28.2.09

WITOLD GOMBROWICZ Y SIMONE WEIL


Por Juan Carlos Gómez

Gombrowicz fue construyendo poco a poco a su alrededor una especie de santidad. Engrandeció su ego hasta donde pudo y le dedicó la vida entera al arte de escribir mientras se burlaba de la patria, de la política y de la familia. Era un conquistador, aunque no supiera donde iba ni si valía la pena ir a alguna parte, quería conquistar.

Simone de Beauvoir nos recuerda en el comienzo de “¿Para qué la acción?” una conversación entre Pirro y Cineas; —Primero vamos a someter a Grecia; —¿Y después?; —Ganaremos África; —¿Y después de África?; —Pasaremos al Asia, conquistaremos Asia menor, Arabia; —¿Y después?; –Iremos a las Indias; —¿Y después de las Indias?; —¡Ah, después descansaré!; —¿Por qué no descansas entonces antes de partir?

Tanto Pirro como Gombrowicz querían lo mismo, querían conquistar, pero sus proyectos no eran iguales.

El rey de Epiro conocía lo que deseaba conquistar, y sabía también que después de someter a vastas regiones de la tierra su mayor deseo sería descansar, lo que a los ojos de Cineas convertía el proyecto de Pirro en una empresa ilógica.

Gombrowicz no deseaba descansar y aunque quería conquistar no sabía lo que quería conquistar. Este desconocimiento, a los ojos de algunos Cineas de la literatura, convirtieron a sus proyectos en una empresa arbitraria.

“h, qué propiedad tan genial y generosa de la literatura: esa libertad de tejer tramas como si se tratara de escoger sendas en el bosque, sin saber adónde nos llevarán ni qué nos espera […]”.

“Escribir es para mí sobre todo un juego, no pongo en ello intención, ni plan, ni objeto. He ahí por qué no resulta nada fácil extraer de mis obras un esquema ideológico. Mi esquema, lo subrayo una vez más, me aparece a posteriori”.

La ambigüedad de posición con la que se manejaba Gombrowicz respecto a su obra no la tenía sin embargo respecto de sí mismo. Cuando habla en sus diarios de personalidades sobresalientes utiliza dos procedimientos contrapuestos: en uno, primero las golpea y después las levanta del suelo completamente maltrechas; en el otro, a la inversa, primero las elogia y después las noquea. Si la ocupación con la personalidad se le prolonga mucho tiempo reitera el procedimiento, es el caso típico de Sartre y el existencialismo. Esta manía de Gombrowicz se origina en su convencimiento absoluto de que él era el mejor y de que el deseo de ser el mejor es común a todas las personalidades sobresalientes.

Simone Weil fue víctima de esos dos procedimientos contrapuestos en la oportunidad en que Gombrowicz hace algunas reflexiones sobre el catolicismo.

A Gombrowicz le costaba trabajo mantener buenas relaciones con el catolicismo porque esa doctrina estaba en contradicción con su visión del mundo, pero el intelectualismo contemporáneo se estaba volviendo peligroso y le despertaba más desconfianza aún que el propio catolicismo. El cristianismo le ofrece al hombre una visión coherente y no lo tienta a resolver con su propia cabeza los problemas del mundo, una tentación que, por lo general, produce resultados catastróficos.

En un principio contrapone el catolicismo superficial de Sienkiewicz al trágico y profundo catolicismo de Simone Weil con el que se podía encontrar un leguaje común entre la religión y la literatura contemporánea pero, posteriormente, se aleja de Weil y se acerca otra vez a Sienkiewicz porque, según dice, se había vuelto partidario de la mediocridad, de la tibieza, de las temperaturas medias, y enemigo de los extremismos. En general pensaba que cuando los católicos se ponían a escribir se sonaban los mocos con el alma en vez de sonárselos con la nariz.

Simone Weil —una judía conversa que ingresó a la Ecole Normale Superiore con la calificación más alta seguida de Simone de Beauvoir— se graduó en las carreras de filosofía y de literatura clásica. Investigadora de la doctrina marxista, sus preocupaciones más señaladas eran la cuestión social, la pureza y la verdad. Sus ejercitaciones en la praxis del trabajo fabril y una procesión católica que presenció en Portugal la llevaron a decir: “Tuve de pronto la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos, que los esclavos no podían dejar de seguirla... y yo con ellos”. Participó de la Guerra Civil Española en las columnas anarquistas, y de la guerra le quedó el horror de la brutalidad y del desprecio de la verdad. El cristianismo ocupó un lugar preponderante en sus pensamientos, Camus y Eliot le profesaban una enorme admiración por su lucidez, honetidad intelectual y desnudez espiritual. Murió muy joven, a los treinta y cuatro años.

“Siempre me ha asombrado que pudieran existir vidas basadas en principios tan distintos de los míos […] No conozco ninguna grandeza, absolutamente ninguna. Soy un paseante pequeño burgués que por azar llega a los Alpes o hasta el Himalaya. A cada instante mi pluma toca causas supremas y poderosas, pero si he llegado hasta ellas, ha sido jugueteando…; al vagabundear como un muchacho me he topado frívolamente con ellas. Una existencia heroica, como la Simone Weil, me parece de otro planeta. Es el polo opuesto al mío: si yo soy una permanente huida de la vida, ella la asume plenamente, es la antítesis de mi deserción. Simone Weil y yo, uno no podría imaginarse un contraste más fuerte, dos interpretaciones que se excluyen mutuamente, dos sistemas contrapuestos”.

Gombrowicz se estaba enfrentando con la grandeza de una mujer que supo liberar de su interior corrientes y torbellinos espirituales de una potencia sobrehumana. ¿Grandeza?, sí, pero resulta que es así como la humanidad común y corriente se aburre con lo profundo y lo sublime y, por cortesía, aguanta a los sabios, los santos, los héroes, la religión y la filosofía. ¿Qué es Weil entonces?, una histérica que fastidia y aburre, una egoísta cuya personalidad inflada y agresiva no sabe ver a los demás, ni es capaz de verse a sí misma con ojos ajenos.

“¿Es la carpa metafísica de Simone Weil, cocinada en su propia salsa, la que debo vivir como una experiencia profunda? […] Yo exigiría una grandeza capaz de soportar a todos los hombres, en cualquier escala, en cualquier nivel, que abarcara todos los tipos de existencia, una grandeza tan irresistible arriba como abajo […] Es una necesidad que me fue inculcada por el universalismo de mi tiempo, que quiere atraer al juego a todas las conciencias, superiores e inferiores, y ya no se contenta con la aristocracia”.

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