación de su obra, enunciando: “Lágrimas de Arlequín es un libro que te atrapará hasta terminar y descubrirás que hay más de ti en el libro de lo que puedes admitir”.

La presentación del libro estará a cargo de Héctor Ñaupari.

7.1.12

“LA QUEBRADA DE LOS PERROS”, UN CUENTO DE DINO JURADO


La mujer lo había enjabonado como a un niño. Le había repasado las ingles con esmero, luego arriba y abajo incluyendo los muslos, por si acaso, y ahora procedía a enjuagarlo. Con la mano ahuecada cogió agua del lavador de plástico y se la fue echando, de a pocos, con cuidado, para no mojar el suelo. Y él, fingiendo estar distraído pero en el fondo alerta, soportó con paciencia los hilos de frío corriendo entre sus partes cansadas, la espuma de jabón haciéndole cosquillas y resbalando piernas abajo, llegando casi hasta los dedos de los pies. Luego esas mismas manos, cálidas, maternales, le secaron todo, centímetro a centímetro, con una toallita blanca muy pulcra, y él quiso saber entonces si era a esto a lo que llamaban servicio completo, o faltaba algo tal vez.

Comenzó a abotonarse la camisa mientras la mujer cambiaba el agua, se acuclillaba encima con las piernas abiertas para lavarse mejor. Miró, el hombre. A los retratos multicolores de artistas de la tele que tapaban las paredes. A la estatuilla del santo en la esquina, con un libro en la mano, la otra elevada hacia el techo, los ojos en blanco. Parecía San Antonio por la túnica marrón, el de Padua. Algunos sonidos llegaban desde afuera mezclados como rumores, música de bisagras que se abrían o cerraban, pisadas bruscas acercándose, alejándose, como oleadas de piedras, allá afuera, en el callejón.

Sintió ganas, el hombre, de echarse en la vieja cama de hierro, estirarse como un gato panza arriba y descansar un par de horas, con la mujer al lado por supuesto, hasta que el desasosiego se esfumara conversando sin pudor de cualquier cosa, el frío asesino del invierno, la llegada del último crucero de marines al puerto, la detención abusiva del alcalde comunista el mes pasado. Le dolía la espalda como si hubiera esperado de pie horas enteras, y sentía en las mandíbulas, a veces con dolor, a veces con placer, el adormecimiento del que ha hablado o masticado demasiado.

Cuando terminó su aseo la mujer se encontró de golpe, por primera vez, con el hombre inmóvil que la observaba. “¡Qué!” dijo, manoteó al aire, y sin esperar respuesta se dirigió a la mesilla de noche, a un costado de la cama. Pasó tan cerca que las nalgas le temblaban con cada golpecito de los tacos en el piso de cemento, toda ella desnuda y resuelta. Se detuvo ante su ropa de trabajo, una pieza blanca doblada encima, pero no se vistió de inmediato. Dando premeditadamente la espalda, casi ofreciendo el culo a manera de yapa, meticulosa, sin apuro, amarró su largo cabello negro con una liga y se dedicó a frotarse hombros y brazos con una grasa.

El hombre, entonces, notó algo digno de ser anotado en un diario. No tenía que ver con el sexo o el amor. Era cierta incongruencia entre la ingenuidad del rostro y el aplomo sin duda profesional con que se comportaba. Le despertó la curiosidad, el deseo de salir de dudas y ayudar al prójimo.

—¿Quieres otro polvo?

Pero ¿quién había hablado? Con esa voz cantarina, como si estuviera de vacaciones en la playa, tenía que ser ella. Y se puso de memoria la bata de gasa.

—No, gracias. Estaba pensando en un trago.

Fue él, claro. Le tocaba responder y lo hizo con displicencia, mirando a un rincón, a los ojos de San Antonio suplicando una ayudita para salir del paso.

—¡Ah! ¡Pensé que querías repetir el plato! —concluyó la mujer.

Más atractiva ahora bajo la gasa transparente, más femenina que nunca, dio unos pasos contundentes por el cuarto mientras esparcía en el aire, como un veneno, el olor de la vaselina perfumada.

El hombre cogió su última ropa. Se acercó. Le puso bruscamente una mano en el centro de la espalda. Pareció que saludaba a un compadre.

—¡Anímate, cariño! Vamos a tomar un trago.

No podía. Imposible. Fuera cierto o no, dijo que tenía que trabajar.

—Sólo un par de cervezas, luego sigues trabajando —dijo él, levantando una ceja.

—No puedo salir ahora. Nadie puede. Son las reglas de la casa.

—¡Qué reglas ni qué ocho cuartos! —dijo él, por fin despierto, con ganas de juerga—. Si no puedes ahora, entonces ¿más tarde?

—Puede ser —le contestaron.

—¿A qué hora? —preguntó una vez, dos veces—. ¿A qué hora?

Nada. Miró su reloj mientras la mujer cogía un cigarrillo de la mesita acharolada. Luego se miraron a los ojos a través del primer humo, exhalado como si fuera el hedor de una batalla. Estaban en el centro del cuarto miserable, con la casaca en una mano él, ella con una mano en la cadera y parpadeando. Cada cual analizaba su posición y la sopesaba. Para él la medianoche estaba muy lejos aún, alcanzable sólo tras una espera larga en el peligroso bar del burdel. Allí había muerto gente y no de vieja. Para ella la invitación a tomar un trago no era un compromiso ineludible, no estaba obligada a aceptarla, ni de él ni de nadie, pero... pero por alguna razón no se atrevía a rechazarla de una vez.

—Está bien. A las doce —dijo él.

—Después de las doce —corrigió ella.

—En el bar —dijo él, impertérrito, decidido a olvidar minucias, a concentrarse en lo esencial.

A ella sólo le faltaba asentir con la cabeza y cerrar la puerta. Así, pues, asintió con la cabeza, cerró la puerta.

Ya en el callejón, el hombre avanzó a través de corrillos de gente que aquella noche estaba alegre, nadie sabía por qué. Pisó fuerte los retazos de luz roja como si fueran cucarachas encendidas, algunas habitaciones abiertas las dejaban caer sobre el piso de ladrillos. Y al levantar la cabeza respiró el aire preñado de humedad que bajaba del cielo. Se había originado en la costa próxima con el batir eterno de las olas, pues traía olor a tolina abierta, a branquias de pez recién capturado. Seguramente. Lo sintió dar vueltas, al aire, como si tuviera ojos y se condujera solo. Lo imaginó introduciéndose en los cuartos de las chicas malas que, sin suerte, sin gracia, se abrazaban con furor a lo mejor de sí mismas para entrar en calor. Luego ese mismo aire regresó al callejón mezclado de aromas nuevos, perfumes de hembra, desodorantes recién estrenados, el exclusivo tabaco de contrabando.

Con toda esta mezcla en las narices el hombre se puso a recordar cómo había reconocido, desde el taxi que lo trajo, el escondite donde levantaron el primer burdel del puerto tiempo atrás. Era una pampa circular protegida por una hilera de cerros, en el fondo de una quebrada. “¡La Quebrada de los Perros!”, se dijo a sí mismo cuando el automóvil se internaba rugiendo en el camino de tierra, despertando un coro irreal de ladridos que parecía trasladarse de una cumbre a otra a medida que avanzaban. Y ahora que iba moviéndose torpemente por la penumbra del callejón, rechazando con una sonrisa las corteses invitaciones de las pocas putas, se dio cuenta que le gustaba aquel lugar, aunque él no fuera asiduo, aunque fuera primerizo. Ese chongo ilustre podía ser vivido como una especie de club privado, exclusivo para la gentuza de siempre, estibadores cojos, pescadores bizcos, ladrones de trigo de los muelles del mundo.

Encontró el bar vacío. Las muchas mesas con las muchas sillas estaban alineadas alrededor de la pista de baile, como círculos concéntricos, y una radiola que parecía un ovni esperaba en un rincón, las lucecitas encendidas por un borracho que se alejaba del aparato, que se perdía por una puerta disimulada tras el mostrador. El hombre, cauto, eligió a propósito una mesa pegada a la pared y se sentó.

La música que había dejado el tipo se volvía chillona por el mal estado de la radiola, esa vieja Wurlitzer de dos cuerpos con su paquete de discos a cada lado. En la parte central sobrevivía el tarjetero con los nombres de las canciones y más abajo la doble fila de botones para elegir. Las mallas de los parlantes se inflaban con los últimos compases. Luego el disco fue cogido por la pinza metálica, que lo regresó a su lugar, en el lado de la derecha, y a continuación llegó la calma.

¡Ah, sus brazos! Los fluorescentes del techo los alumbraban con una extraña luz negra, un brillo negativo que adherido a la piel parecía un barniz traslúcido. Los hermoseaban, cubiertos como estaban por una capa de vellos que veranos interminables habían vuelto casi rubios. En cambio no le gustaban sus manos. Nada finas o artísticas. Demasiado grandes y huesudas para su gusto, los nudillos redondos y aplastados como los de un boxeador. Las juntó por la base, ahuecando las palmas, unió las yemas de los dedos una a una y se preguntó: ¿Por qué cuando se puso a mirar, recién llegado, las curvas desnudas de las chicas, indeciso entre una flaca y una gorda, había terminado por fijarse en la que parecía ser sólo la más joven, la más limpia, la menos india? ¿Por qué ella? De todos modos Ivana lo había tratado bien. No tenía motivos de queja. Sabía trabajar. Incluso le había ofrecido la opción de repetir, con delicadeza, amablemente, como quien ofrece un dulce a un niño. ¿Y cómo había respondido él? Con poca imaginación. Poco empeño. Prefiriendo jugar todas sus bazas a una segunda oportunidad. La que comenzaba a las doce de la noche, si comenzaba. ¡Vaya!

Ahora apareció otro tipo en la puertita. Sin camisa y tan ebrio como el anterior, avanzó hacia la radiola, presionó algunos botones y se quedó esperando, tambaleante. Luego, sin que la música hubiera surgido aún del aparato, regresó por donde había venido. Pero reapareció al instante, acompañado por una mujer gorda vestida de rojo. Sin molestarse en mirar alrededor, se dirigieron a la pista de baile pintada en el suelo, se acomodaron uno contra al otro y se pusieron a bailar.

Había sucedido muy rápido y ahora estaban allí, abrazados, balanceando sus cuerpos sin perder el ritmo. Ella parecía dirigir los pasos, por intuición pues cerraba los ojos para entregar el cuello a los labios de él, mientras él suspiraba a cada vuelta, cansado de su querida carga, al borde de la resignación. El bolero los transportaba fuera de la pista, entre las mesas. Se deslizaron sobre los restos de aserrín del piso como sobre patines, apartando con las caderas una silla, otra, suavemente, engreídos por esa historia triste que celebraba la pérdida de un amor, la fallida consumación de una venganza.

La música siguió sonando, imparable, hasta que ellos despertaron de golpe de su letargo. Se pararon en el centro de la pista y se consultaron. Nuestro hombre los miró largo y tendido, dejándose percutir el pecho por los últimos ayes del bolero.

—¿Qué desea? —dijo por fin la gorda, se acercó.

A diferencia de las otras siervas, ésta no llevaba pintura ni maquillaje. A través de la blusa veraniega se podían apreciar los copos blancos del sostén.

El hombre levantó el índice derecho antes de lanzar su petición:

—Media botella de pisco, por favor.

Luego pasó mucho tiempo, como suele ocurrir, llegó y se fue la medianoche. El antro se había llenado, lógicamente. La gente saltaba de una mesa a otra con el vaso en la mano. Se reconocían y saludaban como si acabaran de coincidir allí después de años, hacían brindis. Nuestro hombre hizo un vago saludo a un par de caras oscuras y luego evitó mirarlas. Quería estar solo. Así permaneció en su mesa, ensimismado. La media botella de pisco le había golpeado el pecho y lo hizo sentirse audaz, querido, la mirada concentrada en el vaso vacío.

Hizo a un lado la botella y solicitó otra media. Tal vez a Ivana la conocía de antes. Le resultaba familiar. Quizás había sido su alumna y le había tomado la lección a solas. Adolescente y temerosa, pálidamente muda con la chompa azul sobre el uniforme único, ella levantaba la vista para responder y sonrojarse, mientras él le aplicaba un nuevo cuestionario interminable. Era invierno también, era invención suya por supuesto, el salón de clases de entonces, enorme e invadido por el frío, los cuadernos dormitando sobre las carpetas mientras la neblina pegada a la ventana blanqueaba la visión de la Avenida Mariscal Castilla, de la puerta del colegio por donde las demás chicas uniformadas ya salían en fila india para no volver hasta la tarde.

Cuando le trajeron el pisco se sirvió dos dedos, siempre puro, y se quedó acariciando el vaso. Se sentía vivo, eso era bueno, vivo y alerta. En eso vio acercarse a la mujer y no supo qué sentir, si alegría o fastidio por la interrupción. La vio avanzar riendo entre las mesas, saludando a diestra y siniestra hasta llegar al rincón donde él estaba.

Ahora sí parecía una puta, con esa camiseta verde loro y esos pantalones tan blancos y ajustados, tan empinándole el culo. La saludó finalmente, elevó el vaso a la altura de los labios para decir salud, comprobó que estaba vacío y lo devolvió a la mesa.

Ella se había sentado.

—Estás borracho —había dicho.

—Te parece, estoy bien.

—¡Pero bueno! Te dije que pidieras un trago mientras me esperabas, no una botella.

Ivana cruzó los brazos sobre la mesa y se hizo la resentida. Hizo una seña al mostrador. Cuando el mozo se dignó traer la gaseosa y el vaso, el hombre se puso a preparar los chilcanos. Eso sí sabía hacer. Los preparó con sumo cuidado, protegiendo cada vaso con ternura cada vez que la otra mano se acercaba desde lo alto con el botellón. Una vez listos, cada uno cogió el suyo y brindaron. Sorbieron un buen trago y sonrieron, dándose a entender que todo estaba bien o podía estarlo. Luego él tomó un segundo gran bocado con el que se enjuagó la boca, y todo volvió a ser como antes.

—No tomes tan rápido, cariño, el pisco engaña —refunfuñó ella.

—Ciertamente. Pero el mío está suave. Prueba.

—Sí, tienes razón, está suave —dijo ella, sin probar nada—. Con todo, si sigues así no vas a durar mucho.

—¿Qué quieres decir con eso?

Más que a ella, se lo preguntaba a sí mismo. Y no sabía si valía la pena durar, y cuánto.

—Está bien, haz lo que quieras, no pasa nada —dijo ella, tan linda. El blanco de sus ojos era enorme, el rojo de sus labios chillón.

—Salud —dijo él. Se llevó el vaso a la boca. Tomó otro sorbo y no estaba retando a nadie. Era una manera de hacer algo, como cualquier otra, vamos—. Oye —dijo, acercando el rostro—, ¿desde cuándo trabajas aquí?

¿Por qué hacía esa pregunta?

—Desde cuándo —repitió.

Recién desde abril, había dicho ella.

—Y ¿qué tal? —preguntó él.

¿Qué tal qué?, había preguntado ella.

—Tu estadía —dijo él—. ¿Tienes muchos clientes?

Ella lo miraba, lo medía. Ni muchos ni pocos, había dicho. Más o menos.

—Es que eres nueva —dijo él—. Se nota que no eres de aquí.

—Ninguna es de aquí —dijo ella—. Nadie trabaja en su propia tierra –dijo—. ¿No lo sabías?

Sí lo sabía. Y pensó inmediatamente, como un disparo: “¡Nadie es profeta en su tierra!”.

Dejó el vaso en la mesa y trató de apaciguarse. Se enervaba con sólo toparse con la sonrisa de puta. Felizmente encontró una manera de entretenerse con el vaso y la cucharilla. Pescaba la rodaja de limón flotante, la apretaba contra el vidrio, echaba un vistazo al frente y paladeaba el líquido. Luego introducía la cucharilla otra vez.

…De todos modos era el momento más alegre de la noche. Con las botellas de cerveza cogidas del pico la gente se emborrachaba de pie entre las mesas. Ivana saludaba a uno que otro con el rápido guiño de un ojo, dos dedos despegados de la superficie de la mesa. Paseaba la mirada por encima sin detenerla en nadie, sin aparentes predilecciones. No parecía estar buscando, no se le había perdido nada. Parecía estar más bien a punto de levantarse.

Pero quien se levantó fue él.

—Voy al baño —dijo, haciendo atrás la silla.

¿Qué había ido a hacer allí? Se había emborrachado de golpe, en unos pocos segundos, por falta de práctica. O como si una mano invisible le hubiera puesto algo malo en el vaso, una pizca errónea. No podía controlar más los pasos que daba. Sin embargo seguía pensando. Se había equivocado de lugar, era obvio, de vida. De pronto lo único que le preocupaba era no chocar con las sillas ni la gente, no rozarlos siquiera. Quería evitar toda clase de disputa, era pacífico, creía en ciertos valores. Se quedó un tiempo interminable en el centro del bar, buscando a Ivana con los ojos locos, haciendo un esfuerzo tremendo para enfocar la mirada. A ratos alguna pareja de bailadores lo empujaba y un repentino chispazo de lucidez le devolvía la conciencia como un amago de incendio. Se daba cuenta entonces que seguía en medio del salón, rodeado de mesas gritonas y oscuras. Miró al techo, hacia los fluorescentes azules; luego, deslumbrado, se pasó una mano por el rostro. Cuando la retiró, Ivana estaba sentada en el otro lado, haciéndole señas con la mano.

—¿Dónde has estado? —le preguntó, gritando hasta hacerse oír—. ¡Te has tardado mucho!

¿Dónde había estado? En el baño, naturalmente, eso fue lo que dijo.

—¡Pensé que te habías ido! —siguió gritando ella.

Y él había contestado:

—¡No! ¡No me he ido! ¡Aquí estoy! —también con gritos, compitiendo en bienestar y volumen.

Entonces a él se le ocurrió invitarla.

—¡Vente conmigo! ¡Ahora mismo!

Parecía una orden y era la noche, tan ruidosa y poco íntima. Le prometió que en casa tomarían un trago, conversarían. Le habló de un café que le habían traído de Quillabamba, sumamente fragante, una delicia, lo más adecuado para un romance.

Pero ella no le creía, se siguió negando.

—Estás borracho —contestó, oscuramente—. Cualquier otra noche que estés sano y con plata.

No se le ocurría otro argumento para insistir a nuestro hombre, así que pensó en el dinero. ¡Toda mujer tiene un precio! Pero era demasiado tarde, se le había acabado el billete. Fijó la vista en los ojos esquivos de la puta, en su nariz puntiaguda como pico. ¿Se le había acabado el billete? ¿O se lo había robado? Aunque así fuera siguió insistiendo y, pese a los gritos, ella siguió negándose. Era terca, el burdel parecía su hogar. Entonces él rodeó la mesa, cogió a la chica por detrás, del cuello, como a un conejo gritón, y la zarandeó.

Si el hombre hubiera sopesado la nueva situación, habría salido de allí en busca de otro final para esa noche. Y la historia se habría terminado. Por el contrario, se puso a forcejear, a pelear contra dos hombres que querían sujetarlo, no quería que le robaran más. Mas de pronto consiguió soltar un brazo, encontró una mata de pelos y tiró con todas sus fuerzas, que no eran pocas. El grito que se escuchó en la distancia lo hizo pensar en el aullido de un lobo, en una pata metida en una trampa. En el momento siguiente él mismo estaba con el pie en una silla, saltando encima de la mesa endeble que se inclinaba a los lados. Trataba de asustarlos, de mantenerlos a raya con el vaso empuñado en una mano, la cucharilla enhiesta en la otra. Se volvía contra todos, tambaleándose, cuando algo de pronto golpeó su mano brutalmente y el vaso cayó al suelo. Lo que vino después fue una gran confusión que no estaba clara en su memoria. Se había defendido como un héroe, pero la fuerza que lo tiraba hacia abajo era enormemente superior y, finalmente, sin prisa, cayó.

Porque estaba seguro de haber caído en dos etapas, de eso no tenía la menor duda. Primero de rodillas sobre la mesa, luego de cabeza contra el suelo. Se palpó el cuero cabelludo hasta encontrar la hinchazón, leve pero real. Después de eso, nada. Por más que se concentraba no conseguía recordar lo sucedido tras la caída, quién lo había sacado de aquel lugar, cómo había llegado a casa. Era increíble la capacidad de sobrevivencia del ser humano, superior a la de cualquier animal. Simplemente la orden, como una estalactita, crecía dentro del cerebro y eso era todo. Sobrevivía.

—En fin —suspiró—. A otra cosa, mariposa.

Sacó una lata de cerveza del refrigerador y caminó hasta la ventana. Miró la huerta llena de sol. Todavía se sentía ebrio y tembloroso. Pero estaba seguro que la cerveza le iba a caer bien. Le templaría el pulso. Lo animaría a tomar una ducha fría.

Ya había pegado la lata a los labios, soñadoramente, cuando le comenzó a ganar la risa. Primero fue tranquila y sosegada, como el murmullo de los pájaros en los árboles. Luego se le abrió más la boca y comenzó a reírse de verdad, sin más certidumbre que la de estar solo. De haber estado siempre solo. Así que podía permitírselo. Más tarde, cuando llegó la primera carcajada, la lata, resbaladiza, rebelde, se le escapó de la mano.

* Tomado del blog altodelaluna. La imagen de aquí.

5.1.12

MUSSÓ Y LAS LUCES LITERALES QUE NO LO QUIEREN SER (SEGUNDA PARTE)


Por Wilfrido H. Corral

Puede leer aquí la primera parte.

Mussó hubiera podido ordenar los capítulos de acuerdo al sentimiento que convencionalmente expresan los misterios; digamos comenzar con los gozosos (la vida temprana, y el futuro que no llegó a ver), seguir con los gloriosos (su acogida por sus coetáneos), pasar a los dolorosos (la tragedia de su vida final, en cursiva) y terminar con los luminosos (lo que se ha quedado en el aire). Si se sigue esas categorías los miércoles y domingos revelan los tiempos de esplendor de Palacio. Tras publicar algunos relatos, todos bien recibidos, su existencia transcurre entre su Loja juvenil, su vida profesional en Quito y su final trágico, aun joven, en Guayaquil. De la misma manera, los jueves (de luz) proveen los eslabones que ayudan a comprender el todo, a unir la información. La vida nunca es tan ordenada, y lo peor que se le puede pedir a un autor es coherencia. Después de todo, la oscuridad es sólo relativa respecto a la ausencia de luz visible.

Además Mussó tiene amplio conocimiento de que el orden era algo que Palacio no quería privilegiar o monopolizar, sobre todo en su literatura. Por ende, la narración alterna entre segunda y tercera personas, y el lunes (misterio gozoso) que sirve de epílogo deja la puerta conceptual entreabierta: ¿murió o vive Palacio, a sus noventa y tantos, como un anciano casi anónimo en Guayaquil? Esta es sólo una de las dudas sobre la figura del autor con que nos deja Oscurana. Si iba a haber una biografía cabal sobre Palacio, tenía que recordar que el mejor biógrafo de Palacio es Palacio, y que su responsabilidad es buscar el secreto de la fascinación con el autor y lo que no se ha dicho sobre él. En todo este deseo de no revelar la trama no se puede olvidar que Oscurana es tal vez mucho más libresca (con la ventaja del tiempo) que las obras más librescas de Palacio, aunque naturalmente con diferentes propósitos.

Decía anteriormente que esta novela es una deferencia literaria, y desde el principio hay un desfile de escritores nacionales (Humberto Salvador) e internacionales (Tito Monterroso en el capítulo 13) y obras de todos los tiempos, con numerosas citas y menciones, apartes e intervenciones directas de personajes de obras de Palacio, figuras y figurones culturales, o con fragmentos de otros autores contemporáneos, todo lo cual termina reconstruyendo y actualizando el mundo que se conoce del autor de Débora. El gatillo para el imaginario que construye Mussó es el capítulo 3, uno de los gozosos, en que se recrea el ambiente quiteño que recibió a Palacio con brazos abiertos, y la envidia que nunca dijo su nombre. Por eso, Mussó provee una lista de la crema de la crema de ese momento cultural ecuatoriano, y es la ficcionalización acabada del novelista que permite que varios hechos archiconocidos adquieran una pátina novedosa, frecuentemente placentera. Pero no es una utopía, y el cambio de tipo de letra, que no se limita a las citas, lo indica: “Lo que más temo es recordar estando muerto, Recordar, recordarte”.

Si los capítulos 13 y 14 recrean el interés de Palacio por producir varios metamensajes a través de diferentes tipografías, el 15 es una caravana de escritores, algunos vivos, la mayoría muertos (entre ellos Bolaño y Panero), y algún apócrifo (el “Marcelo Chiriboga” de Donoso). En este capítulo abundan los diálogos, reaparecen los diminutivos de capítulos anteriores, y sobre todo una sensación de agotamiento respecto a las posibilidades que ofrece la narración novelesca. La necesidad de expresar la vida con otro género literario se nota en las intervenciones de Carmita, la viuda de Palacio, que ofrecen un adelanto formal al capítulo 18, el último “Misterio de la luz”. Éste es un drama en un acto llamado En el otro, las respuestas. El “otro” es el fantasma de Palacio, y las acotaciones para su discurso, muy imaginativas, están en blanco. El capítulo 19, el misterio doloroso más largo de Oscurana, es un documental llamado El documental, y está en otra letra.

En todo ese conglomerado de palabras y acciones —como también ocurrirá con cualquier biografía apócrifa/imaginaria sobre Palacio que amenace con hacerle sombra al escritor con la fama o imagen de su persona (lo que los franceses llaman hoy alterfiction)— los intérpretes no pueden más que decir algo así como “la literatura sobre Palacio comienza a ser vasta, pero no satisface”, porque no todo está dicho o hecho respecto a él y su obra. Que la consagración haya sido súbita en los años veinte y treinta del siglo pasado no quiere decir que no sea merecida, o que haya tenido un guión que haga que dure más de quince minutos, y piénsese en cómo habría sido la de Vargas Llosa si cuando publicó su primera ficción hubiera habido computadoras, la red mundial, o lectores formateados para ellas.

Y si iba a ser necesario mencionar la crítica significativa de Palacio (con la excepción del excelente trabajo de María de Carmen Fernández, Mussó discretamente evita dar nombres), tenía que tener las cualidades de su mejor ficción y prosa no ficticia, ser inexorablemente divertida, menos siniestra e indirecta, nada parecida a los “análisis” estrictamente académicos que no logran más que su propio agotamiento seudofilosófico. En este sentido, Oscurana de Luis Carlos Mussó es un antídoto, un partir de las aguas sobre qué no hacer con Palacio, y un gran logro. Es así porque al mezclar lo conocido con lo inventado (por ejemplo, que la UNESCO “iba” a publicar una edición de las Obras completas de Palacio, que en verdad salió hace diez años —pero no “existe” para los ecuatorianos) los detalles biográficos ficticios proveen un sentido dramático generalmente ausente de los testimonios “empíricos” proveídos por los amigos cercanos o seudo-amigos de Palacio, y observar su ficción a través de ese prisma de Mussó enaltece sus logros.

Que en momentos como el de Palacio se haya bienvenido los paradigmas europeos no quiere decir que se haya seguido su ejemplo ciegamente, porque las condiciones culturales y sociales latinoamericanas no habían llegado al momento en que sólo se puede hacer literatura de ellas. Por esto las biografías imaginarias tienen un papel ambiguo, porque dan memoria y dignidad a obras insignificantes o subestimadas que podrían ser semejantes en valor a las canónicas, más allá de los guiños al público enterado. Oscurana se instala en esa dinámica, y es a la vez un misterio que se abre y se sigue abriendo, vida tras vida, para abrazar otros mundos. Por esto el pasado que inventa esta novela no se queda en el pasado, y se lanza al presente, agobiándolo hasta el punto de que sus personajes casi se convierten en notas a pie de página, como todos nosotros.

4.1.12

VOCES Y SILENCIOS EN LA FOTOGRAFÍA DE ÁNGEL AMY EN EXPOSICIÓN


El jueves 5 de enero, a las 7:00 p.m. el Museo de Arte de San Marcos inaugurará la exposición “Voces y Silencios: Viaje por los caminos y veredas de España, San Juan de Puerto Rico y Santo Domingo de Guzmán” del fotógrafo puertorriqueño Ángel Amy Moreno.

José Rodríguez Vásquez de la Universidad de Puerto Rico escribe de la muestra de Ángel Amy: “El silencio es el lugar que asume el fotógrafo mientras transita y toma fotografías con su mirada, mientras se vacía para encontrarse en la plenitud de su contemplación. El silencio es lo que crea el pestañeo de la cámara que solamente ama la luz. En silencio queda el mundo visualizado: el muro y el ave, el patio y el parque, las pisadas de los transeúntes y las farolas antiguas que aún quieren alumbrar. Y todavía falta ese otro silencio, el silencio del que mira lo mirado que se deja mirar. Es una de esas reglas naturales: el que contempla ve siempre una imagen en silencio y que solo puede descubrirse asumiendo ese lugar, escuchando las voces de la luz y la forma que le hablan desde su encierro.”

Las fotografías de Amy Moreno podrán apreciarse en la Sala Víctor Humareda del Patio de Jazmines hasta el 4 de febrero. El ingreso es libre.

Ángel Alberto Amy Moreno es fotógrafo, escritor, historiador y periodista. Cursó estudios en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras; la Universidad de Estado de Nueva York y la Universidad de Boston. Tiene en su haber más de cincuenta y cinco años de experiencia en el campo de la fotografía. Su trabajo ha sido expuesto en España, Perú, Puerto Rico y Estados Unidos. Actualmente se desempeña como editor asociado de Moment: Une revue de photo, una revista internacional dedicada a la fotografía en blanco y negro. También es comisario de fotografía de la Galería Labiosa de San Juan de Puerto Rico.

2.1.12

ENTREVISTA A DANIEL ROJAS PACHAS SOBRE GESTIÓN EDITORIAL


Por Cecilia Ananías

¿Cómo nace el proyecto de la revista literaria Cinosargo?, ¿pensaste que tendría tanto éxito?

Cinosargo Ediciones nace con una idea fija, ser un proyecto de desacato y herejía frente a discursos hegemónicos y absolutistas dentro de la cultura, en nuestro caso específico lo literario, de cualquier modo el malestar que tenemos es hacia todas las barreras que condicionan el pensamiento y la crítica. Por circunstancias personales y profesionales, yo inicié el proyecto radicando en Arica, de modo que mi campo de acción inmediato es el norte y sus fronteras, a simple vista eso puede hacer parecer que estamos condicionados y determinados a ser la editorial del norte chileno y de la frontera (el medio literario chileno es sumamente reduccionista), pero los problemas en Chile y el mundo son los mismos y a la vez nuestro alcance cada vez mayor, para el 2012 estamos involucrados en proyectos internacionales con ediciones de argentinos, cubanos, peruanos, alemanes, claro más chilenos y mexicanos, lo que llevará nuestra lectura de la realidad y nuestra postura ante la creación, a otras latitudes.

En términos concretos hay unos pocos que creen tener la verdad y controlan los medios de expresión; en Arica por inercia el oficialismo lo representan las Momias Chinchorro, el pasado bélico, la nostalgia pampina, la apropiación intelectual de lo Aymara y una artificial visión del turismo altiplánico y las playas, en el sur pasa lo mismo, en San Pedro de Atacama igual, en Cusco, en China, por tanto estoy claro que donde sea que me hubiese tocado estar y dar inicio al proyecto, que toma su filosofía, ética y estética en honor a los cínicos, Diógenes y Antístenes, la editorial habría surgido del mismo modo, como una forma de quebrar y cuestionar esos discursos odiosos que se instalan perpetuando miradas mediocres de la identidad y el pensamiento.

Lo que pretendemos es plantear nuevas interrogantes, dar cuenta de voces silenciadas y estéticas y problemáticas diversas que se viven y sufren en el mundo y claro en el norte chileno. Este último ha sido nuestro telón de fondo y un espacio importante en el cual desde los setenta estábamos gobernados por una mirada unilateral de la cultura, la poesía y la narrativa, perpetuado por el centralismo pero también por la negligencia y cobardía de los protagonistas culturales del mismo norte, y de pronto irrumpe Cinosargo, no creando una estética de cero, sino más bien como un radar buscando a esos autores que comparten el malestar y por ende dan vida y sustancia a nuestro proyecto y ahí está el por qué de trabajar con ciencia ficción, novela policial, el comic, el terror, la poesía concreta, el realismo sucio, todo está pensado en base a nuestro desacato que pretende demostrar que tenemos lecturas variadas, que tenemos autores con mucho conocimiento y técnica, que no sólo en el norte le andamos cantando a lo Neruda a la yareta y a la pachamama y asimismo hay que dejar en claro, que si bien somos una microeditorial, no somos la típica microeditorial chilena que sólo edita poesía porque es más barato, es lo que abunda y porque así no compites con las grandes Alfaguara, Anagrama, Planeta y porque naturalmente como todas las otras editoriales independientes editan poesía, hay una correspondiente escena con encuentros y ferias —así que hagamos lo mismo— dicen ellos, nosotros preferimos trabajar proyectos literarios en los que creemos, no con un género específico o una temática por conveniencia. Ante todo somos una lectura agónica (en el sentido combativo y dialéctico) del mundo y el pensamiento.

Por último, el éxito lo mido en función de los lectores y la respuesta que hemos tenido por nuestro trabajo y consecuencia. Una obra es algo que no se puede tapar. Si uno es coherente con la idea que estableció y opera bajo esos lineamientos, respetándolos y no transando la matriz que dio forma al proyecto, la gente lo percibirá y aunque siempre hayan detractores y obstáculos, estos mismos tienen que en su momento hacerse a un lado o sino los reventamos con argumentos que se traducen en obras editadas, y si bien insisto, ahora nos ven como los que volvimos a visibilizar el norte, en algunas partes del mundo nos ven como una editorial Chilena con ideas claras, y fuera del continente como una editorial latinoamericana pujante y así, hago la aclaración para dejar en evidencia también cuál es la ambición de lo que estamos proyectando, plantear una forma de pensar y de hacer literatura globalmente.

¿Existen otros medios literarios en el norte o eres pionero en el tema?, ¿Crees que el gobierno debería intervenir e impulsar la cultura en las llamadas “regiones extremas”?

No somos únicos, desde luego hay otros proyectos contemporáneos y antecedentes que han sido una importante influencia para lo que hacemos, está el caso de la revista Tebaida de Oliver Welden y Alicia Galaz, pero siguiendo lo expresado en la primera pregunta, hay grupos literarios y pequeñas editoriales o espacios, revistas o webs del norte que rápidamente abrazan ese oficialismo odioso, o sea crear en función de una idea que se les impone por conveniencia, yo tengo más que claro que ciertos proyectos a nivel regional son más viables, ya sea por sus temáticas o formas de escritura, que otros para un fondo del libro o FNDR 2 % o cualquier apoyo estatal, pero esa lógica mal aplicada es la que condiciona a muchos proyectos literarios de Arica y todo Chile. Cada región tiene su fórmula y sus vacas sagradas, tristemente ellos no se dan cuenta que por lo mismo no crecen, es un provincianismo terrible, como la palabra lo dice, pro-vincia, previamente vencidos, pues responden a estéticas y lecturas que sólo importan a nivel micro y caen en formulas sobre lo que van a decir y cómo lo van a decir, no responden a grandes preguntas, a cuestionamientos que el lector de Bolivia, México, Europa, el resto de Chile, el Peruano comparten, tampoco asumen riesgos y defienden su feudo de modo terrible, entonces creo que si bien los fondos y apoyos son necesarios siempre, pues muchas veces hay proyectos culturales, ediciones o encuentros que no sólo se pueden sustentar en el mercado lector, sobre todo cuando en provincias es tan precario o inexistente ese mercado, ahí los fondos sirven. Los autores mismos debieran tener la valentía de al menos no caer en los clichés o en los lugares comunes, en ese sentido somos pioneros, en poner por delante nuestros criterios editoriales y no traficar ideas que vengan impuestas, sino estaríamos editando por ejemplo libros de terror sobre las leyendas de Parinacota y eso para nosotros no tiene sentido, se puede hacer pero hay que ver cómo o sea sin caer en lo condescendiente y siempre creer en el proyecto que uno tiene como autor y como editorial, pues ese es otro de los males del norte y las provincias, muchos quedan a mitad de camino porque esperan resultados inmediatos a cambio de poco trabajo, nosotros tenemos un sistema de difusión único que consiste en hacer giras y principalmente no abandonar a nuestros autores, eso es esencial, cuando tu editas apuestas por el libro y el autor, por ende pueden pasar años pero tú debes seguir trabajando por el libro y por tus creadores, existe ese problema, la inmediatez y la poca tolerancia a la frustración, pues como el medio está condicionado a modas y fórmulas, el público a veces tarda en reaccionar, en otros casos el gancho es inmediato, lo importante es proponer lecturas diversas, un buen libro conseguirá siempre su camino de llegar al lector indicado. Hace falta un baño de realidad en ese sentido.

¿El proyecto de una editorial nació junto a la revista o se fue dando en el camino?, ¿Cómo logran el tema de la financiación?

Partí con Cinosargo el 2003, era un fanzine universitario que tenía los mismos cuestionamientos y pensamiento. Con la posibilidad de dar mayor difusión y alcance a esto mediante internet, di forma y nacimiento a www.cinosargo.cl el 2007, luego el 2010 ante la necesidad de volver a lo material, pues el libro es un objeto muy espacial y querido, sentí que era importante volver al papel y que Cinosargo fuera un proyecto multimedia, por eso empezamos como editorial impresa y hoy tenemos 17 títulos publicados en papel. Pretendemos sin duda seguir creciendo y madurando en ese sentido, pues yo no soy editor por formación sino por vocación, de hecho me cuesta llamarme editor, pero en la medida que uno lee y es un buen lector pues tiene una visión y mirada crítica, sabe que puede tener criterios y establecer parámetros de lo que siente que debe dialogar con el resto de la literatura nacional e internacional y apuesta, asume riesgos, haces una curaduría y se decide a publicarlo, en esto hay una responsabilidad tanto intelectual como material, intelectual pues le estás diciendo al mundo yo creo en esta lectura de la realidad y la haces pública, la pones sobre la mesa y la confrontas con las expectativas y conocimiento del lector, y por otro lado material pues trabajas con materiales escasos, así que uno debe pensar en ese sentido que no todo lo que se escribe debe publicarse, pero ese ha sido más o menos el proceso. En cuanto a los costos como editorial, también hemos ido desarrollando una independencia económica, los primeros libros eran cofinanciados, por el autor, cincuenta y cincuenta, también la cantidad de ejemplares, tirajes de 500 libros, se repartía con equidad, hoy podemos editar gracias a nuestro crecimiento financiando el total de la edición, aunque muchas veces igual lo hicimos en el pasado, con Pop de Rodrigo Ramos o Novela Negra de Juan Podestá y otros, también ocurrió con algunos títulos que me interesaban editar como El libro de las Revelaciones de Víctor Munita o Nómada (Comic), que estos proyectos contaban con fondos culturales, por ende es relativo, pero lo que es seguro es que igual la editorial siempre invierte y arriesga sobre la mitad del costo del libro por un tema de dignidad del oficio, a fin de cuentas, el escritor ya realizó el grueso del trabajo escribiendo y corrigiendo, la editorial debe facilitar el proceso de publicación, así que hoy estamos en condiciones de apostar por textos que queremos ver transformados en libros, pero siempre con la previa aceptación del comité y el editor, y eso implica ajustarse a la línea y criterios del catálogo, sea un escritor consagrado o emergente.

¿Ha sido muy difícil sacar adelante a la revista y la editorial?, ¿cuáles han sido los mayores obstáculos?

El principal obstáculo es el tiempo, esto puede sonar terriblemente precario o controlfreak, depende de cómo lo miren, pero no por eso menos real e importante de decir, la editorial y la revista la muevo yo en todos los aspectos, legales, comunicacionales, técnicos, económicos y en general en los criterios básicos de edición, una sola persona a cargo, claro hay apoyo de amigos que sirven como comité editorial y lectores de los manuscritos pero yo tengo la última palabra, hay algunos colegas que difunden los textos en otras ciudades además de la distribución tradicional por librerías y eso, pero porque creen en el proyecto, tal como la canción de los Beatles, with a Little help of my friends, pero el tiempo sin duda es el rollo, pues tengo que armonizar los horarios de la editorial con ser padre de familia, mi propia escritura, la labor como académico, la página web, y los miles de mails que llegan y a veces la gente no es muy paciente cuando pide favores, pero creo que todo es factible si se tiene pasión por el asunto y uno cree en su proyecto. Cinosargo sin duda, es parte importante de mi vida a estas alturas y es algo que defendería a rabiar si tratan de sabotearlo de algún modo, así como defiendo y apoyo a mis autores, pues ellos hacen la magia, las obras que llegan a tener su propia vida y curso y que uno impulsa a que viajen en la medida de lo posible, pero tarde o temprano estas se despredenden y viajan solas y ese es el mejor mensaje y seña de que la editorial existe, crece y tiene credibilidad. Los autores de Cinosargo son una familia, extraña, disfuncional a veces, conflictiva pero una familia que cree en el proyecto y por eso lo apoya, la verdad yo respeto mucho el trabajo y la amistad sincera de Edgard Lara, Rodrigo Ramos, Juan Podestá, Víctor Munita, Esteban Morales, Joel Rojas, Eduardo Cuturrufo, Andrés Olave y Pablo Espinoza Bardi. En fin, volviendo a la raíz de la pregunta, lo que necesito es más tiempo.

¿Qué es lo que buscan como editorial?

Creo que eso lo respondí en todas las otras preguntas, nuevas formas de pensamiento y diálogo, abrir los canales para no tener que estar escuchando siempre lo mismo y a los mismos. Si hay un apagón cultural es premeditado, entonces nosotros premeditadamente vamos en contra a encender un poco ciertas chispas que guíen el camino de los interesados en no dar palos de ciegos o ser timados por las tendencias.

Y cuéntame un poco sobre ti, ¿desde cuándo escribes?, ¿cuál sería tu propio trabajo favorito? ¿A qué escritores admiras?

Escribo desde los quince por necesidad absoluta, leer y escribir es como el aire y la comida, el libro publicado que más contento me tiene es Carne pero también porque es lo último que he publicado e implica una madurez como autor, es posible que con los libros que vendrán mi percepción cambie. Admiro a muchos escritores muertos, como Dostoievski, Celine, Reinaldo Arenas, Enrique Lihn, Salinger, Bolaño, Lezama Lima, Severo Sarduy, Julio Ramón Ribeyro, Manuel Puig, Ezra Pound y muchos más, esto porque los nombrados tiene una estética muy clara y sobre todo una noción integral y consciente de lo que implica construir una obra y ser consecuentes, admiro mucho eso, ahora lo de muertos, pues porque soy un tanto misántropo y prefiero en tal caso dialogar con libros que con personas, así tienes mejores conversaciones, intercambias ideas más interesantes, te llevas gratas sorpresas y menos decepciones.

29.12.11

VIERNES 30: PRESENTACIÓN DE “CUADERNO DE CENIZA” DE DARWIN BEDOYA


El grupo editorial “Hijos de la lluvia” se complace en presentar el libro Cuaderno de ceniza del poeta Darwin Bedoya. Este evento se realizará el día 30 de diciembre de 2011 en el Café Pub “Las bragas de Marilia” (Jr. Tarapacá Nº 212, Continuación de la Av. Tacna) de la ciudad de Juliaca - Perú a las 7: 30 pm.

Presentan:

Walter L. Bedregal Paz
Eulogio Ramos

Sobre el libro:

Cuaderno de ceniza tiene en sus páginas la carga de un cántico universal, el de las conmemoraciones eternas. Bedoya no está libre de ese sentir generado al convertir en palabras la atmósfera de enigma que se respira al contemplar las huellas de la ceniza sobre la vida. Si tiembla el vértigo de las cosas en el verso, no hace falta retorcerlo para que cante: es entonces cuando leemos a un autor que, más que estallar la conmemoración para verle el contenido, se encuentra con los trozos ya separados, esparcidos y emprende la reconstrucción desde un asombro original, originario, con serenidad absoluta e implacable despojamiento ante el desconcierto.

Así, la captación de lo inasible se desentiende de la lógica exterior del mundo para abrir el pasadizo de la poesía. Esa lógica que va erigiendo interrogantes como ¿hacia qué extremo quiere oscilar ese péndulo de las tendencias que necesita separarse de sus evidentes cansancios y agotamientos? Bedoya señala las líneas de fuga que observa a su alrededor: un mayor calado simbólico-estético (línea de ahondamiento asumida explícitamente por la poesía actual) y un cierto estremecimiento abstruso, que ya ha producido libros espléndidos en otras latitudes del mundo.

En Cuaderno de ceniza se pretende conservar la mesura adquirida que otorga y requiere este tipo de poesía donde se va levantando el amor de las cosas que quedan cuando entendemos que es lo efímero lo que nos sobrevive. Hay, pues, en este Cuaderno de ceniza, trabajo definido y trascendida a la más seria reflexión. No aventura, quizá cierta experimentación, cierta exploración: la realidad —el destino humano identificado en cada instante— es lo suficientemente rigurosa y perentoria como para que le sea consagrada toda una obra poética, es decir todo un vivir poético a través de los huesos y la ceniza.

Creo que el autor, con una voz cuya sabiduría y dominio del lenguaje nos muestra la profundidad de sus intuiciones, otra vez nos conduce a sentir la intensidad lírica que hace de estos versos la posibilidad de volver a creer en la poesía. Quien tenga dudas del futuro de la nueva poesía de este lado del mundo, que abra este Cuaderno… y conozca la profunda reafirmación de una estética poseedora de revelaciones y cantares que nos hacen palpar los sentimientos, aquellos que nos acompañan y a la vez nos permiten reconocernos, en tanto presumimos que aún estamos con vida.
Walter L. Bedregal Paz

27.12.11

VÍCTOR RUIZ VELAZCO GANA EL PREMIO NACIONAL DE CREACIÓN LITERARIA “JOSÉ WATANABE VARAS”


El Centro Cultural Peruano Japonés informa que:

El jurado del Premio Nacional de Creación Literaria “José Watanabe Varas” 2011, modalidad de Poesía, convocado por la Asociación Peruano Japonesa, decidió otorgar el premio a Víctor Humberto Ruiz Velazco por el libro Fantasmas esenciales, presentado bajo el seudónimo “Lorenzo Lobo Antonio”.

Asimismo, el jurado conformado por Marco Martos Carrera, Hildebrando Pérez Grande y Camilo Fernández Cozman decidió otorgar menciones honrosas a los siguientes trabajos: Diálogos de los silencios (Alejandro Mautino Guillén, seudónimo: Ouroborus), Todo está escrito en los afluentes (seudónimo: Igitur) y Rumores de un arpa retorciéndose en la hoguera (Roy Alfonso Vega Jácome, seudónimo: Radulescu Ximénez).

El ganador del concurso recibirá como premio la suma de US$ 2,000 (dos mil dólares americanos) en efectivo, y la publicación de su libro a cargo de la Asociación Peruano Japonesa. Un total de 124 poemarios se presentaron a este concurso, que cada año busca alentar y premiar la creación literaria en nuestro país, en los géneros de poesía y cuento, así como descubrir nuevos escritores y difundir su obra.

Sobre el concurso

Desde el 2007 el concurso lleva el nombre de José Watanabe Varas en homenaje al reconocido poeta peruano, quien fuera uno de los principales gestores de la creación de este certamen, que lleva realizadas 14 convocatorias, siete de cuento y siete de poesía.

En poesía han sido ganadores Carlos López Degregori (El amor rudimentario), Mariela Dreyfus (Placer fantasma), Jaime Urco (Poca luz en el bar y otros poemas), Adrián Arias (Sueños y paranoias), Eduardo Félix Pucho Verdura (Nargova & Zorgona) y Carlos Orellana (Soñar de ciegos). En cuento, Catalina Lohman (De agua y de tierra), José Del Giudice (La iniciación y otros cuentos), José Alberto Bravo de Rueda (El hombre de la máscara y otros cuentos), Pilar Dughi (Aves de noche), Alberto Cuadros Román (Los pasos oscuros), Miguel Ildefonso (El paso) y Miguel Ruiz Effio (Un nombre distinto).

El próximo año está prevista la convocatoria en el género de cuento, cuyas bases se publicarán a partir de junio de 2012.

26.12.11

NI BREVIARIOS NI PUTRIDISTAS (PRIMERA PARTE)


Por Luis Ormachea
1

Entre Langston Hughes y César Vallejo, que no lograron conocerse en vida, negro e indio, y lectores mutuos, no es difícil encontrar una enorme cantidad de felices similitudes. Ambos han denunciado a través del espíritu y la forma de sus escritos la inmovilidad perversa de toda sociedad cuando ha sido secuestrada a favor de una práctica de autolaceración sistemática que instrumentaliza hasta lo vano e impune a la persona humana, han devuelto el ejercicio poético a la constitución biológica y pensante de la cual ese ejercicio proviene, impulsando sus hallazgos hacia el reconocimiento, celebratorio pero equilibrado, dolido o desgarrador pero siempre comprometido y militante, de nuestras posibilidades como especie entre todas triunfante, y ambos han optado por el destierro, y sitrazados por su época intentaron hallar en el oráculo parisiense, en el oráculo europeo, integralidad o licencia para ejercer una ciudadanía sin persecuciones, no han sido, como otros, despedazados entre los engranajes de la insensatez que termina por definir al destierro, intelectual o geográfico, como retorno; ambos han reivindicado su derecho inalienable a ser autores y orientadores del mundo que por ellos nos pertenece y que esa insensatez asentada sobre el eco del antiguo contacto continental intenta a todos usurpar; y han conservado sus necesarias, irrevocables, indispensables particularidades culturales, pero esencialmente solidarias en cuanto idénticas respecto a la bestia primordial gracias a cuyo heroísmo inteligente existen, las han transformado, las han alimentado y las han hecho vivir.

Tal vez, sin embargo, todo lo dicho nos hace entrever más al Vallejo universal que al Hughes acallado por el carácter oficialista y unidimensional de la academia estadounidense, sobreentendido por la pereza beat de los creadores que de él nutrieron sus palabras, empolvado en virtud de su aparente lejanía cronológica; tal vez, entre ellos dos lo que hace a Vallejo sobrevivir con mayor corporeidad es la presencia actuante de un futuro reconciliado en sus palabras, la enérgica invocación que alude a lo mejor que en nosotros conservamos de aquél anterior antepasado por cuyo mérito aun, y felizmente, no hemos sido capaces de, si obedientes al delirio de una lógica fundada en el avasallamiento que terminaría por digerir nuestro entorno y a nosotros en él, arrastrarnos con voluntad suicida hacia la consagración de esa insensatez que persiste en el error histórico; es necesario recordar también que la literatura como testimonio vital, y si honesto, ya de por sí constituye materia y acto de transformación, posee desde ya el germen de la revocación, del encaminamiento, de la creación.

Y, aunque para los fines de este artículo se mencione solamente a ellos dos: Vallejo y Hughes, ese rasgo vinculante que los une —el ser humano como complejo límite de la realidad en constante desarrollo y perfeccionamiento—, podría llevarnos a las palabras, a los hechos de otros miles de maestros que apuntalan el gesto de la más sonriente certeza, capítulos de un esforzado historiamiento en el cual la timidez intelectual, la afligida actitud del verdaderismo involucionista no tendrían ninguna posibilidad de imponernos sus mediocres adjetivos.

2

Que la coincidencia de la pubertad con el reconocimiento de la fe sea común a todo grupo humano organizado al derredor de la tierra y su trabajo e, incluso, su proyección urbana, no requiere mayores argumentos, lo que ahora nos interesa es la mención individual y cuestionadora que Hughes hará más tarde acerca de ella, y que pondría en duda aún su necesaria inclusión entre los suyos: pero no como rechazo a la negritud, ni siquiera a esa militancia pacifista que muchas veces detuvo el progreso propio de las comunidades negras estadounidenses, y americanas en general, en el camino hacia la liberación todavía inconclusa; no, el carácter universal, universalizante, del testimonio sobre el que intentaremos reflexionar consiste en la desintegración de esa ceremonia devocional, el bautismo, que habría de marcarlo, y que, por otro lado, tampoco lo hace reaccionar orientándose al dios atávico de los tiempos de la libertad —arrancada varios siglos atrás y a un océano y a un idioma, el que se impuso por económica imprescindibilidad, de distancia—, para encontrar personalidad moral a quien Hughes conceda verdad u ofrezca compromiso.

Hughes era un niño consciente de su época, no lo tendríamos entre nosotros si esta condición espiritual le hubiese sido ausente, pero no es sólo al niño sino al hombre, terminado y total, a quien ahora celebramos, hombre que existe en simultaneidad con todos quienes lleguen a conocerle, a apropiarse de la voz de su palabra; esta última aclaración se hace necesaria porque nos aproxima a la demostración del hecho por el cual toda literatura, si, como antes dijimos, es testimonio honesto y vital, por creador, ostenta la furiosa, feliz capacidad de ampliar los límites del tiempo en que lo humano se desenvuelve.

Porque es un rito cantado aquel que Hughes describe en El inmenso mar de su autobiografía. Los niños están vestidos de acuerdo al rigor de la ceremonia, las voces cromáticas de los congregantes y la emoción del pastor los guiarán hacia la vida adulta que en ese momento empieza, bendecida por la gracia del dios cristiano a quien esos niños deberán haber visto para ser admitidos como adultos en el seno de la comunidad, y en función del acto religioso. Rito que no excedía la apariencia del requisito burocrático —la burocracia de hoy no es sino una mutación heredera del antiguo canon teocrático que fundara nuestra convivencia sedentaria, sean los que sean esos dioses a quienes ella ahora sirva como mediadora, sea cualquiera de los dos extremos del esquema comunicacional, y en el que todo rito consiste, el objeto de la veneración; el cazador humano ante la presa, y a la luz del sacrificio, se ejerce como liberador, posee poder sobre la vida, aún en razón de una supervivencia a la que no puede renunciar, a la que está sometido—: una ceremonia de desplazamientos, un pastor intermediador que encabeza la escena con generoso entusiasmo, una comunidad cantora delante de la cual guarda silencio el conjunto de esos niños que están llamados a ver su bautismo, una profusión de atuendos tan instrumentales como sólo las voces y la fidelidad del músico organista; esa mañana, los lazos impostergables que a todos conminan esa mañana y, quizás por ellos: específicos y delimitantes, la injuriada ferocidad del tiempo; y ese ámbito de atracción gravitacional donde el pastor ejerce como mensajero e intérprete de la divinidad, al que esos niños podrán, tendrán que migrar una vez hayan reconocido el milagro de la revelación.

Posee la literatura una extraña facultad de, al ocuparse de la realidad para exponerla y transformarla, otorgar a sus escenarios poderío excluyente en relación tanto al tiempo como al espacio en que esos escenarios existen instituyéndolos como totalidad en la consciencia humana. Así, incluso la naturaleza terrenalísima de las palabras ha sido sometida a los escenarios de completa perplejidad ritual que Hughes describe: el verbo —ver— que el pastor invoca y del que usa como herramienta central ha opacado al resto de la andanada semántica, y el ritual que esta sostiene se ha transfigurado en un éxtasis de compromiso que sólo la acción invisible e inmóvil y restringida a los hechos de la afirmación cristiana, de la representación (y que en vorágine comienza a devorar a los presentes: el canto, las palabras que han dejado de ser palabras, la novedad de la carne que será asimilada a la tradición, la libertad, el permitido paroxismo de la nueva fe) será capaz de explicar.

Ser como Langston, un niño consciente, habría implicado en esos tiempos, como en los de hoy, estar absolutamente des-informado, desligado, desasido con respecto a los rituales conminatorios para preguntarse y explorar con legitimidad, para ofrecerse a sí mismo una respuesta poseedora de alguna mínima verosimilitud; y fue, creemos, la cicatriz del desarraigo lo que hizo a Langston despertar y mirar honestamente aquello que lo rodeaba, lo sentimos al viajar entre las páginas de la autobiografía que pronto comenzará a escribir: Hughes no apela al murmullo oblicuo, Hughes no encarna al delator cómplice de los esclavistas, Hughes no cae en el facilismo idiota y de plato bajo de la procacidad, hay en sus palabras una frescura universal que se apodera del lector como actor de permanencia y actualidad humana, y que al hacerlo reivindica, vivificándola con su respiración, su aliento, su propia actuación.

Primero uno, después otro, todos los niños han visto, y han dado el paso al frente que el ritual requiere para hacerse eficaz herramienta de socialización, algunos pocos han dudado durante unos minutos pero han terminado por hacer lo que la comunidad exigía que ellos hicieran, hasta que sólo permanecen inmóviles Langston y otro niño cuyo nombre ya no llegaremos a conocer, y el tiempo, imparcial, implacable, irrumpe sobre los reunidos con urgencia, las voces de las cantantes se elevan con redoblado fervor, el pastor implora al dios a quien sirve con llorosa humildad, el organista está envejeciendo más que nunca, lo que eran minutos se ha convertido en horas, la necesaria distancia ha sido abolida y Langston y el niño último que lo acompaña sienten el aliento sacrificado de ese pastor bueno que lo único que espera de ellos es que asuman sus papeles de hombre en la representación consagratoria de sus ciudadanías.

23.12.11

“CORTOMETRAJE” DE YURI VÁSQUEZ POR ELTON HONORES


Elton Honores
Universidad San Ignacio de Loyola

Cortometraje (2010) de Yuri Vásquez (Arequipa, 1963) es uno de los libros de cuentos más importantes publicado en el nuevo milenio. No es extraño que buenos narradores permanezcan aún en el desconocimiento público; no lo es, sin embargo, que el circuito de la crítica limeña les preste tan poca atención a casos como el de Yuri, salvo excepciones (Ricardo González Vigil, José Donayre) o en su defecto, sea incapaz de procesar la enorme y saludable producción tanto de provincias como incluso la de Lima que se aleja de los tópicos dominantes (que huelen ya a viejo) o que les preste más atención a escritores de dudosa calidad o aún en proceso de consolidar un proyecto narrativo sólido. El caso de Yuri Vásquez es modélico en ese sentido. Ganador del Premio Copé de cuento del año 1994, Vásquez corría el riesgo de convertirse en acaso uno de los varios ganadores de importantes concursos con un solo cuento, que tiempo después desaparecen de la escena. Con Cortometraje, Yuri Vásquez termina por saldar una deuda con los lectores de sus libros inéditos, anunciados ya desde hace más de 15 años.

Con ecos cortazarianos en “Pithecántropus Erectus (o La tribu de los Ichipawa)”, cuento con el que se abre el libro, el lector es consciente que se encuentra frente a un narrador que domina el oficio, con una prosa que fluye naturalmente como las improvisaciones propias del jazz, o mejor aún, con el hálito de vida que requiere la ficción para hacerse creíble, sorprendente, misteriosa, insólita, fantástica. El cuento es también clave porque propone una de las tensiones del libro: la civilización/ barbarie, con todas las implicancias posibles de concebir. Verbigracia: en este cuento asistimos a una violencia bárbara ritual enfrentada a la vida anodina y mediocre de la ciudad. La doble vida de los personajes que fuera del espacio familiar, de la casa, asumen otros roles (¿sobrevivencia? ¿Perpetuación de hábitos y costumbres primigenias, innatas? ¿Refracción de la violencia política real?). Esta doble vida familiar de los padres se verá enfrentada a la inocencia de su único hijo, ignorante de las violentas prácticas de sus padres. En “Canto de lucha haitiana”, cuento con el que se cierra el libro, en un juego metatextual con el primer cuento, asistimos a las tensiones del propio hacedor de ficciones que se ve enfrentado en la representación de la pura violencia o en el imperativo moral de dar una solución moral al inocente personaje del hijo. Porque escribir es también asumir un compromiso, un matrimonio (como señalaba Reynoso en los 70). No estoy seguro si exclusivamente con la realidad (lo que derivó en cierta literatura usada como plataforma para resolver imaginariamente problemas reales del Perú), pero sí quizás con lo que entendemos por “humanidad” en sentido amplio y menos localista de la palabra, además del compromiso con su propio universo de ficción.

Me siento tentado a hacer una recensión más extensa del libro, pero prefiero que el propio lector descubra este magnífico libro. Agregare simplemente que una imagen recorre inconscientemente el libro: el matrimonio como apertura o instauración de otra realidad, es decir, varios de sus personajes se encuentran en ese nuevo estado o próximos a éste, que desestructura su vida anterior, más aún con la aparición del nuevo ser, o de amores extraños. De estilo cinematográfico, el libro juega con otras posibilidades como el relato policial, lo onírico, lo insólito y sobre todo lo fantástico. No dudo en decir que nos encontramos frente a un libro redondo, una absoluta obra maestra de la narrativa peruana contemporánea.

Yuri Vásquez. Cortometraje.
Arequipa: Cascahuesos, 2010. 116 pp.


* Tomado del blog Iluminaciones de EH.

21.12.11

MUSSÓ Y LAS LUCES LITERALES QUE NO LO QUIEREN SER (PRIMERA PARTE)


Por Wilfrido H. Corral

El homenaje de un escritor a otro, como el de la literatura en la literatura, tiene una larga tradición, de romper la tradición. Con Oscurana Luis Carlos Mussó muestra lo que no hay que hacer para que esos guiños, calcos y alusiones puedan degenerar en copias o plagios pobres, así que la palabra clave para poner en perspectiva la abundancia de esos esfuerzos hoy es “escritor”. Mussó lo es con creces, sobre todo porque es un poeta que también está bregando en su novela con un autor canónico de su país, Pablo Palacio, que, hasta Oscurana, había sido venerado con un respeto del cual se hubiera burlado el paradigma. Por esa razón las venias e imitaciones de otros escritores no han sido tan abiertas, paradójicamente haciendo que su intención de sutileza sea demasiado evidente. Muy consciente de esas fallas, Mussó atenta contra el maestro, con claroscuros semánticos y conceptuales, tergiversando los del cuento “Luz lateral”, de los años veinte. Desde esa antesala no hace otra cosa que complicar más su homenaje, mezclando ficción e historia, lo cual parecería de rigor para su generación. Pero en este caso ese molde se rompe, y diferente de otras estratagemas similares, no se le pide a los lectores que armen un rompecabezas, porque la narración de Mussó deja claro que la Historia de Palacio ha sido escrita hasta la saciedad, u oscuridad.

El autor sabe muy bien, como evidencia Oscurana, que aquella historia incluye el peso del pasado empírico, visto principalmente desde la crítica sobre el maestro, la reiterativa y la novedosa; y aunque no le preste mucha atención a ella, aquí funciona como faros que despliegan una luz que nunca llega a iluminar del todo. Es más, Mussó tiene que lidiar con la carga o angustia de influencia de su propia generación. Si no le preocupa mucho cotejar su escritura con algunos posmodernismos del momento, tampoco quiere ceder a una gran obsesión de buena parte de sus coetáneos latinoamericanos: la lucha entre escribir una “autobiograficción” y una novela total, o “luminosa”, como intentó el uruguayo Mario Levrero. ¿Podré decir que este proceder se da “a todas luces”? Sí, porque estas pertenecen a Mussó por la obra que ha escrito, y se puede continuar diciendo que logra desatarse de las presiones que he mencionado para permitir valorar Oscurana por lo que es: una novela que no da ningún indicio de ser primeriza.

El hilo conductor de esta novela surge de todavía otra carga generacional cada vez más popular en este siglo: construir una biografía de un auto celebrado, que por estar tan desfamiliarizado actualmente es más un personaje literario que la persona real que existió. No debe sorprender entonces, y ahí comienzan varias complicaciones felices, que Mussó divida su novela en tres partes simétricas (siete capítulos breves para cada una), más una especie de epílogo de género fantástico, como esas vidas “normales” que tienen un principio, centro y final abierto. Esta parcelación está armada con las irradiaciones que Roland Barthes llamaba “biografemas”, neologismo suyo para referirse a “una serie de destellos de sentido que conforman algo así como ‘una historia pulverizada’ de un narrador, de un pintor, de un poeta”. Es decir, con ese ardid se intenta trazar una especie de vida de un autor a través de sus escritos. Este es un proceder desafiante, porque la mayor complicación para los biógrafos de Palacio es y seguirá siendo lo poco que se sabe a ciencia cierta sobre las experiencias personales del gran escritor lojano.

Mussó reconoce además que no se puede construir una vida a posteriori, particularmente cuando no hay los elementos ni la tradición en el Ecuador o Latinoamérica de escribir biografías literarias. Entonces se apega a lo literario, añadiendo referentes culturales actualizados, además de componer su novela con características de otros géneros. Para añadir al misterio que es Palacio, las partes de Oscurana se fragmentan para su presentación como los “misterios” del rosario católico, en principio durante tres semanas, aunque el tiempo interno de la narración ocupa varias décadas. Esa es la fórmula que ha encontrado para juntar historias especulativas, algunas factibles, para a la vez ceñir su propia originalidad. Por esta decisión la novela obviamente nos permite leer más a Mussó que a Palacio.

El “presente” de Oscurana es 1996, convertido en el presente de un Palacio que aparentemente seguía vivo en el Guayaquil donde se supone que murió. No viene al caso dar más ganchos para la trama, porque si Mussó no les pide a los lectores que la armen, como digo arriba, tampoco es la responsabilidad o papel de este texto mío revelar sus recursos, o manifestarme sobre los cruces de biografía, hagiografía, anecdotario/chisme y leyenda sobre Palacio. Mussó quiere superar a los lectores cómplices, y si el lugar físico recreado se apega al literal guayaquileño, una ambientación superior juega con los clichés sobre el mundillo de borracheras, putas, música y tristeza que no deja trabajar a nadie en el trópico, para impulsar a los trabajadores intelectuales a una eterna abulia de la cual no se arrepienten, porque por lo menos es divertida, y sólo al puritano le importa que no sea así.

Entre las líneas de ese andamiaje, en la primera parte (capítulos 1 a 7) se presenta al protagonista Alejandro Elghoul, que lleva a cabo tanta investigación sobre Palacio que termina consubstanciándose con el autor de “Luz lateral”, particularmente en sus diálogos ebrios. Desde esta parte aparece un anacronismo temporal que revela que no se está ante una experiencia mística, porque los misterios de la luz, o luminosos (días o capítulos 4 y 6) fueron sugeridos por Juan Pablo II en 2002, seis años después del presente de la narración. Pero no importa, porque cualquier gesto religioso representado no tiene nada que ver con un San Palacio, sobre todo cuando esas aventuras de Elghoul se trasladan a otros fragmentos de la novela.

Para añadir a los desencuentros y destiempos, se lee una carta de Hitler (cap.17), se habla de hallar una novela extraviada de Palacio (cap.20 en adelante, aunque ya anunciada en el 10), y se cruzan especulaciones sobre la cultura intelectual y popular estadounidense (cap.6). Estos despegues sirven para aumentar y enriquecer la cosmovisión presentada, nunca para hacerla borrosa. Varias partes, algunas narradas básicamente en segunda persona, se rigen por la dinámica de la entrevista informativa, porque no hay libros escritos, sólo pocos testigos de primera vista o fiables (no que el narrador lo sea), y en 1996 el investigador va con un medio siglo de atraso. Es más, si se fragmentara su nombre a “El ghoul”, el resultado sería una alusión bilingüe a “el morboso” o “el necrófago”, características que surgen de regiones oscuras.

Para complicar esa falsa progresión todavía más, cada capítulo está presidido por los conceptos o sensaciones expresados en los misterios del rosario. Así, por ejemplo, los martes y viernes (capítulos 2, 5; 8, 12; 15 y 19, en la progresión de las tres partes) se refieren a los tiempos de enfermedad de Palacio. La segunda parte (capítulos 8 a 14) alude a la historicidad más conocida del lojano, y para complicarla, aparte de estar narrada en tercera persona y la omnisciencia que suele acompañarla, Mussó hace que la esposa de Palacio sea requerida en amores (tema privilegiado en los escritos del marido) por un farsante. La tercera parte incluye los capítulos 15 a 21, pero como vengo diciendo, si se quiere “normalizar” el texto, vale guiarse por la adjetivación del misterio de cada día, orden que adquiere un significado mayor al relacionárselo a la vida que se conoce de Palacio.

16.12.11

4 DÍAS 4 ENTRE PÁJAROS Y ÁRBOLES: PROGRAMA


El blog Laguna Brechtiana y la revista Trafalgar Square invitan a 4 días de poemas escritos entre pájaros y árboles:

Día 17 de diciembre:

• Recepción, aclimatación y serenata en el Bosque de Ranhuailla: mates de coca, y copa de chuchuhuasi al calor de las fogatas: lecturas de poesía al desgaire.

Día 18 de diciembre:

• Desayuno con café de Sandia, caminata y safari fotográfico por la mañana en el pinar.
• A medio día pintar y escribir poemas en el muro de tocuyo en pleno bosque mientras la pachamanca florece en olores y los corderos a la brasa brillan.
• Por la tarde música campesina con pampa piano.

Día 19 de diciembre:

• Desayuno sin diamantes y con resaca y salida hacia Urubamba por el camino de San Salvador. La fiesta con orquesta y cacharpari la ofrecen Yoyo Manrique y Raúl Tola (padre).

Día 20 de diciembre:

• Salida de Urubamba hacia Ollantaytambo para tomar el tren a Machupicchu.
• Paralelamente se irán hilvanando dos Documentales de la Performance. Todos seremos los actores principales. El movimiento está asegurado.

15.12.11

VIERNES 16: PRESENTACIÓN DE “RITO VERBAL (POESÍA PERUANA DEL 2000 - 2010)”


Estimados poetas:

El día viernes 16 de diciembre a las 6:00 p.m. en la Casa de la Literatura Peruana será presentada la muestra poética Rito Verbal (Poesía peruana del 2000 - 2010), realizada por el poeta Raúl Heraud durante casi 3 años, y publicada a través de Elefante Editores.

La muestra cuenta con 42 poetas procedentes de Arequipa, Ayacucho, Cajamarca, Cusco, Chiclayo, Chimbote, Huacho, Ica, Ilo, La Libertad, Lambayeque, Lima, Tarapoto y Trujillo. Por ello, los invitamos a celebrar la poesía y vuestra aparición en la muestra. Presentan:

• Hildebrando Perez
• Miguel Ildefonso
• Raul Heraud / Cesar Pineda (Dirección editorial)

Integran la muestra:

• Adrián Terán
• Ana María Falconí
• Andrea Cabel
• Arianna Castañeda
• César Panduro
• César Pineda
• Claudia Cáceres
• Cromwell Castillo
• Dalia Espino
• David Del Águila
• David Jiménez
• Denis Castañeda
• Denisse Vega Farfán
• Diego Lazarte
• Eduardo Borjas
• Enrique León
• Giancarlo Huapaya
• Giuliana Llamoja
• Indira Anampa
• Jean Marie Cook
• Joe Montesinos
• John López
• José Jiménez
• José Córdova
• Josué Barrón
• Karina Moscoso
• Karina Valcárcel
• María Miranda
• Martín Zúñiga
• Melissa Patiño
• Michael Jiménez
• Miguel Ángel Vera
• Óscar Saldívar
• Paolo Astorga
• Paul Guillén
• Renato Felices
• Rafael García Godos
• Raúl Heraud
• Vanessa Martínez
• Víctor Ruiz
• William Gonzales
• Wilver Moreno

VIERNES 16: PRESENTACIÓN DE “HIJOS DE PUTA / 15 POETAS LATINOAMERICANOS”


El Grupo Editorial Hijos de la lluvia, presenta este viernes 16 de diciembre la muestra de poesía latinoamericana Hijos de puta / 15 poetas latinoamericanos. La cita es en el Bar Cela de Lima a las 19:00 horas, y la presentación estará a cargo de:

Walter L. Bedregal Paz
Coordinador y Director de la Colección:
Letras de la poesía latinoamericana

Darwin Bedoya
Selección y notas

Además se realizará una lectura de poesía a cargo de:

• Victoria Guerrero
• José Carlos Yrigoyen
• Miguel Ildefonso

Los esperamos

14.12.11

“ESTÉTICA DE LAS REVELACIONES”: UN BUCEO HACIA LO FILOSÓFICO / POÉTICO DE LOS UNIVERSALES. A PROPÓSITO DEL LIBRO DE CROMWELL CASTILLO


Por Nicolás Hidrogo

La Poesía siempre ha servido para cantar las emociones, las cuitas y la desesperación del sentimiento humano, así como para celebrar festivamente sus efímeras alegrías. Pero la Poesía también ha servido para exorcizarse así mismo, para filosofar y alcanzar un nirvana lleno de posiciones calidoscópicas.

En “Estética de las revelaciones” de Cromwell Castillo Cabrejos, hay un intento deconstructivo por empatar cuatro elementos esenciales de la filosofía griega: Agua, fuego, tierra, aire. Universales que corresponden a una concepción de los elementos constituyentes de la vida y que adoptan la forma de Poiesis. Castillo toma como ejes matrices cada uno de estos elementos y se transfigura pretextalmente para generar una construcción introspectiva, para elucubrar su propia filosofía y metapoesía, para engendrar más dudas que certezas, para abrir nuevos derroteros de mirar desde adentro a la poesía, para hablar de ella misma a partir de la experiencia sensorial, para iluminar el camino del poeta lleno de incertidumbres.

La poesía de Cromwell es sensorial, es metafísicamente un trozo sintético de emociones refundidas, es un revoltijo articulado de expresiones filogenéticas, es un caos ordenado sincrético de emociones propias y una visión holística del mundo, de lo que le ocurre y la mirada curva de la poesía en torno a su mundo real y emocional. Es una poesía con una alta dosis de estructuración y refundición. Poesía que ha sido cocida a fuego lento y que cual crisol refleja su esteticidad por su concisión seguidilla.

Remontándose a las viejas concepciones aristotélicas y presocráticas, Cromwell elabora un metadiscurso que fusiona poesía y Filosofía. En este libro se encuentra su concepción de arte, su mirada de poeta y allí mismo redescubre sus propios fantasmas sociales: un anomia que carga en sí los universales de la soledad, la angustia existencial, la mirada de reojo de la estética misma, pero fundamentalmente del hombre, de ser contextualizado.

La poesía de Cromwell aparentemente es un discurso pretextual, es una construcción endocéntrica que parte de su centro poético, pero que abarca el entorno de la esencia de las cosas, el palpitar de la vida misma, su concepción de arte, vida, política, soledad, amores y autodestrucción.

El poemario es un diálogo permanente alusivo con la poesía, con el poema, con el arte de poetizar. Engancha y articula elementos cosmogónicos: Agua para vivificar la vida. Fuego para extinguir las propias penurias terrenales. Tierra para construir esperanzas mundanas. Aire para sentir la frescura de la libertad e ir más allá. La poesía es el manantial cuyo rescoldor nos cobija y nos da el soplo de vida.

Hay en la poesía de Cromwell una vitalidad de imaginería madura y cincelada tan preclara, que cada verso parece haber sido tallado y reducido de una montaña de palabras en apenas un nucleó tectónico que dice lo esencial para imaginarse o inferir todo lo demás.

12.12.11

MAGNÍFICA MARÍA ZAMBRANO CON ALMA DE MARFIL


Cuando la filosofía se extraña de la poesía y la contempla en su afán elongado, la cifra de Lezama por ejemplo parece como viento estirarse entre los gatos de papel perdido o entrecomillado. Se sabe innecesaria la filosofía con su cuerpo estático. Se sabe otra cosa. Se sabe cuerpo perezoso de nostalgia que no arriesga a abrir la boca que no dice ni mu. Pero allí están frente a frente como en un duelo a navaja partida nuevamente Poesía y Filosofía. Y María Zambrano lo dice con su música de amores terrenales y también divinos: A pesar de que en algunos mortales afortunados poesía y pensamiento filosófico hayan podido darse al mismo tiempo paralelamente, y de que en otros, más afortunados todavía , poesía y pensamiento hayan podido concertarse en una sola forma expresiva, la verdad de que pensamiento filosófico y poesía se enfrentan seriamente en diversos grados que llegan hasta la exclusión total, a lo largo de nuestra cultura, desgarrándola, parece imponerse por sí misma. Un desgarramiento de la cultura, de la tradición. Pues que cada una de estas dos formas de saber y de expresión filosofía, poesía quiere para sí enteramente el alma en que anida y es causa de tantas vocaciones malogradas, de angustia sin término anegada en la esterilidad, de enajenación.

Supongo que esos mortales afortunados se han convertido con el tiempo en profesores de Estética en universidades prestigiosas a pesar de su angustia sin término anegada en la esterilidad. Y aunque no haya sido así, en otros teatros y en otras latitudes la tonadilla no ha dejado de preocuparme. Platón y su logos triunfal no ha dejado de perseguirme convirtiéndome en un rebelde sin máscara. Es así que retozando en el recuerdo me encuentro con Agustín García Calvo y María Zambrano y, nuevamente comienza el escozor.

De Vladimir Herrera para Roberto Echavarren.

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* Tomado del blog Laguna brechtiana.
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