20.3.09

WITOLD GOMBROWICZ Y MARIE-RITA LABROSSE


Por Juan Carlos Gómez

El infernal diminutivo que tan decisivamente había pesado en el destino de Gombrowicz hacía su aparición en las primeras cartas que nos escribe sobre la Vaca Sagrada.

“Rita es una niña que digamos moderna, desde cinco años vive en París escribiendo una tesis sobre Colette (todavía reúne materiales), amiga de Dalí, etc. Le encantaría, Goma, es vivísima, nada tonta, charla, ríe, jode, cocina, viste (muy bien) es de la última ola y en el viento (dans le vent). Frescura del alma. Exigente en el amor. Enloquecida conmigo. Carita enloquecedora, cuerpito bikini […]”.

“Sol, ambiente primaveral, esta inocente criatura cocina bastante bien, además me ama y a cada rato hacemos esa cosa que te imaginarás, de modo que dejé totalmente las pastillas para los nervios y estoy en vías de franca recuperación”.

La Vaca Sagrada se pliega al tono inmaduro en la primera carta que nos escribe desde Vence, una carta a la que acompaña con una foto: “¡Hello Boys! Rita hully-gully les manda besos MONOKINI auto-stop”.

Hay que decir que los diminutivos y el infantilismo nunca desaparecieron en Gombrowicz, era la contraforma que utilizaba para darle una forma a los sentimientos, pero la enfermedad lo empieza a ahogar y nos lo hace saber en sus cartas.

“¿Qué me dice? ustedes —también Ada— se imaginan que yo estoy durmiendo en un lecho de rosas, y con Rita, además. Mientras que estoy pudriéndome de todos lados un poquitito. En fin, no es tan dramático. Hay también momentos de buen humor. Pero —amigo— nunca me parecía menos a un monstruo egoísta y mefistofélico que ahora. Ahora peso 68 kg. ¡Pesaba 83! Salud”.

Pasa el tiempo y Gombrowicz convirtió a la Vaca Sagrada en su familia, en esa familia de Polonia que él había perdido en 1939. En la penúltima carta que nos escribe hay un paréntesis terrible, un paréntesis ortográfico. Es una carta escrita en un tiempo en el que Gombrowicz le había empezado pedir a un par amigos algún veneno o, en su defecto, una pistola para pegarse un tiro. A pesar de una convivencia con la Vaca Sagrada que tenía ya cuatro años y medio, cuando se siente obligado a casarse con ella después del infarto del míocardio del año 68’, nos informa que había contraído matrimonio, pero nos lo informa entre paréntesis (con Rita), se siente obligado a aclararnos con quién se estaba casando allá en Europa después de los deslumbramientos que había causado en París.

Claro, nos lo tenía que aclarar, si por un error de cálculo imperdonable en vez de casarse con una princesa o, en el último de los casos, con una condesa se había casado con una estudiante que seguía buscando materiales para escribir una tesis sobre Colette, mientras la barra argentina seguía esperando, según lo imaginaba él, unas nupcias reales. En vida de Gombrowicz nunca dejó de ser una sombra para nosotros, una sombra que lo cuidó y que lo ayudó a morir.

El 18 de noviembre de 1968 tiene un infarto del miocardio, se siente morir, les pide a los amigos veneno o una pistola para acabar con su vida. Finalmente se interesa por una ocurrencia que tiene el Hasídico y prepara un curso de filosofía que les va a dictar al que le dio la idea y a la Vaca Sagrada.

Lo empieza a dar el 27 de abril pero debe interrumpirlo el 25 de mayo, a dos meses de su fallecimiento. Cuando se pude mover un poco habla de los médicos.

“Después de cuatro semanas, empiezo ahora a poder sentarme en la cama […] un infarto del miocardio y varias crisis muy dolorosas […] mi médico jura que no quedarán secuelas. Por supuesto, es un embustero profesional, como todos los médicos […]”.

“Pero el hombre es para sí mismo una sorpresa inacabable porque yo, aunque con miedo de morirme y ese taladro que me desgarraba el pecho, tenía reparos en despertar a Rita y llamar al médico a una hora tan temprana; finalmente vino, me puso una inyección y, cuando el dolor remitió, a Rita y a mí nos dio una ataque de alegría, de pronto nos invadió un humor excelente, reíamos y decíamos tonterías, y el médico nos miraba como a dos mentecatos […]”.

“No me he muerto, y sin embargo algo en mí ha sido tocado por la muerte, todo aquello de antes de la enfermedad es como si estuviera detrás de un muro. Ha surgido una nueva dificultad entre yo y el pasado”.

Yo me encontré con Rita en Buenos Aires en el año 1973 cuando el inefable Gustaw Kotkowski, el primo de Gombrowicz, nos hizo de partenaire, y a caballo de los años 1978 y 1979 cuando volvió para completar los testimonios que después publicó en “Gombrowicz en Argentina”.

A decir verdad el estado de confusión en el que había caído mi relación con Gombrowicz también la arrastró a ella, y cuando después de cuarenta años llegó el momento de la reparación que debió ocurrir junto a la que para mí fue la resurrección de mi amigo, no pude hacerlo, y no pude hacerlo por la oposición cerril que me interpuso y me sigue interponiendo para impedir que publique las cartas que me escribió Gombrowicz.

La enfermedad de Gombrowicz en Berlín le acrecienta su inestabilidad nerviosa, su neurastenia, busca un poco de tranquilidad y se establece en la vieja abadía de Royaumont donde conoce a Rita.

“Los reaccionarios nunca lo quisieron, comprendieron que él era enemigo de todos los órdenes establecidos […] en Royaumont lo han tratado hasta de nazi, pero hay que reconocer que allí, en materia de provocación, él no tenía las manos muertas. Muchos hicieron su autocrítica, pero bastante después, a ellos les llevó muchos años descubrir lo que Gombrowicz siempre supo”.

Las actitudes protectoras de las mujeres respecto a Gombrowicz empezaron con Antonina y Aniela, la madre y la abuela materna, y terminaron con Rita.

“[…] Hasta los treinta y cinco años y durante sus últimos cinco las mujeres tuvieron mucho que ver en su vida […] Mi aventura real con Gombrowicz duró cinco años y mi aventura póstuma veinte. Y estos veinticinco años los he pasado pensando constantemente en él, ya sea sola en mi casa trabajando alrededor de su obra, ya sea con gente que me hablaba de él y de mis dos libros. Hago este trabajo para conocer mejor al hombre y a su obra, y también es una manera de prolongar mi aventura con él. Lo amé un poco como a un niño, pero además como a un hombre invencible e inmortal, solamente después de haber escrito mi propio testimonio es que acepté, finalmente, que él es también mortal como todos los hombres”.

Gombrowicz hizo todo lo posible por estar apartado del trabajo y del matrimonio, pero ocho años después de haberlo perdido todo se empleó durante casi ocho años en el Banco Polaco, y algún tiempo después de haber regresado a Europa se casó con la Vaca Sagrada.

“Siempre estuvo fascinado por la bastardía […] Puede ser que Gombrowicz no se sintiera reconocido por su padre, como adulto, como bueno y como adaptado a la vida. En cuanto a su deseo de prolongarse yo no sé, todos sus discípulos y yo también fuimos sus hijos. Una sola vez después de nuestro matrimonio tratamos el tema y me pareció que le hubiera gustado tener una vida familiar. Pero era demasiado tarde, estaba demasiado viejo, si es que se puede considerar viejo a un hombre de sesenta años. En cuanto a mí, no me arrepiento. A juzgar por la educación que le dimos a Psina, nuestro bien amado perrito, nuestro niño se hubiera vuelto loco si es que no hubiera sido loco ya desde el nacimiento”.

Cuando la Vaca Sagrada conoció a Gombrowicz en Royaumont estaba escribiendo una tesis sobre Colette.

Gombrowicz, que ya tenía la salud quebrantada, le dijo que quería radicarse en España, en el sur de Francia o, quizás, regresar a la Argentina: —Cambie el tema de la tesis, hágala sobre mí, yo se la escribiré en dos semanas y luego nos vamos. Finalmente aprobó la tesis escribiendo sobre Colette, a pesar de los sarcasmos de Gombrowicz que le advirtió que después de los acontecimientos de mayo su tesis sería rechazada. Una joven canadiense que viajaba por Europa lo encontró a Gombrowicz y se quedó con él.

“La voluntad de ser objetiva en “Gombrowicz en Europa” es una manera de tomar distancia con Witold. No aparezco en mi libro hasta el final porque no aparecí para él sino al final de su vida. Pero en realidad estoy constantemente presente en los dos libros, en ‘Gombrowicz en Argentina’ y en ‘Gombrowicz en Europa’; disimulada pero presente, para espiar a los otros hablándome de su amor o de su admiración por él […]”.

“Estaba en mi casa con mi tesoro que escuchaba en mi soledad, y anotaba todo eso, palabra por palabra. Así se hizo ‘Gombrowicz en Argentina’, mi primer trabajo de distanciamiento, paso a paso. En la Argentina lo amaron de la misma manera que lo amé yo, me sentía muy próxima a sus discípulos cuando estuve por allá. Pero en ‘Gombrowicz en Europa’ me di cuenta que en Berlín empezó a ser visto con ojos menos amables, y en Royaumont con ojos casi siempre hostiles”.

A mí se me había formado la idea de que una persona tan lúcida como el Cagamármoles me iba a ayudar a publicar las cartas que me había escrito Gombrowicz en Feltrinelli venciendo la resistencia de la Vaca Sagrada, pero en vez de ayudarla a realizar una empresa tan noble la ayudó a cometer un desatino.

Gombrowicz se fue a la tumba sin saber que se publicarían dos libros con unos textos suyos que no habían visto la luz del día mientras vivió: “Curso de filosofía en seis horas y cuarto” e “Historia”. Se publicaron después con la santa bendición de la Vaca Sagrada, pero llamar textos de Gombrowicz a los apuntes que sacó en el curso de filosofía y que Gombrowicz no tuvo ocasión de revisar es una temeridad.

Para escribir este engendro mortuorio se puso a las órdenes canónicas de la Vaca Sagrada el doctor profesor honoris causa lameculos llamado el Cagamármoles, y allá fue este mamotreto indigerible.

Como Gombrowicz no era filósofo ni profesor de filosofía no disponía del automatismo que da la memoria mediante el cual podemos repetir cosas que dijimos antes una y mil veces sin pensar en lo que estamos diciendo ahora.

Gombrowicz dio ese curso para olvidarse de la idea del suicidio, no disponía pues de la imaginación y de la conciencia agudísimas con las que de vez en cuando enfrentaba estos desafíos.

El sentimiento del que derivan la deserción y el destierro de Gombrowicz es el miedo, pero, ¿y la homosexualidad?, no es tan evidente que el origen de la homosexualidad de Gombrowicz sea el miedo. Gombrowicz no le tenía odio a las mujeres, no era misógino, pero, ¿y miedo?, ¿no será que era ginófobo? La cuestión de que la homosexualidad le produjera tanta vergüenza y la heterosexualidad de sus relaciones con Rita dan para pensar que le tenía miedo a las mujeres y que el miedo era el origen de su homosexualidad.

Dejemos este dilema para otra oportunidad, pero si fuera cierto que era ginófobo, el miedo se convertiría en el archiorigen de los dolores de Gombrowicz. Sin embargo, a juicio del Niño Ruso yo no supe darle el lugar debido a la Vaca Sagrada y me hace reproches sobre este asunto.

“Me permito decirte que hay algo que no me gusta de tus cartas, la manera como te expresas al tocar a Rita G. Fue su compañera, su enfermera, su lazo con el mundo y con la vida en los últimos años. Él la eligió. Aún ahora continúa trabajando para que la obra de Gombrowicz no se pierda. Si también tiene ganancias de esa obra, eso es lo que menos debe contar. Y si declara que tenía relaciones con otros, es explicable, por las discordancias de edades, por la enfermedad y por las características difíciles de Gombrowicz en cuanto al sexo […]”.

“Y, sobre todo, porque en los años sesenta en Europa y creo que en todo el mundo, fueron absolutamente disolutos, libertarios, anárquicos, cargados de una intensidad erótica soberbia, y un acto sexual no tenía la más mínima trascendencia. Era como tomar un vaso de agua”.

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