
La discriminación es una actitud que tiene alcances diferentes, los españoles se han especializado a través de los siglos en discriminar a los vascos, el mundo entero discrimina a los judíos y a los negros, y una región indeterminada del planeta discrimina a los homosexuales. Yo mismo, como hijo, nieto, bisnieto, tataranieto… de españoles algo me pasa con los vascos.
La presentación de “Cartas a un amigo argentino” en el Centro Cultural de España resultó ser un acontecimiento apoteótico que provocó un gran entusiasmo en el Bucanero, tanto que me invitó a un encuentro en la Casa de América de España en la que sería recibido con todos los honores, entre otros, por el Orate Blaguer. Lamentablemente para mí el viaje fracasó, Íñigo Ramírez de Haro lo mandó de paseo al Bucanero, le manifestó que yo era un don nadie y que sólo le daría el visto bueno al proyecto si también lo invitaba al Pterodáctilo.
Este ilustre hombre de letras hispanohablante, que ya tenía a cuestas el Premio Cervantes de Literatura, pidió una suma considerable de dólares que Ramírez de Haro no pudo soportar, y eso a pesar de los preparativos que estaba haciendo el Orate Blaguer en "Babelia" para darme un recibimiento adecuado.
“Nuestro amigo José Tono Martínez, director del Instituto de Cooperación Internacional, e Íñigo Ramírez de Haro, director de la Casa de América, son, como tú sabes, vascos. El vasco es un animal pirenaico que cuando lo bautizan se vuelve peligroso y ataca al hombre. Por lo tanto, habiendo la Divina Providencia dispuesto en su infinita sabiduría que estos dos cristianos organizaran nuestro encuentro el proyecto estaba destinado al fracaso desde el mismo comienzo”.
En aquel entonces, antes de la presentación del libro en el Centro Cultural de España, tuve una conversación breve con la Hierática: —Goma, aparte de Sabato, ¿querés que alguna otra persona presente el libro?; —Claro, Alan Pauls, es el más fotogénico de los escritores argentinos y nos asegura, por la parte baja, la presencia de un par de docenas de mujeres.
El Bucanero se fue de la Argentina con el rabo entre las piernas, la España falangista de Aznar le había quitado el caramelo a este Bucanero de la España socialista, es decir, le había quitado la dirección del Instituto de Cooperación Internacional, y esto lo había ofendido muchísimo y mortificado profundamente. Para tomar una condigna revancha escribe “La venganza del gallego”, un libro de memorias en el que manifiesta un reconocimiento agradecido al trato que recibió por parte de los argentinos, pero a la vez expresa una crítica corrosiva contra los sectores reaccionarios, tanto de la Argentina como de España.
En algunas de sus páginas recuerda con cariño el día en el que “Cartas a un amigo argentino” fue presentado en el Centro Cultural de España, unas páginas que me trajeron a la memoria esa jornada inolvidable en la que pude juntar las cabezas del Pterodáctilo y del Buey Corneta con un solo golpe de la varita mágica de Gombrowicz.
Cuando ya había publicado “La venganza del gallego” una tarde me crucé al Bucanero por la calle Florida y estuvimos recordando la noche memorable del ICI y algunos agravios que llevaba sobre las espaldas como una cruz.
“La otra obsesión de Sabato era conseguir vender cualquiera de sus cuadros a alguna institución museística española. Pedía cien mil dólares. Me explicó que España tenía mucho dinero y que él lo necesitaba […]”.
“Nos sentamos de nuevo y volvimos a sus libros y por fin pude fijarle la mente en Gombrowicz, mi agenda secreta. Me dijo que él había sido el único en darse cuenta de que Witold era un genio. Le pregunté por la famosa cena en la casa de Bioy Casáres y me respondió: ‘Yo sólo he hecho llorar a Victoria Ocampo dos veces en mi vida: la primera fue cuando le reproché lo que estaban haciendo con Gombrowicz; la segunda… no se la puedo decir’ […]”.
“En 1999 salieron en Emecé las ‘Cartas a un amigo argentino’, las cartas que Gombrowicz dirige a Juan Carlos Gómez, ‘Goma’, después de dejar Buenos Aires y trasladarse a Europa. Previamente a la presentación del libro, proyectamos la película de Alberto Fischerman ‘Gombrowicz o la seducción’, de 1986, con guión de aquél y de Rodolfo Rabanal […]”.
“Cuatro discípulos de Gombrowicz son convocados por el director, en una sola noche, a conversar y a recordar al maestro ausente. Y lo cierto es que consiguieron traerlo del túnel del tiempo, con una lucha emocional y una tensión que el espectador puede percibir, como si Gombrowicz estuviera entre bastidores. La sesión fue presentada por un parlamento brillante de Alan Pauls, que es un lujo, y luego habló Sabato […]”.
“Ese año Sabato había tenido un bajón de salud enorme y yo creo que tenía dificultades para reconocer las situaciones. Nos contó acerca de su última visita a Gombrowicz y a Rita en Vence, cuando aquél ya estaba muy enfermo. Pero, igual que un disco rayado, cada vez que se acercaba el momento de contarnos lo que el polaco le había dicho, Sabato se detenía, como si fuera a llorar, y volví al mismo relato de su llegada a Vence. Repitió tres o cuatro veces el mismo movimiento de aproximación, sin que nadie se atreviera a interrumpirlo. Al final, le toqué el brazo y le dije al oído: ‘Ernesto, ya está bien, creo que todos lo hemos entendido’. Y el público lo despidió con un enorme aplauso […]”.
El desaire que me había hecho la Casa de América y la actitud ambigua que había tenido conmigo el Bucanero para ocultar el fracaso de su proyecto me resultaron indigeribles así que me vi obligado a buscar inspiración en mi maestro.
Gombrowicz era una persona propensa a provocar a los demás utilizando los insultos. En una carta que nos escribe desde Berlín nos lo pone bien en claro: “Anteayer inicié en el café Zuntz de Berlín las reuniones artísticas pues quiero dotar a esta ciudad de un café artístico. Escritores: Grass, Johnson, Weiss […] Lamentablemente, por ahora, no puedo insultar a nadie, lo que otorga no sé qué de irreal al ambiente”.
Cuando fracasó la invitación que me había hecho el Bucanero para hacer el viaje a España me agarraron unas ganas incontenibles de insultarlo.
“¿Qué necesidad tenías de ofenderme de esta manera? Hace más de cuatro meses que vienes arrastrando, con tu Armada Brancaleone, el designio de conquistar Madrid. Pero, ¿por qué me complicas en tus proyectos de capitán de una armada fracasada? […]”.
“Porque tú, más que un intermediario de la cultura, pareces uno de esos viejos bucaneros con pata de palo y un loro en el hombro. Para ti, detrás de un nombre no hay una persona sino un botín. Los corsarios atesoran oro y tú coleccionas personas, por el tiempo que te sirven según el alcance de tus cortas entendederas, ambos para acrecentar una riqueza vana con la que os vais a la tumba. En tanto que filibustero no tienes que mostrarte educado pero cuando te pones el disfraz de mensajero de la inteligencia debieras fingir que tienes modales pues con tus tonterías no sólo me has ofendido a mí sino también a mi familia y a mis amigos habiendo quedado en claro que eres un hombre sin nobleza. Y bien, no has desempeñado bien tu papel de auxiliar de la cultura, te has comportado como un vulgar maleducado y un pusilánime que se esconde detrás de los teléfonos y de las polleras de las secretarias […]”.
“¡Bonito regalo le dejas a una mujer distinguida como Mercedes Viviani! Porque cuando tú, finalmente y gracias a Dios, te vuelvas a España, Mercedes se quedará aquí, con nosotros, afeada durante un tiempo por el teatro que le obligaste a representar para ocultar la torpeza y obscuridad de tus quimeras […]”.
“Mientras el mundo me trata con respeto y admiración crecientes, yo, por un momento, no he estado a la altura de estas consideraciones pues me he dejado llevar de las narices por un palurdo mediocre, tan poco caballero que ni siquiera sabe pedir disculpas. Me queda, sin embargo, un recuerdo imborrable. La paliza que te di con tu ajedrez polaco y esa imagen de tu rey corriendo en bombachas por todo el tablero aullando de dolor al ritmo de los formidables azotes que le propinaba. No hay historia de piratas que tenga un final feliz”.




















