17.5.09

LAS HUELLAS EN EL ESPEJO: APUNTES SOBRE «EL MONSTRUO DE LOS CERROS»


Escribe: Darwin Bedoya

«En sacrificio y ofrenda no te deleitaste, estos oídos míos
los abriste. Ofrenda quemada y ofrenda por el pecado
no pediste. En vista de eso dije: aquí he venido, en el rollo
del libro está escrito de mí.»
SALMOS 40: 6, 7

UNO: Los orígenes: La furia de los Apus y el mito del degollador

«Te ofrezco mi historia/ como a Dios el cordero tierno.» Son los dos primeros versos/sacrificios que aperturan el poemario «El monstruo de los cerros» de Filonilo Catalina, ganador del IV Concurso Regional de poesía Premio Eros 2009, organizado por PRONEPSA «San Román», el cuaderno bimestral de poesía «Lágrimas de Cocodrilo» y el taller de creación literaria «La Tribu de los espantapájaros». Este es motivo más que suficiente para revisar nuevamente la poética de Filonilo, ganador también, en el 2005, del Premio Copé de bronce con «El monstruo de los cerros», del cual nos ocupamos enseguida.

Los dioses, en sus diversos matices y deificaciones, siempre han existido en todas las culturas, desde la aparición de los primeros humanos. También sentaron su presencia los rituales, como parte de las formas de vida mística de las civilizaciones genésicas. A partir de los rituales empezaron a cobrar importancia las formas de acercarse a los dioses, «Apus» para la cultura andina, cada vez que estos se enfurecían y necesitaban algún «obsequio» para aplacar su ira; paulatinamente se fue tornando en plato predilecto, para los dioses, el sacrificio humano. Una de esas formas fue la degollación que, como sacrificio significa que la vida de la colectividad está por encima de las vidas individuales, pues la ofrenda tiene por objeto conseguir el beneplácito de los seres del otro mundo para que no sucedan tragedias como cataclismos, sequías, diluvios, pestes; para que la cosecha sea buena, para que la tierra esté contenta, para que la especie se procree, para que la conquista de territorios sea la mejor, etc. Es a raíz de estas representaciones que el degollador se torna en un personaje que cumple una función o encomienda sagrada al realizar su labor tan vital para la tranquilidad de los pueblos.

¿Quién osaría desafiar la furia de los Apus? Desde los relatos bíblicos que narran sacrificios, hasta los más recientes, siempre se ha hablado de los sacrificios humanos. Verter sangre humana era una manera de humillarse y la vez de alcanzar el honor para expresar la gratitud y pagar la deuda a los dioses por el sacrificio que hicieron ellos mismos en la creación del mundo. Cuando el sacrificio consistía en ofrecer la vida de otra persona, ésta era raramente un esclavo (ya que el sacrificio era menos valioso). Normalmente debía ser una persona libre ofrecida voluntariamente o un prisionero de guerra. Una muchacha virgen era el deleite, casi como un mozo casto.

En la cultura andina, el degollador también ha tenido una presencia casi mítica, ha existido siempre, su vigencia y trascendencia ha estado ligada a la vida de los Apus y los mortales. Desde el apogeo de las culturas peruanas hasta nuestros días ha existido este personaje en nuestra cultura. Una de las culturas más vinculadas, en Perú, con el enigmático degollador, ha sido la cultura Mochica. Pero el asunto del degollador no ha quedado en las culturas peruanas como algo histórico, sino más bien que, con el paso de los años ha ido variando su denominación, pero sus rasgos característicos han sido los mismos; entre sus otros nombres están por ejemplo: «nakaq» palabra quechua que significa degollador. Proviene de «nakay» (degollar) y se usaría para señalar la acción de destazar a una res o algún otro animal. Empero, este vocablo también se utiliza para denominar a los temibles degolladores de seres humanos, lo cual nos llevaría a pensar que el término sufre una extensión en su significado original. La palabra no resulta ambigua como parece. Según Arguedas, «nakay» específicamente denomina al degollador de seres humanos, y no a los de otro tipo.

Este mismo término, en una variación geográfica va adquiriendo otras grafías, por ejemplo ahí está el «pishtaco», el «kharisiri», el «sacaojos», etcétera, quienes no son otros que el mismo degollador pues cumplen esa función de ser nexo entre los mortales y los dioses a raíz de las ofrendas que se puedan ofrecer. Es de este terrible personaje, del que se cuentan tan pavorosas historias, es de este mito que como una huella en el espejo ha sido trasladado hasta los parajes escritutarios, es el tema del más reciente poemario de Filonilo Catalina o Luis Rodríguez Castillo (Coaza, Puno, 1974), quien en su poemario «El Monstruo de los cerros», Ediciones Copé, 2005, 60 pp. están los versos que nos erizan la piel.

El ideario temático que asume el punto de partida en el discurso de «El monstruo de los cerros» es aquella noticia del monstruo que fue matando selectiva y metódicamente a sus víctimas, sin dejar huellas por supuesto. Las víctimas, las cavilaciones, los lamentos, las noticias y otras representaciones estróficas hacen del poemario una construcción de tono coloquial donde se conjuga el escepticismo y la ironía detrás de un hondo lirismo que apunta hacia aquella muchacha de agua que siempre vive en la mar. Este libro/elogio de la locura es una forma de eternizar aquel suceso, mitificar un personaje (el monstruo de los cerros), poetizar una historia y, sobre todo, hacer que la poesía registre en este intersticio que fabula la invención y la realidad y, allí mismo, sea posible ver la delgada línea que las separa. «El monstruo de los cerros» es un buen intento por salir de los «ghettos» poéticos y plantear una nueva estancia, un lugar no recurrente en la nueva poesía peruana.

DOS: Espejos enterrados: La sensibilidad de «El Monstruo de los cerros»

«Yo también / fui un señor de lentes / que por las tardes / —siempre después del maldito tráfico— / regresaba con hambre a casa / perdido / caminando entre señales de tránsito.» En estos tiempos, —y volviendo la atención al poemario—, el monstruo de los cerros parece ser el tipo de degollador un tanto más moderno. Es un depredador que aparece en la ciudad y desde ella elige a sus víctimas para sacrificarlas como pago a algún dios o como una simple tendencia criminal. El monstruo de los cerros es uno de esos seres que ha huido para encontrarse a sí mismo, se ha visto en un espejo frente a frente y no ha tenido escapatoria. Este monstruo podría ser el «Hannibal Rising» de Thomas Harris, el «Dick & Perry» de Truman Capote o algún personaje de «Chakushin ari» de Rempei Tsukamoto u otra historia de Allan Poe, o tal vez el mismísimo ninja: Cho Seung Hui, aquel norcoreano silencioso que terminó con la vida de 32 de sus compañeros en la Universidad de Virginia Tech. Cho; pudo ser Pedro Pablo Nakada Ludeña, conocido también como «El depredador de Huaral» o simplemente y para mayores señas «El degollador», en realidad el monstruo de los cerros podría ser uno de aquellos que tiene la sangre fría como la nieve, pero que muy dentro de él tiene, al margen de su espíritu psicópata o apariencia de loco, un corazón desde donde se podría destilar poesía, como ocurre con la ternura de este monstruo.

Muy dentro de este abominable ser hay una sensibilidad que lo lleva a redimirse, a llorar si fuera posible por los crímenes, aunque después de cometidos no tenga un solo sentido, pero es posible saber de ese mínimo instante, esa luz que lo hace tornarse humano, persona, ángel o incluso ave, por ejemplo, Nakada, una vez tras las rejas, afirmaba lo siguiente: «Yo era un niño que admiraba a mis hermanos mayores, ellos en cambio me odiaban, pero nunca vivimos juntos una buena temporada, mi familia se deshizo, mi padre maltrataba a mamá, sufrimos mucho, tuvimos que vivir con un tío, con una tía, con una vecina, mis hermanos me golpeaban, me hicieron mucho daño, y yo los extrañaba, hasta el final los recordé, les pedí una mano. No me olvido nada.» En tanto que Filonilo Catalina diría: «Me voy / pero dejo a mi madre / ella / como siempre / rezará apretando en sus manitas lo poco que queda de mí / también dejo mis ojos / más negros y más grandes que la caída de Lucifer».

La primera noticia de este «monstruo» la recibimos a través de «Memorias de un degollador» 2000 (Plaquette de poesía), después llegó hasta nuestras manos «El monstruo de los cerros», edición que nos convoca, con modificaciones y algunos poemas incluidos que hasta cierto punto resquebrajan la estructura del texto precedente, el cual sí tenía una ilación temática extraordinaria, incluida la atmósfera que de por sí le brindaba un halo coherente y conexo con el título y una estructura distributiva de los poemas y las remembranzas ordenadas que apuntaban al monstruo. Sin embargo, la poesía de Luis Rodríguez Castillo no deja de poseer la persistencia del lirismo de carácter tierno y una cierta levedad afín al lenguaje coloquialista y/o conversacional de la otrora poesía nueva, este lenguaje nos lleva a recordar aquel conversacionalismo que ciertamente logró una cosmovisión distinta, pero que exageró los elementos de ruptura en detrimento de las necesarias continuidad y diversidad. Con sus primeras luces en «Poemas y antipoemas» de Nicanor Parra y «Aullido» de Allen Ginsberg en 1956; el periodo de los imaginistas y su vinculación a ese «británico modo» de expresión poética; que luego atravesaría por una serie de estancias donde tendría como territorios fronterizos al costumbrismo poético, el postmodernismo, el exteriorismo, las vanguardias y la antipoesía de la que hablaba Fernández Retamar y que magistralmente escribiera el maestro Benedetti.

En este marco se puede decir que el conversacionalismo, en Hispanoamérica, fue llevado a la cima por Ernesto Cardenal y en Perú por los poetas de la Generación del 60 y que en las posteriores décadas no ha dejado de causar interés, pues en los años 90 y post 2000, todavía sigue siendo empleado como recurso o epicentro discursivo en los grupos de los noveles poetas en los que, por el lenguaje, se inscribe Luis Rodríguez. Para nadie es secreto que el conversacionalismo orientó su estética hacia la expresión del mundo inmanente, al que trató de dotar de una nueva trascendencia, lo que, por supuesto, no logró siempre. El conversacionalismo, apela a una comunicación aparentemente directa de experiencias cotidianas por parte de sujetos claramente identificables con la clase media. Alguien podría acusar a este «espacio» de autobiográfico y simplista, pero es claro que en sus más interesantes representantes lo que hay es un proyecto literario (y por ello una retórica, en el mejor sentido de la palabra), no la transcripción directa de vivencias y emociones de los autores. No se piense, entonces, que se trata de una poesía ligera o light. El adelgazamiento del mundo que existe en los textos responde sin duda a otros objetivos. Es por ello que puede decirse también que este coloquialismo mostró las transformaciones revolucionarias en la realidad, creó una conciencia muy profunda de la imbricación del poeta con su circunstancia (en nuestro autor se notará claramente este aspecto), y, además, testimonió los dramáticos conflictos del hombre por transformarse a sí mismo y a su contexto, de ese modo, realizaba una crítica agria y profunda de su pasado y, precisamente esas proyecciones han calado hondamente en la conciencia poética de los lectores.

En este espacio literario donde cobra vital importancia el conversacionalismo, que marca un «nuevo» territorio para el discurso poético, es preciso tener en cuenta que los rasgos en los que se desplaza este tipo de poesía coloquial, tiene que ver con aquel lenguaje de asombro ortodoxo, puro, lírico y marginal, como tendencias del mismo lenguaje coloquial, dentro del cual, será posible aún, percibir una estela de vanguardia frente a una realidad inmanente dentro de las zonas expresivas del conversacionalismo lírico reflejado en «El monstruo de los cerros». El lenguaje de Luis Rodríguez está contenido por aquel sentimentalismo del que fácilmente se puede desconfiar, precisamente por ese desliz sentimentaloide, además, su trama de sensualidad fenoménica, aparencial, existencial y, en fin, «testimonial»; es la que cobra un discurso altamente lírico, hasta elegiaco, que podría llamarse trascendentalista por las vibraciones que ocasiona con el conjunto de imágenes que acompasan los versos. Esto quiere decir que en la poética de «El monstruo de los cerros» hay una significativa irrupción de la laboriosidad con el trabajo del lenguaje, empero, toda esa carga de verbo e imagen tiene, en el fondo, una ascendencia, como dijimos, vanguardista, donde a su vez, el discurso va adquiriendo un corpus singular, una suerte de mito utópico y un acendramiento cuasi filosófico de la existencia. En ese sentido puede hablarse también de un entusiasmo, una preocupación creadora multifacética, del mismo modo, de una preocupación ontológica, una fragmentación asumida como plenitud: un caos del ser, pero sin descuidar esa mirada preocupada de la variante cosmovisiva, tal como la que se va creando con el mito, pues éste aparece como respuesta a situaciones de violencia extrema, generada por el otro opresor.

Actualmente, el mito permanece enterrado en el subconsciente colectivo, mas no significa que haya sido olvidado. El rebrote de movimientos terroristas podría despertarlo y crear un ambiente de pánico en la población. El mito nos muestra la violenta relación asimétrica entre el centro y la periferia, donde Lima es quien devora a las provincias. Pero, la voz del poeta persiste más allá de los temores y de los vacíos o los anuncios… La poesía en «El monstruo de los cerros» está cifrada por un halo de «ethos» que marca el gesto creador, la filiación a la escritura misma, la certidumbre en la potencialidad verbal de la poesía como una forma irreductible de conocimiento de la realidad, así como una extraña y a la vez conocida resistencia desde la poesía frente a una circunstancia hostil, a la par de desplegar ese discurso funcional y ávido de tomar en sus manos todo lo que encuentre en su camino, casi como una apertura de un nuevo espacio poético que a pesar de su rostro deleznable sigue gustando y vibrando.

En los cánticos de «El monstruo de los cerros» los mecanismos poéticos de la expresión se hallan mediados por el reino de las imágenes que no apelan a un significado fuera del mismo juego de la representación, en este caso mítica del monstruo. La paradoja consiste, entonces, en no poder tratar de manera directa el referente. Pero estas imágenes que se alejan de lo convencional parecen traspasar lo imaginable, y es que se sientan en lo concreto, debido justamente a que nacen de una especie de asombro, tal como en los años veinte los surrealistas (Breton y sus secuaces), buscaron en la ensoñación quimérica y en la escritura automática, las formas para hallar la voz poética, de igual modo los Beats vieron en la prosodia de un nuevo ritmo la depositaria de una creación más honesta, directa y comunicable. Reaccionaron contra el New Criticism, la metafísica y la New Agarians, desenfrenando el verso libre hacia lo que Jack Kerouac llamó «Sponateneus bop prosody», que se puede caracterizar por un discurso entrecortado y libre de las marcas retóricas reguladoras de la dicción. La voz de Rodríguez parte de una especie de maquinación lírica, desde unas luces que se originan en épocas precedentes donde el coloquialismo acerca el texto poético a una especie de relato «autobiográfico», a veces con matices de verosimilitud y de ficcionalidad, para de ese modo separar la historia, situando así fragmentos de la realidad con los de la ficción.

Finalmente, «El monstruo de los cerros» es el intento no fallido de inventar una poética que suplanta el misterio del mundo, utilizando la palabra exacta para reemplazar aquella que en proceso del nombrar se da por perdida, en esta poética se muestra el ejercicio del poeta. La palabra es la clave y el origen, la palabra es acción: para el poeta decir es acceder a la certeza de la existencia y a la posibilidad de argumentarla. La palabra debe ser como la sombra, que va allí donde uno va. Y aquí es ineludible justificar una vez más a la poesía, aunque ella no lo necesite, pero aquí va lo que Riechmann dice sobre las posibilidades y la existencia de la poesía: «¿Qué puede la poesía?, les preguntamos una y otra vez a los poetas. La poesía puede recordarnos que somos mortales, y que sabemos de resurrecciones; que la frágil lumbre de la conciencia está entretejida de palabras, y que éstas son material inflamable; que no tenemos que aceptar las definiciones de lo nombrable y lo innombrable impuestas por el Amo; que la belleza siempre está ahí, dispuesta o posible; que la tragedia forma parte de nuestra condición, que el ser humano aspira a lo abierto y merece superar los espacios de reclusión y oclusión.» hacemos nuestras estas palabras de Riechmann y agregamos que la poesía es también una canción que no termina y seguirá sonando en la eternidad, casi como la existencia del tiempo que la mide.

15.5.09

ALABANZA DEL LIBRO: POR CÉSAR HILDEBRANDT


ALABANZA DEL LIBRO

Escribe: César Hildebrandt

Hay un ingenio electrónico que por ahora se llama Amazon Kindle 2 y que pretende ser la página de un libro.

De libro, nada. Es un estuche helado que te venden con una biblioteca “clásica” incorporada: 1,500 libros que algún angloparlante trepador habrá considerado “imprescindibles”, pero donde no estarán los libros ermitaños que descubriste en una librería de viejo, los libros infames que compraste para enriquecer tu lado oscuro, las cartas de aquel inquisidor portugués, el diario de Gide, el mamotreto de Francisco Delicado, el Cinema de los Sentidos Puros, las elegías inventadas de Xavier Abril, la Historia de la Nada, de Givone.

O sea que te venden la biblioteca que no escogiste, del mismo modo que compraste la casa que no ideaste y de la misma manera que toleras la televisión que no imaginabas o el gobierno por el que no votaste.

¿Y a eso le llaman progreso?

Pues ya me verán, escopeta en mano, mismo “Unabomber” de la lectura táctil, defendiendo los fueros de la arbitrariedad, la soberanía, el individuo y el derecho de escoger.

¿Así que me venden un aparato que finge ser un libro y una biblioteca que aspira a que la adopte? ¿Y todo para leer a Nabokov en una pantalla de cristal líquido, de modo que no puedo subrayar, con el lápiz que me dé la gana, aquello del “cetro del amor”? ¿Así que la civilización consiste en dejar al viejo herrero Gutenberg y permitir que cualquier Bill Gates me diga qué y cómo leo? ¿Así que en vez del sonido del paso de las páginas el parpadeo de la pantalla?

Uno de los pocos sueños que he podido realizar ha sido este modesto sueño de vivir entre libros. Mi casa es una librería con baños, un dormitorio amenazado por los libros, un mundo de papel.

Los libros han significado para mí la multitud de la que siempre huí, las conversaciones en las que no quise estar, los consejos que desdeñé, la sabiduría que quise beber en soledad, los personajes que habría querido ser, las palabras que no se me ocurrieron, los viajes que me perdí, las miserias que me sonaron cerca.

Victor Hugo escribió que algunos tienen bibliotecas así como un eunuco puede tener un harén. Puedo jurar por el Dios del que dudo (y que sé que no nos ama) que ese no es mi caso. No diré que he leído todo lo que tengo. Sí puedo decir que todo lo que tengo (que es muy poco) se lo debo a lo que he leído.

Un libro no es sólo el placer de la lectura. Es también textura, luminosidad del papel, belleza de la tipografía, sabiduría de los márgenes. Y es, sobre todo, vida orgánica. Es decir, capacidad de envejecer. Un Amazon Kindle 2 podrá no lucir flamante pero no puede envejecer. Será constantemente superado por nuevas tecnologías de almacenamiento, pero jamás se amarillará.

Hay libros que se han gastado conmigo. Tienen en sus portadas y en sus páginas huellas de divorcios y mudanzas, heridas de gotera, despatarramientos y hasta desencuadernamientos por haberme quedado dormido sobre sus lomos. Con sus achaques, sus páginas dobladas en las puntas, su humedad y sus ácaros me recuerdan el tiempo transcurrido. Son un reloj coral, testigos ciegos.

Dicen que, en el futuro, 3,500 libros podrán caber en la memoria de uno de esos aparatos novedosos.

No lo dudo. Pienso que eso será perfecto para el minimalismo de lo que vendrá: departamentos estilo Tokio, colmenas-nichos, breves ataúdes surgidos de la falta de agua y la superpoblación. En ese mañana que ojala no se cumpla sí será bueno que la biblioteca de un lector repose en la mesa de noche, junto al despertador.

Mientras tanto, nada como los libros.

¿Que la industria editorial vive de la pulpa del papel y ésta viene de los diezmados bosques?

Bueno, los libros no tienen la culpa de que la industria editorial publique, con cada vez más entusiasmo, toneladas de estupideces. Y, además, en estos tiempos de reciclaje el argumento de los bosques tiende a ser menos dramático.

En todo caso, hace miles de años unos simios ambiciosos y laríngeos bajaron de los árboles para empezar la aventura de ser hombres. No lo fueron primitivamente hasta que no domesticaron algunos cultivos. No lo hubieran sido más tarde de no haber inventado la escritura y el modo de reproducirla. El viaje fue de los bosques al libro, al puerto de los libros.

* Fuente: Diario La pr1mera (12 de mayo de 2009). La imagen ha sido tomada de aquí.

13.5.09

TERESA RUIZ ROSAS (HOY EN EL CCPNA): “ESCRIBO PARA QUIENES QUIERAN LEERME”


María Teresa Ruiz Rosas volvió a su tierra para presentar su más reciente novela La falaz posteridad, una historia que vincula Europa y Arequipa en una ficción mezclada con algo de realidad. Además, ya tiene en prensa su próximo libro, y es hija del poeta José Ruiz Rosas.

¿Desde cuándo preparabas “La falaz posteridad”?

Desde el 99. La trabajé mucho. Tuve épocas en que la dejé pero luego yo misma incluso he hecho la versión alemana, que no es idéntica, que no es una traducción, sino una versión hecha por mí, a partir de un vaciado inicial. Ha sido una experiencia bien loca.

¿Y en torno a qué hechos gira?

Es una novela bastante extensa. El punto de partida es la historia de la hija de un cineasta y esta mujer estaba en busca de un abogado que le consiga el reconocimiento a la obra de su padre, que a la vez vinculo con Arequipa y un viejo cineclub que había por aquí, en mi juventud. Entonces tiene algo de homenaje a esa época, a esos años setenta que pasé aquí antes de irme.

Es un personaje real entonces.

Sí, aunque con el nombre cambiado. Entiendo que vive aún.

¿Por qué te llamó la atención?

Porque es un personaje muy excepcional para la gente que te encuentras en Europa. Me impresionó mucho su integridad y su autenticidad.

¿Y cuál es el vínculo que lo une con Arequipa?

Fundamentalmente el cine, pero también la relación de amistad que surge entre esta mujer y el otro personaje central, que es la narradora de la historia, que es un poco más joven, que es una periodista, y la ficción es hacer que venga a Arequipa. Con ese pretexto de encontrar cosas se van recreando etapas.

¿Algún autor te ha servido de modelo?

Cuando la literatura de un autor te gusta mucho, proponerte copiarlo es ridículo, pero evidentemente te inspira esa forma de trabajar. Te ayuda a veces en la elección de personajes, por ejemplo, el looser por excelencia que es un personaje que a mí siempre me ha fascinado. Y también esto de mezclar ficción con la realidad.

Con los antecedentes de tu padre y tu hermano, ¿no has incursionado en la poesía?

Cuando era más joven tuve algunas incursiones en poesía, pero eran cosas menores, muy adolescentes. Además, teniendo a mi padre y a mi hermano que son poetas, creo que el asunto ya estaba copado. Además, no es mi elemento de expresión. A mí me interesa contar, inventar historias.

¿Escribes para ti o para tus lectores?

Escribo para quienes quieran leerme. Mi motivación es tener una historia que ya no soporto más no escribirla.

¿Y ya estás preparando algo nuevo?

Ya tengo una nueva novela en prensa. Se llamará “La mujer cambiada” que la empecé a escribir en agosto de 2006 y la presento este 28 de julio en la Feria del Libro, en Lima. (JAR)

* Publicado en el semanario El Búho nº 334 (22 de julio de 2008).


Como dato adicional les contamos que el día de hoy, Teresa Ruiz Rosas estará presentando su reciente novela La mujer cambiada en el Centro Cultural Peruano Norteamericano de Arequipa (Calle Melgar 109) a la 7:30 p.m. La presentación estará a cargo de Tito Cáceres Cuadros y del cineasta Miguel Barreda Delgado.

Teresa Ruiz Rosas también es autora de las novelas El copista (1994) y La falaz posteridad (2007) y del libro de cuentos El retrato te ha deslumbrado (2005). En La mujer cambiada conduce al lector por ese laberinto convulso que es la transformación física de una mujer que enfrenta su pasado, sin descuidar la intensidad de los asépticos ambientes de la urbe como los desolados parajes andinos. Retrata el proceso punzante y silente que enfrenta el Perú cada vez que recapitula las cuentas pendientes de su tragedia. (Pedro Cornejo Guinassi, Somos, El Comercio).

12.5.09

LLAMADO A ALGUNOS DOCTORES: SOBRE EL CASO DE LA CONGRESISTA HILARIA SUPA


Escribe: Odi Gonzales

La prolongada agonía y deceso de mi madre quechuahablante difirió hasta hoy mi sentir sobre el abuso contra la congresista quechuahablante Hilaria Supa.

De los quehaceres y oficios en el Perú actual —con honrosas excepciones— el del abogado y del periodista se enciman, como los más envilecidos.

Usaq sullun/feto de piojo se le llama en Runa Simi al mediocre fementido con delirios de grandeza y superioridad. Y un sujeto así, con la autoridad —a sí mismo atribuida— de un docto, encaramado en la dirección de un periódico ha insultado en la persona de doña Hilaria a quienes en el Perú hablamos la lengua materna y, por las consabidas interferencias idiomáticas —propias de cualquier bilingüismo— nos expresamos o escribimos con dificultad o errores morfosintácticos.

El erudito akakutirpa/rumiador de sus propias heces ideó en su página la ocurrencia de que el conocimiento, la cultura, provienen únicamente de la instancia de los letrados. Y más aún. Refiere que en el Perú quien habla o escribe en español es el que ‘sabe’. Por tanto, los saberes de la cultura oral —que no están en los libros— no son conocimientos. Bajo este raciocinio de Cantinflas, un PhD o un periodista abyecto, sólo por ser parte de una cultura dominante, sería holgadamente superior, por ejemplo, a una tejedora de Chinchero que en el intrincado diseño de una faja logra configurar los saberes de toda una cosmovisión transmitida mediante códigos más arcanos, y en el decurso de generaciones.

En el Perú, el conflicto escritura/oralidad, proclive al limbo cultura/barbarie es una reyerta de añejos forajidos. Persiste desde la tarde en Cajamarca, cuando un fraile letrado alcanzó al emperador Inka el objeto libro [Biblia] haciéndole saber, a través del intérprete, que allí estaba la palabra de Dios. El monarca —arquetipo del código oral— fastidiado de que ninguna dicción divina emergiera de la grafía, terminó arrojando la Biblia, por lo que sería escarnecido como blasfemo y alma negra.

Me pregunto si este ganapán del periodismo peruano le reprocharía errores de ortografía al tayta Guaman Poma si leyera un párrafo de ese prodigio Nueva Coronica y Buen Gobierno cuya configuración discursiva —grafía castellana, sintaxis quechua— devela las dificultades expresivas de un bilingüe andino:

“Desto los jueses no lo rremedia; por ser cohechados como los saserdotes y padres, se llaman dotores y lisenciados, bachelleres, maystros, no teniendo titulo ni derecho y no sauer letra. Esto es dezir que ay mundo al rreués, pero la justicia deue ajustar y castigar”

Ya Arguedas, incitado por la irrupción de los legendarios líderes campesinos Saturnino Huillca y Emiliano Huamantica que —en los sesentas— propalaron la congénita oralidad en sus discursos, advirtió en Llamado a algunos doctores: “Dicen que no tenemos saberes, que somos el atraso, que nos van a descabezar”.

11.5.09

A UN AÑO DE LA MUERTE DEL GRAN ESCRITOR EDMUNDO DE LOS RÍOS


Hace exactamente un año que dejó de existir el gran escritor arequipeño Edmundo de los Ríos, un escritor poco difundido y por ello casi desconocido en el país. Sólo nos dejó un gran libro publicado: Los juegos verdaderos, y según consta en su biografía, otros dos libros aún inéditos. Ojala, y como un merecido reconocimiento, —el mismo que debe constituirlo como uno de los pilares de la literatura peruana—, puedan ser desenterradas aquellas páginas —antes de que caigan en el olvido— y de esta manera rescatar a ese gran escritor que fue y que siempre estará vigente. A pesar de algunos.


LA LEYENDA DE EDMUNDO DE LOS RÍOS

Por Oswaldo Chanove:

Edmundo de los Ríos fue uno de esos enigmáticos escritores con una obra excesivamente secreta. Tal vez eso tiñó su destino. Tal vez su terca pesquisa por la palabra exacta que atajaría a los demonios tuvo un costo demasiado alto. A pesar que no lo veía desde hace muchos años yo siempre recordaba el mágico refinamiento de su espíritu, su filoso humor, su entrañable amistad, pero especialmente su prosa innovadora —con una sintaxis sui generis que parecía insatisfecha con las limitaciones del simple castellano—. Por eso cuando otro viejo amigo de los tiempos heroicos me escribió para contarme que Edmundo había muerto supe que los locos caballos colorados cabalgaban ya en otro lado, quien sabe en qué coordenada del infinito. La historia empezó hace muchos años cuando —sólo un adolescente— Edmundo se enroló como cronista en un importante diario nacional. El siguiente paso fue saltar a la escalerilla de un avión que lo dejó en México. Allí, en la inmensa capital Azteca, se entregó con fervor a aporrear su vieja underwood. El resultado fue un importante lauro otorgado por la antiguamente prestigiosa Casa de las Américas. Al publicarse, la obra fue saludada por Juan Rulfo como “el inicio de la literatura de la revolución”. Edmundo de los Ríos tenía en ese momento poco más de veinte años y no sabía que el temprano esplendor de su vida pública iba a ser terriblemente breve. Eso, para los adictos a la celebridad suele ser una tragedia, pero no para Edmundo, que siempre fue un tipo extraño, una especie de monje de una iglesia impar. De ahí su extraña sensibilidad, de ahí su facilidad para el delirio sagrado.

Cuando lo conocí Edmundo de los Ríos vivía en un santuario enclavado en Vallecito. Era una pequeña habitación repleta de objetos fascinantes recogidos aquí y allá. Íconos fragmentados pero aún sacrosantos. Restos ínfimos pero preciosos de culturas que lucharon inútilmente contra el imperio de los quechuas (antes de que estos lucharan inútilmente contra el imperio de los Borbones). Todo disperso entre admirables ediciones de sujetos como Rilke, Borges, o Filisberto Hernández. Conservaba además —quien sabe por qué, quien sabe cómo— la calavera de un supuesto antepasado suyo. Pero la joya de su colección era sin duda alguna la llave de la catedral. Y es que Edmundo de los Ríos amaba todo lo bendecido por una antigua belleza. Y una mañana de julio, mientras transitaba muy temprano por la plaza de armas de Arequipa, una corazonada o algo equivalente lo impulsó a dirigirse en diagonal hacia el atrio de la catedral. Puntual como una flecha. Y entonces sus pequeños y brillantes ojos tan oscuros enfocaron con precisión aquel inesperado objetivo. Su corazón, no más grande que el puño de su mano derecha, latió con inusitada violencia. Tal vez se contemplaba a sí mismo observando aquel objeto. Tal vez se asombraba por el extraño curso de los acontecimientos. Tal vez se preguntaba qué quería Dios. El asunto es que con un movimiento lleno de gracia arrancó la arcaica y enorme llave del viejo portón y la escondió en el fondo de su largo gabán. Y se dirigió a su casa iluminado por una enorme sonrisa. Parecía haber olvidado incluso que no hay llave que abra el paraíso en este viejo valle de lágrimas.

Fuente: Crónica del instante


FINAL DEL JUEGO: EDMUNDO DE LOS RÍOS (1944-2008) ADIÓS A UN ESCRITOR PERUANO

Por Guillermo Niño de Guzmán

“¿Será que ese arder muchas veces sin sentido es el pago al genio? Alfonso de Silva fue una tea fulgurante. Y en ese mismo fuego se consumió César Vallejo, y en el mismo —con camisa colorada, como quiere Vargas Llosa— sucumbió Carlos Oquendo de Amat, por mencionar solamente a dos poetas peruanos, geniales y trágicos”.

Estas palabras corresponden al escritor arequipeño Edmundo de los Ríos y, si las evoco ahora, ello se debe a que él también ardió en esa pira a la que parecen estar condenados los artistas genuinos e incorruptibles. Cuando la entrañable Teresina Muñoz Nájar, su esposa durante tantos años, me dijo que Edmundo había muerto (el 11 de mayo último), sentí una tremenda congoja. Es verdad que nos veíamos tarde, mal y nunca, pero había entre nosotros una inexplicable complicidad. La última vez que lo vi fue, de casualidad, en la antigua bodega Piselli de Barranco, hará uno o dos años. Allí estaba él, flaco, desgarbado, con sus anteojos empañados, sus mostachos largos y descuidados, algo canoso quizá, pero con su mirada limpia y amable, la misma que tenía el muchacho que conocí en Arequipa hace ya más de treinta años, junto a otros nobles letraheridos como José Ruiz Rosas, su hijo Alonso, Misael Ramos, Oswaldo Chanove y Omar Aramayo. Todos eran poetas, salvo Edmundo, a quien sus compañeros admiraban por haber escrito, con apenas 23 años, una novela que irradiaba un raro esplendor y que se había convertido en una obra de culto.

Me refiero, desde luego, a Los juegos verdaderos (¡qué hermoso título!), premiada en 1968 con una mención honrosa en el certamen Casa de las Américas de Cuba, que por entonces contaba con mucho prestigio. Curiosamente, en esa convocatoria, otros dos peruanos también figuraron entre los galardonados: Antonio Cisneros se alzó con el premio de poesía por su Canto ceremonial contra un oso hormiguero, mientras que Alfredo Bryce obtuvo una mención por su primera obra, el libro de cuentos Huerto cerrado.

Además de la edición de Casa de las Américas, el sello Diógenes de México publicó Los juegos verdaderos en febrero de 1968 (en la guarda aparecía un retrato del joven autor con traje y corbata, impecablemente afeitado, y con unos anteojos de marco negro que recordaban a los de Clark Kent). No estoy muy seguro sobre la fecha de su partida del Perú, pero en esa época Edmundo de los Ríos residía en Ciudad de México, donde al parecer consiguió una beca de creación literaria. En cambio, sí tengo plena certeza de que Los juegos verdaderos fue celebrada por el mismísimo Juan Rulfo, quien, pese a su habitual parquedad, no vaciló en declarar que era “la novela que iniciaba la literatura de la revolución en Latinoamérica”.

Y, en efecto, la novela de Edmundo de los Ríos fue pionera al abordar el tema de la guerrilla que, en los convulsos años sesenta, afiebraba las mentes de los jóvenes que, alentados por la utopía de izquierda y el ejemplo de la revolución cubana, pretendían luchar por la liberación de sus pueblos. Lo sorprendente era que, no obstante su escasa experiencia, De los Ríos se las había arreglado para escribir una novela conmovedora, diestramente construida —el relato se desarrollaba en tres planos temporales distintos y empleaba novedosos recursos técnicos— y con una solvencia en el manejo de la prosa que resultaba inusitada para un narrador de su edad.

Pero, ¿qué ocurrió después? Solo sé que al cabo de un tiempo en México, el escritor decidió volver a nuestro país. Impulsado por el éxito de su opera prima (éxito relativo si consideramos que sus ingresos por derechos de autor no fueron proporcionales a los elogios que le dispensara la crítica), se dedicó a escribir con ahínco y terminó dos novelas: Los locos caballos colorados y El mutilado ecuestre. Sin embargo, el reconocimiento del que había gozado en el extranjero le fue esquivo en el Perú. ¿Se debió ello a la incomprensión y miopía del medio literario local o, simplemente, a una insobornable racha de mala suerte? Visto su caso en retrospectiva, daría la impresión de que la precocidad le pasó a la larga una enorme factura, imposible de saldar. Edmundo de los Ríos presentó sus novelas a algunos concursos en los que, por esos azares del destino, siempre quedaban como finalistas, aunque sin posibilidades de publicación.

Sospecho que las constantes frustraciones debieron mermar su estabilidad emocional y acabaron por resquebrajar su espíritu. El novelista vivió varios infiernos, incluida la pasión amorosa a la que se entregó hasta las últimas consecuencias y que le supuso el rechazo de una casta social prepotente y estúpida de su ciudad natal. A pesar de todo, Edmundo de los Ríos persistió y continuó escribiendo, lleno de ruido y furia. Era un perfeccionista y sabía, como Truman Capote, que existía una diferencia entre escribir bien y el verdadero arte. Trabajó varios años como cronista en la revista Caretas, bajo el asalto constante de imprevisibles ráfagas de dulzura y de amargura.

Una noche, harto de tantos naufragios y reveses, subió al último piso del edificio donde vivía y arrojó al viento los cientos de papeles que conformaban el único ejemplar de la novela que venía trabajando y con la que lidiaba obsesivamente, a la vez que enfrentaba la precariedad económica y al demonio de la dipsomanía.

Deténganse por un instante, atribulado lector, en esa imagen de feroz incandescencia: ¡miles de palabras convertidas de pronto en una bandada de cometas blancas que vuelan libremente hacia el infinito, en medio de la oscuridad de la noche! Solo Edmundo de los Ríos era capaz de inmolarse con un gesto tan desesperado, aunque rebosante de una invencible, pura y loca belleza.

Fuente: Diario El Comercio. La imagen es de Caretas.

7.5.09

EL MARXISTA RABIOSO: OSWALDO REYNOSO PUBLICADO EN ARGENTINA


Contemporáneo de Julio Ribeyro y Mario Vargas Llosa, Oswaldo Reynoso es uno de los secretos mejor guardados y aún muy resistido de la literatura peruana. En los ‘60, Reynoso, declarado marxista, publicó Los inocentes, suerte de Juguete rabioso limeño, libro que provocó reacciones bien encontradas. Ahora se publica en Argentina En octubre no hay milagros (Ediciones El Andariego), su segunda novela de 1965. Homoerotismo, miseria y vitalidad en un momento crucial en que la ciudad se expandía hacia sus propios límites.

Por Mariana Enriquez

El libro empieza a las 8 de la mañana y termina a las 9.22, algo más de doce horas de un día que no es cualquiera, es el día de la procesión del Señor de los Milagros en la Lima de la década del ‘60. Por un lado está Don Manuel, un poderoso lúbrico, obeso, empresario y banquero, uno de los dueños del Perú que observa la procesión desde su balcón colonial tapándose la nariz con un pañuelo para que no le llegue el olor a sudor, cansancio, pescado y cerveza del pueblo; y la observa junto a Tito, su amante jovencísimo, uno de los hijos de ese pueblo que Don Manuel “compró” (pero que en este día de mantos morados se está rebelando, y de qué manera). Por el otro está don Lucho, que recorre Lima desde bien temprano en busca de una nueva casa: es que están por desalojarlo, y quedará en la calle con su esposa y sus tres hijos, jóvenes y adolescentes en riesgo, un riesgo palpable que desespera a Lucho y al lector, porque la familia no parece poder encontrar un destino alternativo al de la exclusión: “Si usted supiera todo lo que he caminado en busca de casa”, dice don Lucho. “No estoy en condición de pagar un alquiler por encima de los mil, ni puedo llevar a mi familia a una barriada ni a un barrio de maleantes.”

La otra protagonista de En octubre no hay milagros (1965), la segunda novela del escritor peruano Oswaldo Reynoso y la primera que se publica en Argentina, es Lima. Una ciudad que cambia y expulsa, que se ve cruzada por una manifestación de fe y por la violencia, todavía incipiente, pero próxima. “En octubre no hay milagros fue una de esas grandes novelas urbanas que coincidieron con el proceso de redefinición simbólica de una nueva ciudad”, explica Enrique Planas, narrador y periodista cultural peruano, en conversación con Radarlibros. “Por entonces, Lima recibe de forma caótica las grandes migraciones del campo y empiezan a consolidarse los grandes cinturones de pobreza. Este fenómeno de éxodo del campo a la ciudad no sólo obligaría a Lima a mirar hacia dentro, sino también a aceptar, no sin conflictos, que su perfil social sea mucho más coherente con el país. Novelas como Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa, o En octubre no hay milagros supieron reflejar el inicio de ese gran cambio que hasta hoy continúa en una ciudad en permanente búsqueda”.

Esa Lima es narrada por Reynoso con el estilo que después los críticos llamarían “realismo urbano”, pero que es bastante más: pasajes de un apasionado lirismo se contraponen con diálogos en la más cerrada jerga limeña juvenil y le siguen pasajes secos, narrativos, de belleza austera. Reynoso exhibe su virtuosismo en cualquier registro, pero jamás parece ostentoso o arrogante. Y esto es porque En octubre no hay milagros está claramente atravesada por la ideología del autor, por la política: Oswaldo Reynoso se identifica como marxista —entonces y ahora—, y un año después de la publicación de En octubre no hay milagros formó el grupo Narración junto a Miguel Gutiérrez y Antonio Gálvez Ronceros. En la presentación del Nº 1 de la revista queda clara la mirada sobre la realidad del grupo: “Como hombres y narradores, seres sociales, luchamos por la transformación integral y completa de nuestra Patria. Queremos la instalación de un sistema socialista de trabajadores, porque comprendemos que es la única manera de hacer de nuestro país un lugar donde todos puedan vivir como hombres. Comprendemos, como narradores revolucionarios, comprometidos con su pueblo, que nuestra tarea es formar, a través de la acción y de la obra creadora, en la conciencia de las clases explotadas, la necesidad urgente de la Revolución. Por eso nuestra misión es aprender del pueblo, para poder escribir, sin equivocarnos, sobre la realidad nacional”. Sin embargo, Reynoso jamás resultó un escritor programático: su prosa es demasiado sofisticada, demasiado elegante y en ocasiones, en libros como El escarabajo y el hombre de 1970, casi experimental. Su trabajo con la lengua es obsesivo, y en su búsqueda obtiene pasajes de luminosa belleza.

La ciudad del pecado

En octubre no hay milagros no fue un libro bien recibido por la crítica allá por mediados de los ‘60, y eso a pesar de que el primer libro de Reynoso, Los inocentes (1961), había sido celebrado nada menos que por José María Arguedas. En el influyente diario El Comercio, por ejemplo, el crítico José Miguel Oviedo escribió: “Trataremos a su autor como lo que evidentemente es: un autor fascinado por la abyección, la morbosidad y la inmundicia en que se revuelca el hombre de esta misma pudibunda ciudad. Las relaciones sexuales son un camino de perfección en la perversidad: la sodomía no basta y se le injertan estímulos (drogas, bestialismo, alcohol). Hay páginas hediondas que deben arrojarse, sin más, a la basura y el autor es un marxista rabioso”. Extrañamente, entre los poquísimos defensores de En octubre no hay milagros —novela que, sin más, podemos considerar uno de los frescos urbanos más importantes de la literatura latinoamericana— fue Mario Vargas Llosa, quien hoy está a mundos de distancia de Reynoso en cuanto a sus opiniones políticas. Pero entonces supo ver la importancia de esta flor en la mugre: “La novela de Reynoso no es pornografía ni es obscena”, escribió en Expreso, 1966: “Es un libro de una crudeza fría y áspera como la realidad que la inspira y tiene los altos méritos —raros, entre nosotros— de la insolencia y de la ambición. El ha querido trazar un fresco verídico y múltiple de Lima, una radiografía horizontal y vertical de la ciudad, tal como lo hizo con México Carlos Fuentes en La región más transparente, y lo ha conseguido en gran parte”.

¿Qué tenía En octubre no hay milagros para causar tal revuelo? Por un lado, el registro hasta entonces muy raro en la literatura peruana, del habla y las costumbres de las clases populares. Por otro, y quizá aún más impactante, la aparición de personajes gays, de jóvenes que se prostituyen para solaz de los poderosos, de cuerpos esbeltos deseados en las calles de Lima. Esto ya aparecía en Los inocentes, la colección de cuentos sobre adolescentes que convirtió a Reynoso en escritor de iniciación y a su libro en talismán. “Ahoritita le saco la mierda a ese viejo que simula ver la vitrina cuando en realidad me come con los ojos. Está mira que te mira que te mira. Pensará: camisa roja y pichón en cama. Simulo no verlo. Su mirada quema. Seguramente estoy sonrojado. Eso le gusta: inocencia y pecado”, escribe en el primer cuento. El que habla es Cara de ángel, uno de los personajes más célebres de la literatura peruana. Los inocentes tuvo una reedición definitiva en 2006, vía la editorial independiente Estruendomudo, dirigida por el muy joven editor Alvaro Lasso, que dice en charla con Radarlibros: “Decidí reeditarlo porque las ediciones que había no hacían justicia al libro. Aunque todos sabíamos que era un clásico, las ediciones tenían problemas de erratas y diseños poco llamativos que no correspondían a la agresiva belleza del texto. Entonces decidí que era necesario preparar una edición bien cuidada, y ya que estaba en ello, con material adicional. Oswaldo aceptó gustoso nuestra propuesta, y fue tan generoso que nos abrió su cajón de los recuerdos cuando le hablamos del material extra, por eso contamos con tantas fotos personales y de juventud”.

¿Qué significa Los inocentes, y por lo tanto la figura de Reynoso, para los jóvenes escritores y lectores peruanos? Explica Lasso: “Es un libro muy comentado e influyente en la última generación de narradores. Lo han leído muchísimos peruanos, y en especial gente de los estratos más bajos, gracias a que el propio Oswaldo se va de gira por los colegios de provincia todos los años. En los espacios sociales desde los cuales se dicta el canon peruano, en cambio, se le ningunea. Antes, en los ’70, se criticaba al autor por ser gay y por usar groserías en sus textos, y ahora se le critica por mantener su ideología de izquierda. Pero si hablamos de un verdadero transgresor en la literatura peruana, de un narrador que debe estar sentado en la misma fila que Vargas Llosa, Bryce Echenique y Arguedas, ése es Oswaldo Reynoso”.

El hablador

Oswaldo Reynoso nació en Arequipa en 1931, y desde adolescente se dedicó por un lado a la literatura, y por otro a la docencia. En 1952 se trasladó desde la Universidad de San Agustín, en su ciudad natal, hasta La Cantuta de Lima, para convertirse en profesor y escritor. Ejerció en muchas universidades peruanas (Huamanga, Villareal, San Marcos, Ricardo Palma), pero además supo ser maestro de escritores jóvenes, que le llevaban —aún le llevan— sus manuscritos. Cuenta Enrique Planas (a quien Reynoso alguna vez le dijo “tienes una buena novela pésimamente escrita”): “Hoy Oswaldo sigue siendo un viejo amigo para los lectores y escritores jóvenes, y un autor incómodo para los colegas de su generación, incorrecto, perturbador para las almas nobles. Extractos de sus libros están en los textos de la enseñanza escolar a pesar de la intolerancia de los directores de colegio y maestros mediocres. De lo que yo puedo dar fe es de una infinita generosidad para quien le pide consejo”.

De lo que se puede dar fe, también, es de la posición atípica de Reynoso en la literatura peruana. Su producción, para empezar, es brillante pero escasa: después de El escarabajo y el hombre, de 1970, permaneció en silencio hasta 1993, cuando publicó En busca de Aladino, y luego, en 1995, Los eunucos inmortales. ¿Qué pasó en esos años de silencio? Reynoso se había ido a vivir a China, donde fue profesor y corrector de estilo en la Agencia de Noticias Xinhua de Beijing. En Los eunucos inmortales, la novela que revive los años de trabajo en China y la revuelta estudiantil que culminó con la masacre de Tian’anmen en 1989 (de la que Reynoso fue testigo), explica el porqué de este exilio voluntario. Escribe: “Quería vivir en un país socialista y tenía la sospecha de que aquí iba a encontrar la felicidad”. Según Planas, “Los eunucos inmortales es un parte aguas en su obra. Nos remite a su experiencia en China, país al que viajó creyendo en la ilusión por encontrar el paraíso. No lo encontró, y lo admite. Pero sí encontró el placer y esa fascinación por la belleza siempre evasiva. Es el primer libro donde se encuentra al hombre maduro fascinado por los púberes, ángeles asexuados, con los que mantiene relaciones de solemne distancia y deseo subterráneo. Creo que ésa es su obra mayor”. Diez años después escribió otra obra homoerótica, llamada El goce de la piel (2005). En 2006 publicó Las tres estaciones, libro de relatos sobre los años universitarios, parte de un material inédito que guardó durante años su hermano. Junto al texto llegaron entrevistas y charlas que acrecentaron la fama de díscolo y disidente de Reynoso. Por un lado, se mostró molesto con escritores jóvenes compatriotas como Jaime Bayly o Santiago Roncagliolo, que según Reynoso son demasiado “ligeros”, el uno en el tratamiento de la violencia política, el otro en el de la homosexualidad. En la misma línea, declaró que a Bryce Echenique se le permite todo “porque tiene un apellido inglés. Por ejemplo, que se presente totalmente borracho en un programa de televisión. Y la alta clase social de Lima lo ha aplaudido y mimado, y ha dicho qué bonito. Lo de Bryce es la manifestación de la decadencia de una clase social”. En marzo de 2007 concedió una entrevista a El Hablador donde reivindicó su marxismo, la posición militante tomada en el primer número de la revista Narración, y se negó a opinar sobre Sendero Luminoso. Poco después, se refirió en público a los años de guerra interna como “guerra popular”, lo que le valió más enojos, acusaciones de “populismo intelectual” e irritaciones de críticos y escritores como Gustavo Faverón Patriau (profesor en el Bowdoin Collage de Maine, EE.UU.) e Iván Thays. Para muchos, Reynoso se victimiza: es un éxito de ventas y cuenta con presencia en los medios y, sin embargo, afirma ser discriminado. Para otros, como Lasso, Reynoso no tiene “el reconocimiento que se merece, ni el lugar que debería ocupar en el canon latinoamericano. Merece traducciones y ediciones en otros países; felizmente los argentinos son los primeros en darse cuenta”.

Mientras tanto, Reynoso prefiere escaparle a las polémicas y continuar trabajando, no sólo en literatura —está escribiendo una novela provisoriamente llamada Huamanga, Huamanga— sino en el taller de narrativa que dicta en su propia casa del distrito limeño de Jesús María. Cuenta, lo sabe, con gran cantidad de fieles y de alumnos; sabe que a los 77 años, con su melena blanca, sigue siendo un escritor joven e incómodo; además, un escritor casi secreto, poco conocido fuera de su patria. “Creo sin vanidad que soy el best seller clandestino del Perú”, decía en una entrevista de 2006. “Mis libros se siguen vendiendo luego de más de cuarenta años, aunque nunca aparecen en la lista de los más vendidos. Es que yo vivo y escribo para el Perú: que mis libros tengan resonancia fuera del país es algo que no me interesa.”

* Fuente de texto e imagen: Suplemento Radarlibros del diario Página12 de Argentina.

DIARIO DE LECTURA: “EL MONSTRUO DE LOS CERROS” DE FILONILO CATALINA


Escribe: Bladimiro Centeno Herrera

La primera vez que leí El monstruo de los cerros (Ediciones Copé, 2005) de Luís Rodríguez Castillo (Puno, 1974), ganador del Premio Copé de Bronce 2005, quedé ligeramente intimidado por su aparente simplicidad en el uso del lenguaje, la construcción de un sujeto lírico cuyo entusiasmo inicial contrastaba con el supuesto escenario trágico del mundo, y comprendí que exigía una lectura más cuidadosa.

Existen obras literarias en las cuales —cuando tienden al artificio— se componen temas simples mediante lenguajes complejos. Hay autores que desarrollan temas conceptuales mediante sistemas lingüísticos abstractos para fijar tópicos universales. Pero me agradan más aquellos títulos en los cuales se cifran temas abstractos mediante enunciados bastante sencillos porque proyectan metáforas globales que requieren lecturas más imaginativas. Éste último es el caso de El monstruo de los cerros.

El libro nos enfrenta a una escritura paródica. Es el típico poemario que ofrece la sensación de una simplicidad discursiva que, sin embargo, configura un mundo complejo en el cual se transfiguran los imaginarios socioculturales. Esta simplicidad responde a la voluntad de conceder al lector común su identificación con el texto, pero sin mellar la construcción simbólica del universo lírico que se va precisando gradualmente.

Luís Rodríguez Castillo, para la creación del universo lírico, no asume ningún criterio referencial como se presiente equivocadamente cuando, en “La presentación”, se alude a un supuesto ritual. El autor utiliza los signos predominantes de la cultura peruana contemporánea para infundirlos un nuevo sentido en su manifestación. En otras palabras, sublima los elementos marginales de la cultura peruana mediante una imaginación metafórica (positiva) de los mismos.

En consecuencia, el sujeto lírico es un personaje migrante que ha recibido una caracterización monstruosa en la capital por la historia oficial del Perú contemporáneo. Y el lector asiste a la historia de amor de este migrante que, mediante una proposición de códigos culturales alternos a los aristocráticos, relata el descubrimiento de la pasión como una posibilidad afirmativa y la ausencia del amor como una muerte figurada en una sociedad desintegrada.

El poemario se divide en dos libros: I “Memorias de un degollador o el monstruo de los cerros” y II “Notas desde “San Lorenzo” o lamentos del degollador”. Ambos libros refieren a la experiencia amorosa que vive el poeta en un espacio urbano marginal y conforman una unidad temática en dos etapas complementarias: la celebración del amor y la reflexión sobre la ausencia de la mujer amada.

El clima afectivo del poemario se evidencia desde el primer elemento paratextual. La supuesta referencia documental que aparece antes de la dedicatoria no es más que un simulacro ficticio. Se habla del cerro la “regla” ubicado en el barrio “Ciudad de papel”. Este elemento textual parodia al discurso periodístico que configura la imagen monstruosa del sujeto migrante.

Esta propuesta se ratifica en la dedicatoria y en el epígrafe. El autor, a modo de justificación de su ocio literario, dedica el libro a sus padres y hermanos. Es decir, introduce una tónica familiar. En el epígrafe se produce una postura dialógica con el recuerdo de la mujer amada, ya ausente, muerta: “Tú también pudiste haber dicho que se haga la luz / y la luz, no lo dudes, sería la misma mansa muchacha / que descubre las mañanas del mundo”.

Entonces, la “Presentación” requiere una interpretación muy cuidadosa. En ella, se constituye el sujeto lírico que realiza el ritual. Pero este ritual no es de carácter religioso ni mítico: es el ritual del amor que se comprende como un logro en el cual se ha sometido la voluntad de la amada al sentimiento del sujeto lírico, quien ofrece dicha historia como una ofrenda al lector: “Te ofrezco mi historia / Como a dios el cordero tierno” se dirige al lector. “Entrego mi vida / En esta fresca piel de mujer ya muerta” testimonia el sujeto su experiencia amorosa que se figura como una muerte.

La identificación se plasma en “Autorretrato I”. Pero en esta identificación se testimonia la transfiguración vital del sujeto lírico que ha superado la cotidianidad deshumanizante mediante la pasión. “Yo también / —como cualquiera— / di / un tierno beso a la frente de mi madre / un sábado por la noche / antes de salir a esa juerga interminable” señala el poema.

En “Cavilaciones I”, se inicia el ritual de enamoramiento con la identificación del objeto de deseo (la mujer). “Te he visto cruzando pistas / paseando / tu sonrisa como a un animalito amaestrado”. En “Cavilaciones II”, afirma su deseo físico por alcanzar su objetivo. “El verbo es verbo / —dice— Pero yo soy hueso / Soy carne / (animal de camal) / lloro / y mis lágrimas saben a langostas con hambre”. En “Cavilaciones III”, vislumbra la posibilidad de una resistencia al amor, pero su deseo es más grande que sólo anhela entregarse a esa pasión. “…guardo un Judas / que / me / besa y me traiciona”.

En “Autorretrato II”, el sujeto lírico alcanza el amor mediante una intensa actividad seductiva, y realiza un aprendizaje amatorio. “Yo soy el día que por las tardes se hace noche / y noche / muy noche / madrugo para asomarme como el sol a tu ventana / a veces digo cosas bellas / digo por ejemplo “la ignorancia de mi piel sólo sabe el abecedario de tu cuerpo”.

En “Cavilaciones IV”, advierte que las palabras son inútiles tanto para expresar como conservar el amor (“palabras muertas como aves”) y no ponen de manifiesto la verdadera tensión que vive el sujeto en su anhelo amatorio: “Me siento al borde del abismo que soy / y compruebo que nada es lo que ahora / atrás o encima / la luna desaparece como la emoción de la primera comunión”.

En “Cavilaciones V”, expresa la tensión que produce en el sujeto lírico cualquier ausencia del amor: “A veces / duermo y despierto con la ausencia de un abrazo” relata sus noches en vela. “Entonces / me visto de murciélago y duermo / con los ojos más apetitosos / que jamás se hayan lanzado al espacio” concluye el poema.

En “Cavilaciones VI”, mediante imágenes surrealistas, el sujeto lírico comprende que no es posible asir el amor de una mujer. El impulso irrefrenable apenas se traduce a una fantasía. “Dejo crecer mis manos y las echo al mundo / y a mis manos / no les interesa el mundo / se van al bosque / y regresan / con unicornios y centauros / a veces traen / dos luciérnagas en el rostro de una muchacha” dice.

Entonces el amor es una búsqueda. La modernidad le ha dado la oportunidad de ensayar sucesivas experiencias amatorias. En “Acertijo”, habla de otro logro amoroso, otra muerte emotiva: “Adivina / —dice— ahora / en qué cerro / le corto el cuello / a esta hostia desnuda / que me gasta el tiempo”.

El sujeto que asume el rol de objeto de deseo se caracteriza en “Víctima I”. “La muerte es una mujer de piernas largas que camina / apurada en la ciudad”. En otras palabras, caracteriza a una mujer trabajadora que vive apremiada por el tiempo. Luego se describe el encuentro amatorio que intensifica la emoción del sujeto lírico. “Se sabe que antes de matarla / danza con un poco de tierra en la cabeza / y llora mientras mata / recita una extraña plegaria / …—se presume que sea poeta—” se precisa en “Noticia de periódico amarillo.

Estos versos explicitan ciertos discursos populares en los cuales el amor se figura como una muerte, la consumación sexual como un descuartizamiento y al amante como un degollador. Esta festividad amatoria se confirmada en la voz de “La víctima” que dice: “Yo me divertía como cualquiera / es decir / como cualquiera le buscaba un rostro a la noche y / cuando lo encontraba / le pintaba un par de hermosas ojeras / como cualquiera / apostaba mis piernas por una experiencia”. En estos versos, la amante reivindica la experiencia espontánea que escapa al concepto del amor aristocrático.

“El monstruo describiendo a su víctima” aparece como una respuesta al texto anterior. Aquí el sujeto lírico relata el desenlace amoroso que termina en una contemplación del cuerpo de la mujer amada. “Sus ojos asustados / dibujando la cascada de mi infancia / (en mis ojos complacidos y multiplicados llorando de emoción) / su pelo suelto / dejando volar toda esperanza / sus manitas maniatadas y moradas / llorándole a un dios que ya ha muerto”. Hay dos expresiones que ayudan a precisar el sentido: “esperanza” de amor permanente y “dios que ya ha muerto” es el hombre- poeta después del acto amoroso.

Estas caracterizaciones parciales del sujeto lírico se integran en “Identikit del monstruo”, donde el autor configura al sujeto lírico como “un hombre de campo lleno de ciudad con ojos cargados de / TV / señales / números / semáforos / áreas verdes / pulmones con CO2 / Un hombre que habla idioma de hombre”. Es decir, el sujeto lírico es un personaje migrante que afirma su peculiar historia de amor e invoca a una conjunción afectiva en “El monstruo ante la tumba de una de sus víctimas”.

En “Noticia del último minuto”, el autor revela su estrategia discursiva: “Confirmado / la sucesión de asesinatos / sólo fue / la mascareta / de un poemario dominguero / que / se publicará al suicidio de un sábado desilusionado”. La palabra suicidio implica el fin de la historia amatoria y, en “Víctima II”, se inicia la indagación del sentido de esa vida amorosa pasada.

En el libro “Notas desde “San Lorenzo” o lamentos de degollador”, el discurso da un giro: se trasciende a la etapa reflexiva del amor, en la que se revela la soledad del sujeto lírico y la retrospección angustiante: “Todos nacemos con un vacío que en el transcurrir de nuestras vidas nos empeñamos en agrandarlo, lo suficiente, como para que pueda ser llenado, cómodamente, por la muerte”. La muerte, en este punto del texto, adquiere otro sentido simbólico: lo negativo.

En “Lamento I”, el sujeto lírico asume el fracaso del amor que lo conduce a una reclusión espiritual y retorno a la cotidiana angustiante. En “Lamento II”, nace la tensión del recuerdo que intensifica su soledad: “Sabía / que la mujer crece cuando está desnuda / ahora sé que el hombre crece cuando está solo y se hace terriblemente pesado”. En “Lamento III”, la angustia se hace más intensa y no hay manera de liberarse: “sorprendo mis ojos / (agua salada) / abortando / seres huérfanos y extraños / entonces pienso: / yo debí nacer flor / o ser / ave que copula con el viento”.

La indagación del fin del amor se precisa en “Víctima III” como el signo de una muerte figurada: “nuestras carnes son sepulcros abiertos donde, distraída, se mece la muerte”. Entonces la muerte es la figuración de la ausencia, la soledad y la nostalgia angustiante.

En “La muerte representada en cuatro actos”, se escenifican los motivos que generan dichos desenlaces mortuorios: ausencia, tránsito, escape y soledad nocturna. En “Lamento IV”, busca en vano un apoyo afectivo para superar el fracaso: “busco / un hermano / y / sólo encuentro / MIS OJOS / escapando / hermosamente / como dos peces en el fondo del mar”.

Este sentimiento negativo del amor tiene como causa fundamental las dudas que se presentan en la mujer amada: en una situación marginal resulta difícil construir la armonía del amor y la precariedad es un elemento destructivo: “la muerte es una niña que distraída deshoja margaritas”, “a veces llega gorda, buena moza, con las mejillas rosadas y con la misma ingenuidad de las que llegan a la capital”.

En “Lamento V”, la ausencia del amor también evidencia la ausencia de la vida; la ilusión amorosa ha perecido junto con la felicidad que ha mudado de su condición episódica; sin embargo, vislumbra una vaga esperanza: “es cierto —dice— / que existe un amanecer que sobrevive en alguna parte / pero yo no lo encuentro”. En “Lamento VI”, el sujeto lírico comienza sublimar la angustia del recuerdo y racionaliza sus sentimientos: “Los días no se van / más bien vienen como páginas / O / como pájaros asustados”. En “Lamento VII”, asume una nueva actitud, se distancia de los recuerdos y revalora a la mujer en su independencia: “hice que muchas lunas se diluyeran en mí / también / fui estorbo para mi propia sangre / luché contra dios / y yo / heroico / entre las fauces de aquel dios / construí / el dios que ahora alcanzo / y sé / que no es / el cordero tierno que se ofrece en el altar”. La mujer no es un cordero tierno para sacrificarla a nuestro deseo unilateral.

En “Despedida y arrepentimiento”, el sujeto lírico manifiesta, en forma elíptica, la experiencia del amor como la manifestación concreta de la experiencia de la vida. La manifestación espontánea del amor, culmina en una reflexión solemne de la vida y de la muerte que acompaña este proceso: “dios / ya nada me queda y quizá por eso te recuerdo”.

Se cierra el poemario con la voz polifónica de “Víctima IV” (donde la mujer recuerda la primera etapa de su vida afectiva con el poeta: “YO ERA VIRGEN / (niña de pudor entre las piernas)” y culmina con “Última nota” donde el poeta invoca a la imagen materna para liberarla de su angustia: “madre / no te preocupes demasiado / todos los hombres tenemos un pedazo de cielo asegurado / …está escrito”.

En conclusión, el autor ha cedido la palabra a un personaje migrante que ha experimentado las emociones de la vida en un espacio urbano marginal. Y, en el proceso de la escritura, ha transfigurado los códigos socioculturales que caracterizan a los grupos sociales, mediante la confrontación de formas aristocráticas con las vitalidades marginales.

6.5.09

WITOLD GOMBROWICZ Y RODOLFO RABANAL


Escribe: Juan Carlos Gómez

“Qué raro, ¿sabor acre?, ¿sabor dulce?, qué raro. Nunca supe por qué, sobre la base de qué datos clínicos, espirituales o varios supusiste un día que yo era ‘medio esquizoide’, gran enigma, ¿proyectivo? Bien, tampoco importa y, es cierto, que el tul hialino del espíritu Gombo abarca piadosamente defectos y virtudes. Te mando un deseo de felices fiestas en familia. Rodolfo Rabanal”.

El Esquizoide me está pidiendo explicaciones por el apodo que le puse, y aunque el origen de los motes debe quedar un poco en el misterio debo decir que se lo puse porque es un caso que los handbooks apuntan como de doble personalidad, pero vamos a ver cómo este gombrowiczida tan connotado nos muestra los síntomas de un síndrome que ha dado la vuelta al mundo.

Las películas polacas sobre Gombrowicz van de regulares a malas. Harina de otro costal es “Gombrowicz o la seducción”, una película dirigida por Alberto Fischerman, una de las mejores de los años ochenta para algunos críticos, para otros, una de las mejores del último cuarto de siglo, y para otros más una de las mejores filmaciones argentinas de todos los tiempos. Cuando la premiaron en el festival de Rotterdam en el año 1986, Hubert Bals, el creador y director de este festival dijo cosas interesantes y muy halagadoras para los que habíamos hecho la película.

“Un film como “Gombrowicz o la seducción”, por ejemplo, parte de una idea totalmente nueva y se convierte en una obra fascinante que no puede dejar de verse hasta el final, y así es como debe hacerse el cine. Es un film que enriquece al espectador”.

El suceso argentino más importante de la década del 80 concerniente a Gombrowicz fue, sin lugar a ninguna duda, la película que filmó Alberto Fischerman, “Gombrowicz o la seducción”, con el guión del Esquizoide, un hombre de letras muy bien perfilado en el arte de escribir. Una doble personalidad muy evidente, por un lado, muy alejado del mundanal ruido al punto de pasarse largos meses del invierno en Gessel para escuchar el silencio, y por otro, muy apegado a los bienes terrenales al punto de sentirse amoscado porque Fischerman aparece en el film como coguionista, una función que a juicio del Esquizoide el director no desempeñó.

Los aportes intelectuales que hace el Esquizoide sobre Gombrowicz son de una extraña catadura.

Se atreve a decir, bajo un estado de ensoñación hipomaniacal intenso, que las ideas fundamentales del polaco son la inmadurez, la juventud y la inferioridad, un caso flagrante de tautología. De igual manera que el Orate Blaguer recurre a la Vaca Sagrada para darse lustre y cuenta que en 1983 la viuda le había regalado los tres tomos de “Journal”.

“Uno de esos tomos registra la etapa argentina, pero las referencias al país donde vivió los años más productivos, miserables y luminosos de su vida impregnan la mayor parte de su obra”.

Las ocurrencias que tuvo el Esquizoide sobre las tres ideas fundamentales y sobre que la Argentina impregna la mayor parte de la obra de Gombrowicz se deben, en parte, a que no la leyó, y en parte, a que no existe una verdadera penalidad para castigar los desatinos que se escriben.

El castigo que impone Gombrowicz muriéndose en las bocas de los que abusan de su nombre no es suficiente, la humanidad le ha dado a los escritores un bill de indemnidad y las maldiciones de Gombrowicz los tienen sin cuidado, para decir la verdad, no los alcanzan.

La Universidad Nacional del Litoral organizó en el año 1986 el Primer Encuentro Nacional de Literatura y Crítica. Allí se estrenó "Gombrowicz o la seducción", la película de Fischerman, y allí conocí al Vate Marxista, al Buey Corneta y al Boxeador Amateur.

Los integrantes del film nos fuimos a comer de madrugada a un restaurante cercano a la Universidad.

Mientras Fischerman hablaba en una punta de la mesa de asuntos hasídicos e iniciáticos, Rabanal y yo, en la otra punta, hacíamos una parodia teatral de la película, en la que yo representaba el papel del virrey Sobremonte huyendo a campo traviesa en un carruaje con las joyas de la corona. Lamentablemente allí también escuché por primera vez los desvaríos del Vate Marxista en los que Gombrowicz aparecía como el mejor escritor argentino del siglo XX, y en los que la novela argentina sería algo así como una novela polaca traducida a un español futuro.

Después del estreno de “Gombrowicz o la seducción” los discípulos empezamos a dar algunas dentelladas, el Esperpento, pongamos por caso, andaba diciendo es secreto que el Buhonero Mercachifle sobraba en la película, y Quilombo que el que sobraba era el Mariposón.

Sobraran o no sobraran la cuestión es que el que se hizo famoso fue el cuarteto Gombrowicz, integrado por sus discípulos dilectos: Mariano Betelú, Jorge Di Paola, Alejandro Rússovich y yo. El nombre de cuarteto se lo puso el Esquizoide, coguionista del film junto a Alberto Fischerman, un rasgo de la lucidez que tiene este hombre de letras hispanohablante tan destacado.

“Mariano Betelú guarda las llaves del reino. Su haber es la memoria del detalle, el documento fichado, los originales de cartas, las inesperadas fotos, el más rico anecdotario. Betelú es, además, un caso afortunado de transparencia. Dueño de un amor artero e inclaudicable y de una ironía tan fina como sus caligráficos y enigmáticos dibujos, representa la posibilidad del equilibrio en el cuarteto por momentos tempestuoso”.

“Rússovich, el filósofo de Goya, es, tanto como Gómez, un hombre que ha cultivado largamente la máscara. En su caso, esta persona se encuentra a la total merced de su inteligencia, él opera sobre ella, él decide y define a cada momento su personalidad en un juego de alternativas que durante largos meses de entrevistas previas a la filmación, llegó por momentos a fascinarnos […]”.

“Pero la máscara es también un atributo de Juan Carlos Gómez, salvo que en él ha adoptado formas permanentes. Sospecho que Gómez —el matemático y filósofo— es quien más profundamente ha sido marcado por la ácida influencia de Gombrowicz en ese particular sentido de la representación como una de las maneras de la espontaneidad. Es curioso, y estimulante, comprobar de qué modo Rússovich y Gómez entran inmediatamente en conflicto —amistoso, por cierto—, disputándose el legendario afecto de Gombrowicz o la propiedad original de un concepto referido a la estética personal del escritor polaco”.

“En cuanto al narrador Jorge Di Paola, supo siempre —y desde muy joven— moverse en la irreverencia. Dipi, que buena parte de este año estuvo oculto en Tandil escribiendo una novela, volvió para aportar al cuarteto esa enorme capacidad que posee para desarreglar las cosas y volverlas a disponer según sus designios”.

El anárquico Asno, sin embargo, contra todo lo que podría parecer, preparó con mucho cuidado la bajada por una escalera con Quilombo, una de las escenas más logradas del film, estudiando de memoria las palabras de Antonio frente al cadáver de César en el drama de Shakespeare. Lo que sí es cierto también es que hubo que repetir la toma una docena de veces porque se olvidaba del parlamento.

El Esquizoide estaba subyugado con la película, tanto es así que le pidió permiso a Fischerman para disfrazarse de mozo y servirnos unos cafés mientras nos filmaban.

5.5.09

EL ESCRITOR LUIS FREIRE GANÓ EL CONCURSO DE NOVELA DEL DIARIO EL COMERCIO


Noticia vía el diario El Comercio del día de ayer:


El ganador se hizo acreedor de 60 mil soles, la publicación del libro y recibió una escultura, en el 170 aniversario de fundación del Decano

El escritor peruano Luis Freire Sarria ganó hoy el concurso de novela convocado por el diario El Comercio con motivo del 170 aniversario de su fundación. Freire obtuvo con la obra “El perro sulfúrico” un premio de 60.000 soles, la publicación del libro y una escultura del afamado artista plástico peruano Fernando de Szyszlo.

El jurado, integrado por los peruanos José Miguel Oviedo, Alonso Cueto y Rossana Echeandía, el argentino Pablo de Santis y el mexicano Juan Villoro, concedió el premio por unanimidad entre un total de 400 obras presentadas, de las cuales diez fueron finalistas.

Al anunciar al ganador, Oviedo comentó que la obra “es una novela muy entretenida” que “atrapa el interés del lector con su sentido del humor” y retrata a la sociedad limeña en el último tercio del siglo XX. El ganador, que participó en el concurso con el seudónimo “Demetrio Cagafuego”, reveló que cuando era joven envió un relato al escritor chileno Jorge Edwards, por entonces adscrito a la legación diplomática de su país en Lima, quien lo animó a que continuara escribiendo. El autor añadió que ha guardado la nota de Edwards con esa respuesta como una especie de amuleto durante toda su vida.

Luis Freire Sarria nació en Lima en 1945 y es uno de los más destacados humoristas peruanos, que además ha recopilado sus artículos de este tipo en los libros “Camisa de fuerza” (1986) y “Humor” (1988). En 1992 ganó la I Bienal Nacional de Novela Corta, convocada por el Concejo Provincial de Barranco, con “El cronista que volvió del fuego” y en 1999 el premio anual de “El cuento de las mil palabras”, que convoca la revista política Caretas, con “Se comienza con la mantequilla”.

En 2005 obtuvo el prestigiado premio nacional de novela corta “Julio Ramón Ribeyro”, que convoca el Banco Central de Reserva del Perú (BCR), con la novela “El sol salía en un Chevrolet amarillo”.

SEÑALES DE LA AUSENCIA: EXISTIR SOBRE EL POLVO, O LA POESÍA INSACIABLE


Escribe: Darwin Bedoya

El último sobreviviente de la «Tribu de los espantapájaros», acaba de publicar esta su primera plaquette de poesía. Este conjunto nos muestra una colección de poemas que no son frutos, sino semillas. Éstos son de los poemas que tienen el movimiento del fuego y el reposo del silencio. La poesía de Vicente Ytusaca (Azángaro, 1982), sencilla y concreta, nos hace mirar el cauce huraño de los ríos y nos permite contemplar la rosa fresca y lozana que surge desde las cenizas. Tal vez por ello, sea notorio, en estos versos, que la poesía siempre estuvo y estará hecha de la esencia de la interioridad porque la construcción del poema es alegoría y heredad de los sentidos. Los poemas, la poesía misma, no se confunden con rosas ni espinas, sino con aromas. Y es que los elementos que constituyen el poema tienen que ser padecidos, sentidos en carne propia por el poeta.

Después de las vanguardias, no sé si puedo pensar en obras poéticas significativas escritas en Puno. Aunque parezca demasiado pretencioso al postular e insistir con esta idea. Sin embargo, se han barajado nombres y nombres. Han habido poemarios, reseñas y antologías que fácilmente podrían rubricarnos como uno de los departamentos que más poetas posee y que, en consecuencia, de algún modo, aquí en Puno se escribiría la mejor poesía, al menos del sur peruano. Tampoco negaré que varias veces leí versos que me emocionaron, que despertaron en mí ese lado que me resulta placentero y único, de esos versos que juran ser de un poeta que pronto será una promesa cumplida. No quiero citar aquí nombres ni mucho menos libros. Pero nunca, hasta hoy, ese presagio se hizo realidad, como la mayoría de presagios.

Tal vez por ello, al leer «Señales de la ausencia» de Ytusaca, me interese, en cierta medida, cómo es que funda la subjetividad y erige la construcción del sujeto poético de manera tan sencilla y directa. No pido al lector de estos versos ningún tipo de actitud o competencia especial para leerlos, prefiero que convoquen su atención en la variedad de los abordajes y acercamientos al canto llano. A lo sumo puedo pedirle, al lector, releer estos versos que entonan silencios líricos a la otra mitad del hombre, a esa mujer que nos habita, a ella, la musa de siempre, como dice Fernando Pessoa, «hago pensamientos con el recuerdo / de lo que es ella cuando me habla».

Si tuviese que registrar aquellos espacios poéticos fácilmente identificables en los últimos 15 años de la poesía puneña, creo que sin duda serían: frenesí, emoción, lirismo, explosión de pretensiones y mucho, mucho abandono de experimentación y propuesta y, sobre todo, carencia de debate y organización de eventos literarios que involucren a la poesía, «colectivos», grupos e «iniciativas de artistas», propagación de performances de obra, coloquios organizados por y para escritores, auge de talleres y solidez de poetas emergentes con su posterior deflación, lógicamente con esa resistencia de aquellos que, como Vicente Ytusaca, salgan a luz luego de una seria meditación y corrección de sus textos. Sin emociones, sin arrebatos de poeta maldito. Sin falsas herejías, sin etéreas subversiones religiosas, propias del mejor monasterio de sacerdotisas.

No podría situar la poesía de Vicente Ytusaca en una sola tradición o canon, ya que su trabajo es la suma de diferentes influencias, medios y formas de arte que le han permitido beber distintas tendencias y, en consecuencia, se da en su poesía cierta hibridez, aunque sus lecturas de la época de la vanguardia, como a la mayoría de poetas de Puno, le ha alcanzado como una quemazón y se muestran a través de un fervoroso referente. En «Señales de la ausencia», como inicio y proceso de trabajo, es posible observar que se trata de una plaquette que opera como un indicador de que nos encontramos frente a una labor con perfiles que evidencian a un poeta pretencioso. Ytusaca tiene algo que muy pocos tienen: talento y gracia. Octavio Paz, alguna vez dijo que «lo que distingue a la gracia de otras virtudes es la sorpresa que se da al aparecer, pues pone algo en un lugar en donde no parecía haber absolutamente nada». Aunque a veces la forma en la que Ytusaca escribe es un tanto lírica, ya que parte de su elocuencia está en las fisuras rítmicas en que moran sus versos. Creo que todavía está buscando un formato adecuado para mostrar su voz y seguramente que, al ritmo de este paso, pronto lo encontrará.


Poemas de Ytusaca

I

Se ha secado en tu mirada
la idea de llover tiernamente
sobre esta burda osamenta
que cuelga de tus trenzas.

Se ha quemado
tu sombra,
tu dulce forma de soledad,
ese lugar donde cada tarde
mueren mis silencios.


V

Es hora de remar incansablemente
al sur de tus ojos,
entre el herbaje que se hunde en tus cerros
y caminar por tus espinas
hasta encontrar el lugar exacto
donde el fuego inevitable
enciende tus ansias.

Se avecina mi barca
hasta tu templo
donde cada tarde
mueren en silencio las canciones,
donde se visten de memoria tus palabras
y me arrastran hasta la espesura
de tus negros cabellos.

JUEVES 07: INAUGURACIÓN DE LA MUESTRA “RETRATOS S. XVI-XX. COLECCIÓN DEL MUSEO DE ARTE DE SAN MARCOS”


Por los 40 años del MASM: RETRATOS S. XVI-XX. COLECCIÓN DEL MUSEO DE ARTE DE SAN MARCOS
Hermoso catálogo ha sido realizado por destacados profesionales del medio



Presentación del libro catálogo

Jueves 7 de mayo, 6:00 p.m. en el Salón de grados del Centro Cultural de San Marcos (Av. Nicolás de Piérola 1222, Parque Universitario, Centro Histórico de Lima).

Inauguración de la exposición

Jueves 7 de mayo, 7:30 p.m. La muestra estará desde el 7 de mayo al 2 de agosto de 2009 en las Salas de exposición del segundo piso del Patio de Letras del Centro Cultural de San Marcos. El horario de atención será de lunes a sábado de 10:00 a.m. a 1:00 p.m. y de 2:00 p.m. a 5:00 p.m.


Un conjunto extenso en calidades plásticas y documentales, que abarca obras de la época colonial y republicana de nuestro país, es la que nos presenta la muestra RETRATOS S. XVI-XX. COLECCIÓN DEL MUSEO DE ARTE DE SAN MARCOS, que forma parte de los festejos por los 458 años de fundación de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y que a la vez da inicio a la serie de actividades celebratorias por los 40 años que cumplirá el Museo de Arte de San Marcos, en febrero de 2010. La cita es el próximo jueves 7 de mayo a partir de las 6:00 p.m. en el Centro Cultural (Av. Nicolás de Piérola 1222, Parque Universitario, Centro Histórico de Lima).

“El proyecto de puesta en valor, que incluye una gran exposición y la producción de un adecuado registro documental, a través de una publicación acorde, dispuestos de acuerdo a las posibilidades y pautas museológicas y museográficas contemporáneas, se presenta así como un imperativo de trascendencia cultural no solo local, sino ampliado al interés hispanoamericano, tomando en cuenta que, no solo la evolución estilística sino los datos de cambio en usos y costumbres, intereses y obligaciones, vuelven a estas obras un valioso testimonio de épocas e ideas”, dijo Elida Román, curadora de la exposición.

En tal sentido, precisó, que el proyecto museográfico presentará no solo las pinturas sino que se crearán espacios y anexos que permitirán contextualizarlas en el tiempo y espacio. “El proyecto permitirá una mirada abarcadora y comprensiva, amplia y de fácil acceso, hacia un pasado que también forma parte del presente, percibido como una continuidad institucional sólida, que refleja la trayectoria recorrida y alienta una proyección futura”.

El día de la inauguración, a las 6:00 p.m. se presentará un hermoso libro de arte que es a la vez catálogo de la exposición y que realza las valiosas características de esta colección, que según Germán Carnero Roqué, Director del Museo de Arte, constituye a no dudarlo, uno de los grandes tesoros de la Universidad.

Asimismo, Ricardo Estabridis, quien ha escrito un texto para el catálogo, señaló que los lienzos presentes en esta exposición nos permiten tener una visión completa de la importancia de la colección, no sólo desde el aspecto de memoria histórica de los personajes que gestaron el prestigio de esta Casa de Estudios desde el siglo XVI al XX, sino también al darnos como ningún otro museo del país un perfil del desarrollo del género del retrato a lo largo de cuatro centurias en la plástica nacional.


Vestimenta Académica Sanmarquina

En el Perú desde hace mucho tiempo las insignias y simbologías académicas casi han desaparecido. Becas, lobas, manteos, bonetes, borlas doctorales y capirotes académicos son retratados en estos cuadros de gran valor artístico que son además documentos históricos de invaluable importancia, como lo indicó Juan Carlos Talavera quien también escribe en el libro catálogo.

Autores como Daniel Valcárcel o Luis Antonio Eguiguren echaron las primeras luces sobre estas tradiciones mediante sus libros y crónicas. Esto sumado a las diversas fuentes primarias y trabajos de investigación posteriores, son una memoria que nos ilustra actualmente sobre aspectos casi olvidados que son parte de la pluriculturalidad de nuestro Perú. La presente exposición es génesis de una revalorización que enriquece significativamente la identidad de la universidad peruana que por precedencia histórica está entroncada a esta casa de estudios que se acerca a sus 500 años de existencia.

Celebración por partida doble

La presente exposición si bien forma parte de las actividades por los 458 años de la Universidad, también es el primer paso para festejar los 40 años del Museo de Arte de San Marcos, que se cumplirán el próximo 17 de febrero del 2010, fecha en la que se inaugurará otra importante exposición, que estará dedicada a la “Colección de Arte Contemporáneo”, otra de las importantes colecciones que el museo custodia. Anteriormente, de agosto a octubre del 2008, se presentó con éxito la colección de Arte Popular.

“Vaya nuestro agradecimiento a todas aquellas personas que, a lo largo de más de dos años, han contribuido de muy diversas maneras, al logro de esta exposición: a los especialistas y profesionales que han dedicado encomiables esfuerzos, así como al personal del museo y del Centro Cultural de San Marcos; a las más altas autoridades y responsables administrativos de la Universidad y, en forma muy particular, a REPSOL YPF, sin cuyo apoyo esta actividad no se hubiese podido realizar”, puntualizó Carnero Roqué.

4.5.09

FUNDACIÓN YACANA: COMUNICADO A LA OPINIÓN PÚBLICA


La Fundación Yacana y el Bar Zela organizadores del Segundo Concurso Anual Internacional de Poesía “Javier Heraud” 2009 comunican que Dalmacia Ruiz Rosas y Willy Gómez Migliaro, se han retirado del proceso del concurso, por desacuerdos en los pagos establecidos.

Ellos habían recibido su pago por adelantado, pero han querido sorprendernos intentando cobrar un monto extra, fuera de lo acordado. A pesar de ello, después de conversaciones aceptamos sus nuevos términos y el incremento del pago, por el bien de nuestra amistad.

Luego quisieron que el pago sea esta semana, la Fundación acepto dar la mitad en el momento y el saldo al terminar, pero habiendo acordado lo descrito el día de ayer, hoy, 1º de mayo de forma imperativa, nos conminan a cancelar el total, para el día lunes y amenazan con retirarse del Concurso.

Es por esto, que lamentamos el alejamiento de Willy Gómez, tratamos de ser lo más flexibles en la mediación, pero de esta forma tan prepotente e intransigente, no se puede trabajar por el bienestar del equipo de producción y de la Fundación Yacana.

Sabemos que Dalmacia Ruiz Rosas nada ha tenido que ver en estos problemas, incluso ha sido perjudicada por esta actitud, lo cual lamentamos, y hacemos presente nuestro agradecimiento y nuestra sincera amistad.

El Concurso sigue y se mantiene firme ya que los elementos que no armonizaban dentro del equipo se han retirado, aun así se les agradece por haber participado.

Ante esto nos hemos visto en la necesidad de convocar al Sr. Domingo de Ramos, poeta reconocido en el medio, para que retome la posta del Concurso, el cual el inicio.

Reiterando que el monto por su trabajo será el mismo acordado con los organizadores anteriores.

Agradecemos públicamente al poeta Sr. Domingo de Ramos que retome la posta y nos apoye en este momento de descoordinación, ajena a nuestra Fundación.

Damos a conocer a la opinión pública y a los amigos en general que los $ 3,500 dólares en premios para los ganadores y las 3 publicaciones de 300 ejemplares por cada ganador están totalmente aseguradas.

Agradecemos la gran acogida del Concurso, reiteramos nuestra firme promesa que será anual y que los premios cada vez serán más tentadores.

Aprovechamos también para comunicarles que el día 8 de mayo se lanzará el 1er Concurso de Pintura “Sérvulo Gutiérrez”.

Cualquier duda o comentario pueden hacerlo a la Representante de la Fundación Yacana, Belén Soto Canales al 99419*5445 o al mail: belensotocanales@gmail.com

Lima 2 de mayo de 2009

DALMACIA RUIZ ROSAS & WILLY GÓMEZ: COMUNICADO A LA OPINIÓN PÚBLICA


Debido al no cumplimiento de pago por lo acordado con los organizadores del Segundo Concurso Anual Internacional de Poesía “Javier Heraud” 2009 ORGANIZADO POR LA FUNDACIÓN YACANA Y EL BAR ZELA, nosotros Dalmacia Ruiz Rosas Samohod y Willy Gómez Migliaro, nos desvinculamos TOTALMENTE del proceso del concurso, dejando claro que nuestro trabajo hasta ahora consistió en la difusión del mismo.

Lima, 1 de mayo de 2009

Dalmacia Ruiz Rosas Samohod & Willy Gómez Migliaro

3.5.09

ODI GONZÁLES: AREQUIPA ES UNA TIERRA INTRANSFERIBLE


Entrevista de MCC

¿Cómo se cruzó la poesía en tu camino?

Hablando de caminos. De niño, cuando vivía en Calca, lugar donde nací, siempre tuve un sueño. Ser un camionero cuando fuera grande. Pero con el tiempo las letras me fueron ganando.

¿Cuándo llegas a Arequipa?

Mi llegada a esta ciudad se da inicios de los años 80, para estudiar en el colegio Mercedario. Luego ingresé a Ingeniería Industrial y casi ya concluyendo decido estudiar literatura en la universidad San Agustín. Experiencia muy grata por supuesto.

¿Y ese cambio?

Aparentemente hay una distancia, pero en la vida todo está conectado. En realidad los estudios de ingeniería me han dado un poco de orden y ciertos procedimientos lógicos y he conocido a gente valiosísima. En realidad no están lejos.

¿Qué significa Arequipa para ti?

Ha sido determinante en mi formación literaria. Le debo tanto a Arequipa, al aprendizaje y el compartir de los amigos. Arequipa es el referente central para mi persona como poeta. Aunque el referente de mi poesía sea el mundo andino, para mi oficio de escritor, a esta ciudad le debo todo. Después de todo esto, de dos décadas de vivir en Arequipa, me siento tan arequipeño como cusqueño. En mis viajes al exterior cargo mi música: los Mistianos, el trío Yanahuara, están conmigo a donde viaje. Es una tierra intransferible.

¿Tu visión de Arequipa desde los EE. UU.?

La distancia, el estar lejos de tu país, te permite ver con mayor claridad. Distinguir claramente el espíritu de un pueblo, la voluntad de un pueblo, los valores positivos y los negativos. Y ese espíritu arequipeño es lo que a mí me ha servido para emprender las cosas que he hecho y hacerlas bien. Arequipa para mí fue un gran taller.

¿Cómo ves a tu retorno el panorama literario?

La distancia hace que yo no conozca mucho de lo que pasa, pero de seguro existe gente que viene detrás de nosotros, que enriquecen la tradición literaria que tiene esta tierra.

¿Esa es una generación literaria?

Desde muy chico me he formado con mis coetáneos. Por nombrarte algunos: Rolando Luque, Carlos Herrera, Luzgardo Medina, Pablo Quintanilla y muchos otros. Luego pude cultivar una amistad con personas de talento extraordinario como Oswaldo Chanove, Alonso Ruiz Rosas, Misael Ramos, que son estupendos poetas de quienes he aprendido muchísimo.

¿Existen las generaciones en Literatura?


Bueno sí, pero sólo para ubicar, por una cuestión pedagógica. Y en Arequipa se puede hablar de una generación de los grandes: Alberto Hidalgo, Guillermo Mercado, Percy Gibson; y después se da un vacío. Por supuesto que existieron poetas, pero no en la cantidad de la anterior. Después se da un salto hasta la generación de los ochenta y noventa y con ellos están mis contemporáneos.

* Publicado en el semanario El Búho nº 338 (19 de agosto de 2008).

2.5.09

CONGRESO INTERNACIONAL LITERATURA.PERÚ.2009 Y III CONGRESO NACIONAL DE ESTUDIANTES DE LITERATURA (CONELIT 2009)


Congreso Internacional “Literatura.Perú.2009” y III Congreso Nacional de Estudiantes de Literatura (CONELIT 2009)
«Reflexiones universitarias sobre literatura latinoamericana y peninsular».
Lima, 24, 25, 26 y 27 de noviembre de 2009


CONVOCATORIA PARA EL ENVÍO DE SUMILLAS (ABSTRACTS)

Fecha límite de envío de sumillas: 14 de junio de 2009

Literatura.Perú se presenta como un espacio para el diálogo académico con el objetivo de ofrecer nuevas miradas y alternativas sobre cómo abordar los estudios literarios latinoamericanos y peninsulares. El evento se realizará en los campus de la Universidades Nacional Mayor de San Marcos y Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima.

Envío de resúmenes (abstracts)

1. Podrán participar con ponencias todos aquellos estudiantes universitarios peruanos y extranjeros matriculados en el pregrado y postgrado (diplomado, maestría, doctorado) en las áreas de Literatura, Humanidades y afines. Asimismo, egresados de bachillerato de un máximo de 3 años y profesores universitarios jóvenes (junior faculty).

3. Podrán asistir estudiantes y profesores en cualquier área del conocimiento, así como público en general.

4. Las ponencias deberán ser inéditas. No es necesario que sean de autoría individual. Pueden ser parte de un trabajo de investigación mayor, dato que debe incluirse en el documento enviado.

5. Se deberá enviar una sumilla en archivo de Word de 15 a 25 líneas a conelit@proyectoperuanos.org con el título de la ponencia y bibliografía (máximo 10 referencias), nombre y breve currículo del autor, nivel de estudios, filiación institucional (universidad), correo electrónico, teléfono, hasta el 14 de junio de 2009.

6. También se reciben propuestas de mesas que deberán incluir el título de la misma, nombres y resúmenes de las ponencias (máximo cuatro ponencias y mínimo tres) además de los datos personales de cada ponente.

Ejes temáticos

• Teoría/crítica literaria latinoamericana y peninsular.
• Oralidad y discursos literarios andino y amazónico.
• Estudios coloniales.
• Mass media, industrias culturales y literatura.
• Estudios interdisciplinarios: Literatura Comparada, Estudios Poscoloniales, Estudios Culturales, Estudios de Género, Cine/Teatro y Literatura, Estudios subalternos, Testimonial, Periodismo literario.
• Camino al bicentenario: Literatura independentista en América.
• Efemérides: 400 años de los “Comentarios Reales” del Inca Garcilaso de la Vega, 70 años de “Poemas Humanos” de César Vallejo, etc.

Información de contacto: conelit@proyectoperuanos.org
Perú: (+51) (1) 995572988
Estados Unidos: +1 (305) 5084896
Página web:
http://www.literaturaperu.org/conelit.html


CONFERENCISTAS 2009 “LITERATURA.PERÚ.2009”



Rocío Quispe-Agnoli (Michigan State University)

Obtuvo el doctorado en Estudios Hispánicos de la Universidad de Brown en 2000 bajo la dirección de Julio Ortega. Además una Maestría en Semiótica de la Universidad de Toulouse II, y su Bachillerato en Humanidades y la Licenciatura en Lingüística Hispánica de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Quispe-Agnoli es profesora nombrada de estudios coloniales y poscoloniales latinoamericanos en el departamento de Español y Portugués de la Universidad Estatal de Michigan (Michigan State, en inglés). También es profesora asociada del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe, del Centro de Estudios de Género y del Programa de Estudios Indígenas Americanos de la misma universidad. Ha publicado La fe indígena en la escritura: asimilación y resistencia en la obra de Guaman Poma de Ayala (Lima: Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2006). Ha publicado una diversidad de artículos sobre literatura colonial hispanoamericana, crítica poscolonial, con especial énfasis en asuntos indígenas y de género, literatura latinoamericana contemporánea y estudios televisivos. También ha editado un número especial del Cuaderno Internacional de Estudios Hispánicos y Lingüística (Universidad de Puerto Rico, Mayaguez) titulado “Más allá del convento: voces coloniales femeninas y desafíos diarios en Hispanoamérica” (2006).

Desde 2007 Quispe-Agnoli dirige el Centro de Estudios Integrales en Artes y Humanidades en su universidad. Actualmente trabaja en dos proyectos de investigación que culminarán en libros. El primero trata de la mujer como agente de producción textual en los Andes coloniales. El segundo intenta explicar los símbolos de prestigio de los descendientes nobles de los incas a través de textos verbales y visuales en los siglos XVI-XVIII.



Oswaldo Estrada (University of North Carolina, Chapel Hill)

Assistant Professor en la University of North Carolina at Chape Hill. Obtuvo su doctorado en la University of California, Davis. Sus áreas de interés son: Literatura Latinoamericana Contemporánea, Nueva novela histórica. Teorías de la Novela, Teoría Literaria.

Sus investigaciones se enfocan en el desarrollo de la novela del siglo XX, el efecto estétetico de la reescritura de la historia, las implicaciones de cultural de relacionar el presente con su pasado colonial, y las presiones hegemónicas que impactan la colonización del lenguaje. Tiene en preparación el libro La imaginación novelesca. Bernal Díaz entre géneros y épocas.



Gustavo Faverón (Bowdoin College)

Crítico y profesor de literatura en Bowdoin College. Doctorado en Cornell University. Ha sido profesor en Stanford University y Middlebury College. Autor del libro Rebeldes (Madrid: Tecnos, 2006), y editor de Toda la sangre: cuentos peruanos de la violencia política (Lima: Matalamanga, 2006) y, junto con Edmundo Paz Soldán, de Bolaño salvaje (Barcelona: Candaya, 2008). Ha publicado ensayos en revistas de Perú, México, España y Estados Unidos. Fue además editor de la revista Somos del diario El Comercio y ha escrito para otros diarios de Perú, México y Chile. Entre el 2004 y el 2006, formó parte del comité editorial de Diacritics. Actualmente es editor de Dissidences: Hispanic Journal of Theory and Criticism.
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